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Nom du blog :
hermanogitano
Description du blog :
Las enseñanzas de la Biblia a la luz - El conocimiento que lleva a vida eterna
Catégorie :
Blog Religion
Date de création :
27.12.2007
Dernière mise à jour :
04.05.2008
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“Él nos amó primero”

“Él nos amó primero”

Posté le 26.03.2008 par hermanogitano
Hace casi dos mil años, en un día de primavera, se juzgó a un inocente, se le declaró culpable de delitos que no había cometido y se le torturó hasta morir. Aunque no era la primera ejecución cruel y arbitraria de la historia, ni sería, por desgracia, la última, aquella muerte fue diferente de todas las demás.

Durante las horas de agonía de la víctima, hasta el cielo marcó la trascendencia del suceso. En pleno mediodía se abatió la oscuridad sobre la tierra, de modo que, como dice un historiador, “falló la luz del sol” (Lucas 23:44, 45). Luego, poco antes de exhalar su último aliento, aquel hombre pronunció estas inolvidables palabras: “¡Se ha realizado!”. Así es, al entregar su vida, logró algo maravilloso. Aquel sacrificio fue la mayor muestra de amor que haya dado un ser humano (Juan 15:13; 19:30).

Seguramente ya hemos deducido que el ajusticiado era Jesús. Son bien conocidos los suplicios y la muerte que soportó aquel triste 14 de Nisán del año 33 E.C. No obstante, a menudo se pasa por alto un factor trascendental: aunque Cristo padeció atrozmente, hubo quien sufrió más. De hecho, aquel día se realizó un sacrificio aún mayor, la más grandiosa demostración de amor que haya efectuado persona alguna en el entero universo. ¿De qué se trató? La respuesta a esta pregunta sirve de introducción idónea al tema más importante que podamos tratar: el amor de Jehová.

La mayor muestra de amor

El centurión que estuvo a cargo de la ejecución de Jesús se quedó atónito, tanto por la oscuridad que la antecedió como por el violento terremoto que se produjo tras esta, de modo que dijo: “Ciertamente este era Hijo de Dios” (Mateo 27:54). Resultaba obvio que Jesús no era un hombre común y corriente. ¡Aquel militar romano había colaborado en la muerte del Unigénito del Dios Altísimo! Ahora bien, ¿cuánto apreciaba el Padre a este Hijo?

La Biblia llama a Cristo “el primogénito de toda la creación” (Colosenses 1:15). Pensémoslo detenidamente: el Hijo de Dios ya existía antes que el universo físico. Entonces, ¿cuánto tiempo estuvieron juntos Padre e Hijo? Según cálculos científicos, la edad del cosmos asciende a trece mil millones de años. ¿Logramos siquiera imaginarnos lo que abarca todo ese tiempo? Para ayudar a los visitantes a comprender tal magnitud, un planetario ha trazado una línea cronológica de 110 metros de largo. Al ir caminando junto a esta, cada paso que se da equivale a setenta y cinco millones de años en la existencia del universo. Al final, la historia del hombre se representa por una raya del grosor de un cabello. Sean estos cálculos correctos o no, la recta entera siempre será más corta que la vida del Hijo de Jehová. Entonces, ¿qué hizo Jesús durante tantos millones de años?

El Hijo sirvió gustoso a su Padre en calidad de “obrero maestro” (Proverbios 8:30). Las Escrituras indican que “sin él ni siquiera una cosa vino a existir” (Juan 1:3). De modo que trabajó junto a Dios para formarlo todo, disfrutando con él de momentos llenos de dicha y emoción. Pues bien, suele aceptarse como un hecho que el cariño entre padres e hijos es profundísimo, y, como sabemos, el amor “es un vínculo perfecto de unión” (Colosenses 3:14). Entonces, ¿quién logrará hacerse una mínima idea de la fuerza de un vínculo que ha existido por un período tan inmenso? Es patente que a Jehová y a Cristo los unen los lazos afectivos más firmes que pueda haber.

