La Biblia registra con muchos detalles la invasión de los asirios bajo el rey Senaquerib en el año 732 a.E.C. (2 Rey. 18:13–19:37; 2 Cró. 32:1-22; Isa. 36:1–37:38.) Durante 1847-1851 el arqueólogo inglés A. H. Layard excavó las ruinas del gran palacio de Senaquerib en Nínive, en el territorio de la antigua Asiria. Se halló que el palacio tenía unas 70 habitaciones, con más de 3.000 metros (10.000 pies) de muros revestidos de losas esculpidas. Los informes anuales de sucesos, o anales, de Senaquerib se registraban en cilindros o prismas de arcilla. La edición final de estos anales, aparentemente hecha poco antes de su muerte, aparece en lo que se conoce como el Prisma Taylor, conservado en el Museo Británico, pero el Instituto Oriental de la Universidad de Chicago tiene una copia mucho mejor en un prisma que se descubrió cerca de donde estaba la antigua Nínive, la capital del Imperio Asirio.
En esos últimos anales Senaquerib da su propia versión jactanciosa de su invasión de Judá: “En cuanto a Ezequías, el judío, no se sometió a mi yugo. Puse sitio a 46 de sus ciudades fuertes, baluartes e innumerables aldehuelas de sus inmediaciones, y (las) conquisté mediante terraplenes bien construidos y arietes acercados (a los muros), (combinados con) el ataque de soldados de infantería, y (usando) minas, brechas y trabajo de zapa. Saqué (de ellas) 200.150 personas, jóvenes y ancianos, varones y hembras, caballos, mulas, asnos, camellos, ganado mayor y menor sin cuento, y (los) consideré botín. A él mismo [Ezequías] hice prisionero en Jerusalén, su residencia real, como a un pájaro en una jaula. [...] Las ciudades que había pasado a saco desgajé de su país y las entregué a Mitinti, rey de Asdod, a Padi, rey de Eqrón, y a Sillibel, rey de Gaza. [...] El propio Ezequías [...] me envió más tarde a Nínive, mi ciudad señorial, además de 30 talentos de oro, 800 talentos de plata, piedras preciosas, antimonio, grandes bloques de piedra roja, lechos (ataraceados) con marfil, sillas nimedu (ataraceadas) con marfil, cueros de elefante, madera de ébano, madera de boj (y) toda clase de valiosos tesoros, sus hijas, concubinas, músicos y músicas. Para entregar el tributo y rendir obediencia como un esclavo envió su mensajero (personal)”. En cuanto a este tributo impuesto por Senaquerib a Ezequías, la Biblia confirma los 30 talentos de oro, pero solo menciona 300 talentos de plata. Además, muestra que esto fue antes de que Senaquerib amenazara con un asedio a Jerusalén. En el informe torcido de Senaquerib para la historia asiria, él evita a propósito mencionar su aplastante derrota en Judá, cuando en una sola noche el ángel de Jehová destruyó a 185.000 de sus soldados, lo cual le obligó a huir de regreso a Nínive como un perro vapuleado. No obstante, ese registro jactancioso escrito en el Prisma de Senaquerib indica una inmensa invasión de Judá antes de que Jehová hiciera retroceder a los asirios después que ellos amenazaron Jerusalén. (2 Rey. 18:14; 19:35, 36.)
La famosa ciudad y fortaleza de Lakís se menciona más de 20 veces en la Biblia. Estaba situada a unos 44 kilómetros (27 millas) al oeste-sudoeste de Jerusalén. Se han hecho muchas excavaciones en sus ruinas. En 1935, en una habitación de una casa doble de guardas se hallaron 18 fragmentos de cerámica con escritura inscrita (se encontraron otros 3 en 1938). Estos resultaron ser varias cartas escritas en caracteres hebreos antiguos. Ahora se da el nombre de Cartas de Lakís a esta colección de 21 cartas. Lakís fue una de las últimas fortalezas de Judá que resistió a Nabucodonosor, y fue reducida a un montón de ruinas quemadas durante el período de 609-607 a.E.C. Las cartas reflejan el apremio de los tiempos. Parecen cartas escritas desde avanzadas restantes de tropas judías a Yaosh, un comandante militar en Lakís. Una de estas (la número IV) dice en parte: “Que YHWH [Tetragrámaton, “Jehová”] permita que mi señor oiga aun ahora noticias de bien. [...] estamos esperando las señales de fuego de Lakís, de acuerdo con todas las señales que mi señor dé, porque no vemos a Azeqá”. Esto es una impresionante confirmación de Jeremías 34:7, que menciona a Lakís y Azeqá como las últimas dos ciudades fortificadas que todavía quedaban. Parece que esta carta indica que Azeqá había caído. El nombre divino, en la forma del Tetragrámaton, aparece frecuentemente en las cartas, lo que muestra que el nombre Jehová se usaba en la vida cotidiana de los judíos en aquel tiempo.
