Lo que informa la Biblia sobre historia, geografía y el origen de la humanidad; su exactitud en cuanto a ciencia, cultura y costumbres; el candor, la armonía y la integridad de sus escritores; y su profecía.
Por lo general se acepta que la Biblia es una gran obra maestra literaria de belleza poética trascendental y un logro extraordinario de los hombres que la escribieron. Pero es mucho más que eso. Los escritores mismos testifican que lo que escribieron provino de Jehová, el Dios Todopoderoso mismo. Esta es la razón fundamental de la belleza de expresión de la Biblia y, lo que es más importante, de su sobresaliente valor como el libro que contiene conocimiento y sabiduría vivificantes. Jesús, el Hijo de Dios, dio testimonio de que las palabras que habló “son espíritu y son vida”, y citó copiosamente de las antiguas Escrituras Hebreas. “Toda Escritura es inspirada de Dios”, dijo el apóstol Pablo, quien aseguró que las Escrituras Hebreas eran “las sagradas declaraciones formales de Dios”. (Juan 6:63; 2 Tim. 3:16; Rom. 3:1, 2.)
El apóstol Pedro testificó que los profetas de Dios fueron movidos por espíritu santo. El rey David escribió: “El espíritu de Jehová fue lo que habló por mí, y su palabra estuvo sobre mi lengua”. (2 Sam. 23:2.) Los profetas atribuyeron sus expresiones a Jehová. Con relación a las palabras sagradas que Jehová le había dado, Moisés advirtió que ni se les añadiera ni se les quitara nada. Pedro consideró inspirados los escritos de Pablo, y parece que Judas citó la declaración de Pedro como autoridad inspirada. Finalmente, Juan, el escritor de Revelación, escribió bajo la dirección del espíritu de Dios y advirtió que cualquiera que añadiera a esta revelación profética o quitara de ella tendría que rendir cuentas, no al hombre, sino directamente a Dios. (1 Ped. 1:10-12; 2 Ped. 1:19-21; Deu. 4:2; 2 Ped. 3:15, 16; Jud. 17, 18; Rev. 1:1, 10; 21:5; 22:18, 19.)
Todos esos esclavos devotos de Dios testificaron a favor de la inspiración y la veracidad de la Biblia. Hay muchas otras pruebas de la autenticidad de las Santas Escrituras, y consideraremos algunas bajo los 12 encabezamientos que siguen.
1) Exactitud histórica.
Desde los tiempos más remotos, los libros canónicos de las Escrituras Hebreas han sido aceptados por los judíos como obras inspiradas y como documentos dignos de toda confianza. Por eso en el tiempo de David se aceptaban de lleno los sucesos registrados desde Génesis hasta Primero de Samuel como la historia verdadera de su nación y de los tratos de Dios con ella, y una ilustración de esto es el Salmo 78, que hace más de 35 referencias a estos detalles.
Los opositores de la Biblia han atacado vigorosamente el Pentateuco, especialmente en cuanto a autenticidad y autoría. Sin embargo, al hecho de que los judíos acepten a Moisés como escritor del Pentateuco puede añadirse el testimonio de escritores antiguos, algunos de los cuales fueron enemigos de los judíos. Hecateo de Abdera, el historiador egipcio Manetón, Lisímaco de Alejandría, Eupólemo, Tácito y Juvenal atribuyen a Moisés la institución del código de leyes que distinguió de otras naciones a los judíos, y la mayoría señala claramente que él puso sus leyes por escrito. Numenio, filósofo pitagórico, hasta dice que Janes y Jambres fueron los sacerdotes egipcios que resistieron a Moisés. (2 Tim. 3:8.) Estos autores abarcan un período que se extiende desde el tiempo de Alejandro (siglo IV a.E.C.), cuando los griegos empezaron a expresar curiosidad por la historia judía, hasta el tiempo del emperador Aureliano (siglo III E.C.). Muchos otros escritores antiguos dicen que Moisés fue caudillo, gobernante o legislador. Como hemos visto en el estudio anterior, muchas veces los descubrimientos arqueológicos apoyan la exactitud histórica de sucesos mencionados en la Biblia como resultado de la interacción del pueblo de Dios y las naciones que lo rodeaban.
Pero ¿qué hay de las Escrituras Griegas Cristianas? No solo verifican el relato de las Escrituras Hebreas, sino que ellas mismas resultan ser históricamente exactas, auténticas y de igual inspiración que las Escrituras Hebreas. Los escritores nos dicen lo que oyeron y vieron, porque fueron testigos oculares de los mismísimos sucesos que pusieron por escrito, y muchas veces participaron en ellos. Millares de sus contemporáneos les creyeron. El testimonio de ellos cuenta con abundante confirmación en las referencias a ellos hechas por escritores de la antigüedad, entre ellos Juvenal, Tácito, Séneca, Suetonio, Plinio el Joven, Luciano, Celso y el historiador judío Josefo.
En The Union Bible Companion, S. Austin Allibone escribe: “Sir Isaac Newton [...] también fue eminente como crítico de escritos antiguos, y examinó con gran cuidado las Santas Escrituras. ¿Cuál es su veredicto sobre este punto? ‘Hallo —dice él— más señales seguras de autenticidad en el Nuevo Testamento que en cualquier historia profana [seglar].’ El Dr. Johnson dice que tenemos más prueba de la muerte de Jesucristo en el Calvario, como dicen los Evangelios, que de la muerte de Julio César en el Capitolio. Es verdad que tenemos mucha más. Pregúntele a cualquiera que cuestiona la veracidad histórica del Evangelio qué razón tiene para creer que César murió en el Capitolio, o que el emperador Carlomagno fue coronado emperador de Occidente por el papa León III en 800 [...] ¿Cómo sabe usted que el hombre llamado Carlos I [de Inglaterra] vivió, y fue decapitado, y que Oliver Cromwell gobernó en su lugar? [...] A sir Isaac Newton se le atribuye el descubrimiento de la ley de la gravitación [...] Creemos todas las aserciones ya mencionadas respecto a estos hombres; y eso porque tenemos prueba histórica de su veracidad. [...] Si algunos se niegan a creer aunque presentemos prueba como esta, los damos por estúpidamente obstinados o irremediablemente ignorantes. ¿Qué diremos, pues, de los que, a pesar de la abundante prueba que ahora se ha presentado de la autenticidad de las Santas Escrituras, afirman que no han quedado convencidos? [...] De seguro tenemos razón para concluir que donde algo está mal es en el corazón más bien que en la cabeza;... que no desean creer lo que humilla su orgullo, y los obligaría a llevar vidas diferentes”.
George Rawlinson hizo resaltar la superioridad del cristianismo como una religión cuyos seguidores adoran con verdad cuando escribió: “El cristianismo —incluida en él la religión del Antiguo Testamento, que fue su primera etapa— en nada se distingue más de las demás religiones del mundo que en su carácter objetivo o histórico. Las religiones de Grecia y Roma, de Egipto, India, Persia y Oriente generalmente eran sistemas especulativos, que ni siquiera alegaron en serio que tuvieran base histórica. [...] Pero en el caso de la religión de la Biblia sucede lo contrario. Ahí, sea que acudamos al Antiguo Testamento o al Nuevo Testamento, a la religión judía o a la cristiana, hallamos una estructura doctrinal enlazada con hechos; que depende absolutamente de ellos; que es nula y carece de valor sin ellos; y que puede considerarse establecida en sentido práctico si se muestra que esos hechos merecen aceptación”.