Con todo, Dios envió a la Tierra a su Hijo amado para que naciera como niño, lo que implicó tener que privarse de la estrecha relación con él en el cielo por algunas décadas. Desde allí lo observó con gran interés durante todo su crecimiento, hasta que llegó a ser un hombre perfecto y se bautizó, cuando tenía unos 30 años. No hay que adivinar cuáles eran los sentimientos de Jehová para con él, ya que habló desde las alturas y dijo: “Este es mi Hijo, el amado, a quien he aprobado” (Mateo 3:17). En vista de que Jesús cumplió fielmente todas las profecías y todo lo que le había pedido, su Padre tuvo que sentirse sumamente complacido (Juan 5:36; 17:4).

Ahora bien, ¿cómo se sintió Jehová el día 14 de Nisán del año 33 E.C.? ¿Cuáles fueron sus emociones al ver que Jesús era traicionado; que una turba lo detenía de noche; que lo abandonaban sus amigos; que lo sometían a un juicio ilegal; que recibía burlas, esputos y puñetazos; que lo flagelaban hasta dejarle la espalda hecha jirones, y que lo clavaban de pies y manos en un poste donde sufrió terribles humillaciones públicas? Sí, ¿qué sentimientos le causó que su Hijo amado clamara a él en su agonía, exhalara su último suspiro y, por vez primera desde el principio de la creación, dejara de existir? (Mateo 26:14-16, 46, 47, 56, 59, 67; 27:38-44, 46; Juan 19:1.)

Nos faltan las palabras. En efecto, el dolor que le ocasionó la muerte del Hijo a Jehová, quien tiene profundos sentimientos, nos resulta imposible de expresar. Lo que sí podemos señalar es por qué permitió que ocurriera, por qué estuvo dispuesto a aguantar tales emociones. El Creador nos revela algo maravilloso en Juan 3:16, un versículo tan importante que se le ha llamado el Evangelio en miniatura: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que ejerce fe en él no sea destruido, sino que tenga vida eterna”. Los motivos de Jehová se resumen en una sola palabra: amor. Ciertamente, la dádiva que nos hizo al enviar a su Hijo para que sufriera y muriera por nosotros fue la mayor muestra de amor de todos los tiempos.

La definición del amor divino

¿Qué es el amor? Se ha dicho que es la mayor necesidad del ser humano. Durante toda la vida lo buscamos, prosperamos con su calor, y languidecemos y morimos si nos falta. Con todo, resulta muy difícil definirlo. Aunque es el tema de innumerables conversaciones, libros, canciones y poemas, estos no siempre aclaran su sentido. De hecho, se abusa tanto del término, que parece que cada vez cuesta más determinar su verdadero significado.

Sin embargo, las enseñanzas bíblicas sobre este particular son muy claras. El Diccionario expositivo de palabras del Antiguo y del Nuevo Testamento exhaustivo, de W. E. Vine, señala: “El amor solo puede conocerse a base de las acciones que provoca”. Pues bien, las acciones de Jehová que refiere la Biblia nos enseñan mucho sobre el benevolente afecto que siente por sus criaturas. Por poner un caso, ¿qué podría revelar más sobre esta cualidad que la demostración suprema que antes mencionamos? En los capítulos siguientes examinaremos muchos otros ejemplos de este atributo divino en acción. Además, si analizamos las expresiones bíblicas originales con que se lo nombra en la Palabra de Dios, entenderemos mejor en qué consiste. En griego antiguo existían cuatro vocablos para “amor”. El que se usa con más frecuencia en las Escrituras Cristianas es a·gá·pe, del que un diccionario bíblico dice que “no hay término más poderoso para designar el amor”. ¿Por qué razón?

A·gá·pe se refiere al amor guiado por principios. No es, por tanto, la mera reacción emotiva ante otra persona. Posee un campo de actuación más amplio y una base más racional y deliberada. Sobre todo, está exento de egoísmo. Para ilustrarlo, volvamos a Juan 3:16. ¿Qué es el “mundo” al que tanto amó Dios que dio a su Hijo unigénito? Es el conjunto de seres humanos redimibles, entre quienes figuran muchos que viven en pecado. ¿Los quiere Jehová como si fueran amigos íntimos, con el mismo cariño que sentía por el fiel Abrahán? (Santiago 2:23.) No, pero es amoroso al tratarlos a todos con bondad, aunque pague un alto precio por ello. Desea que todos se arrepientan y cambien de proceder (2 Pedro 3:9). Muchos lo hacen, y entonces él se complace en recibirlos como amigos.