Otra carta (la número III) comienza como sigue: “¡Que YHWH [es decir, Jehová] haga que mi señor oiga noticias de paz! [...] Y se le ha informado a tu siervo diciendo: ‘El comandante del ejército, Conías hijo de Elnatán, ha descendido para entrar en Egipto y a Hodavías hijo de Ahíya y a sus hombres los ha enviado para obtener [abastecimientos] de él’”. Esta carta parece confirmar que Judá bajó a Egipto por ayuda, en violación del mandato de Jehová y para su propia destrucción. (Isa. 31:1; Jer. 46:25, 26.) Los nombres Elnatán y Hosaya, que aparecen en el texto completo de esta carta, también se encuentran en Jeremías 36:12 y Jeremías 42:1. Otros tres nombres mencionados en las cartas también aparecen en el libro bíblico de Jeremías. Estos son: Guemarías, Nerías y Jaazanías. (Jer. 32:12; 35:3; 36:10.)
En la segunda mitad del siglo XIX, unas excavaciones hechas cerca de Bagdad rindieron muchos hallazgos de tablillas y cilindros de arcilla que esclarecieron mucho la historia de la antigua Babilonia. Uno de estos fue el muy valioso documento conocido como la Crónica de Nabonides, que ahora se encuentra en el Museo Británico. El rey Nabonides (Nabonid) de Babilonia era el padre de su corregente, Belsasar. Sobrevivió a su hijo, quien fue muerto la noche en que las tropas de Ciro el Persa tomaron Babilonia, el 5 de octubre de 539 a.E.C. (Dan. 5:30, 31.) La Crónica de Nabonides, un registro extraordinariamente bien fechado de la caída de Babilonia, ayuda a establecer en qué día tuvo lugar este suceso. A continuación se da una traducción de una pequeña parte de la Crónica de Nabonides: “En el mes de Tashritu [Tisri (septiembre-octubre)], cuando Ciro atacó al ejército de Akkad en Opis, junto al Tigris [...] el día 14, Sippar fue capturada sin combate. Nabonides huyó. El día 16 [11 de octubre de 539 a.E.C., calendario juliano, o 5 de octubre, calendario gregoriano] Gobryas (Ugbaru), el gobernador de Gutium y el ejército de Ciro entraron en Babilonia sin batalla. Después Nabonides fue arrestado en Babilonia cuando regresó (allí). [...] En el mes de Arahshamnu [Marjesván (octubre-noviembre)], el día 3 [28 de octubre, calendario juliano], Ciro entró en Babilonia, se extendieron ramitas verdes ante él... se impuso en la ciudad el estado de ‘Paz’ (sulmu). Ciro envió saludos a toda Babilonia. Gobryas, su gobernador, instaló (sub)gobernadores en Babilonia”.
Puede notarse que en esta crónica no se menciona a Darío el Medo, y hasta ahora no se ha hallado mención alguna de este Darío en ninguna inscripción no bíblica, ni se le menciona en algún documento seglar o histórico antes del período de Josefo (historiador judío del primer siglo E.C.). Por eso algunos han sugerido que pudiera ser el Gobryas mencionado en el relato ya citado. Aunque parece haber un paralelo entre la información disponible respecto a Gobryas y la que se refiere a Darío, tal identificación no puede considerarse concluyente. De todos modos, la historia seglar establece definitivamente que Ciro fue una figura clave en la conquista de Babilonia y que después gobernó allí como rey.
Algún tiempo después que Ciro subió al trono de la Potencia Mundial Persa, en un cilindro de arcilla se registró su toma de Babilonia en 539 a.E.C. Este sobresaliente documento se conserva también en el Museo Británico. He aquí una parte del texto traducido: “Soy Ciro, rey del mundo, gran rey, rey legítimo, rey de Babilonia, rey de Sumer y Akkad, rey de los cuatro extremos (de la tierra), [...] devolví a ciudades sagradas [mencionadas antes por nombre], del otro lado del Tigris, cuyos santuarios habían sido ruinas por largo tiempo, las imágenes que (solían) vivir en ellas, y establecí para ellas santuarios permanentes. (También) reuní a todos sus habitantes (del pasado) y (les) devolví sus solares”.
15 Así el Cilindro de Ciro da a conocer la norma de este rey acerca de hacer que los pueblos cautivos volvieran a sus lugares anteriores. En armonía con esta norma, Ciro emitió su decreto que permitió que los judíos regresaran a Jerusalén y reedificaran la casa de Jehová allí. Es interesante que 200 años antes Jehová había mencionado proféticamente a Ciro como el que tomaría Babilonia y efectuaría la restauración del pueblo de Jehová. (Isa. 44:28; 45:1; 2 Cró. 36:23.)