Algunas personas, sin embargo, tienen un concepto erróneo del a·gá·pe, ya que lo consideran un amor frío e intelectual. Pero lo cierto es que suele conllevar afectuosidad, como cuando Juan dice: “El Padre ama al Hijo”. Dado que en esta afirmación se emplea un verbo de la familia de a·gá·pe, ¿se trata de un amor desprovisto de calidez? No. Notemos que Cristo señala que “el Padre le tiene cariño al Hijo”, y en este caso se usa el verbo fi·lé·o (Juan 3:35; 5:20). Es patente que el amor de Jehová incluye en muchos casos la ternura. No obstante, no está dominado por los sentimientos, sino que se rige por los sabios y justos principios divinos.

Ya hemos visto que los atributos de Jehová son siempre excelsos, perfectos y atrayentes, pero el amor es el más atrayente de todos. Nada nos impulsa tanto a acercarnos a Dios como esta cualidad que, por fortuna, es la dominante. ¿Cómo lo sabemos?

“Dios es amor”

La Biblia dice del amor lo que de ninguna otra virtud cardinal de Jehová. Nunca afirma que Dios sea poder, justicia o incluso sabiduría. Cierto, él posee estas tres cualidades, es su fuente última y las manifiesta de forma inigualable. Pero las Escrituras dicen algo más profundo sobre el cuarto atributo: “Dios es amor” (1 Juan 4:8). ¿Qué implican con ello?

La afirmación “Dios es amor” no es una ecuación simple que equivalga a “Dios es igual al amor”. No podemos invertirla y decir: “El amor es Dios”, ya que Jehová es mucho más que una cualidad abstracta; es una persona con una amplia gama de sentimientos y cualidades, aparte del amor. No obstante, este atributo impregna todo su ser. De ahí que una obra de consulta indique lo siguiente sobre el citado versículo: “La esencia o la naturaleza divina es el amor”. En líneas generales, podemos seguir este planteamiento: las acciones de Jehová son posibles por su poder y están guiadas por la justicia y la sabiduría; sin embargo, son motivadas por el amor, cualidad siempre presente cuando él hace uso de sus demás atributos.

Oímos a menudo que Jehová es la personificación del amor. Por tanto, para aprender acerca del amor regido por principios, es preciso adquirir conocimiento referente a Dios. Claro, también observamos esta hermosa cualidad en los seres humanos. Pero ¿por qué se halla presente en ellos? Durante la creación, el Todopoderoso pronunció estas palabras, dirigidas por lo visto a su Hijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza” (Génesis 1:26). En efecto, el hombre y la mujer son los únicos habitantes de la Tierra que, en imitación de su Padre celestial, tienen la opción de amar. Recordemos que cuando el Ser supremo se valió de varias criaturas para simbolizar sus atributos cardinales, eligió al hombre, su mayor creación terrestre, como símbolo del atributo dominante: el amor (Ezequiel 1:10).

Cuando amamos altruistamente, rigiéndonos por principios, reflejamos la cualidad dominante de Jehová. Es tal y como escribió el apóstol Juan: “En cuanto a nosotros, amamos, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). Ahora bien, ¿en qué sentidos nos ha amado primero?

Jehová tomó la iniciativa

El amor no es una cualidad nueva. A fin de cuentas, ¿qué movió a Jehová a comenzar la creación? No fue que estuviese solo y necesitara compañía, ya que él es completo y autosuficiente, al grado de no carecer de nada que se le pueda brindar. Pero su amor es una cualidad activa que le infundió naturalmente el deseo de hacer partícipes del gozo de existir a criaturas inteligentes capaces de apreciar tal don. “El principio de la creación por Dios” fue su Hijo unigénito (Revelación [Apocalipsis] 3:14). Luego, el Altísimo se valió de este Obrero Maestro para formar todas las demás cosas, comenzando por los ángeles (Job 38:4, 7; Colosenses 1:16). Dotados de libertad, inteligencia y sentimientos, estos poderosos espíritus tenían la oportunidad de establecer lazos afectivos entre sí y, sobre todo, con el Ser supremo (2 Corintios 3:17). Así, amaban porque habían sido amados primero.

Otro tanto ocurrió con la humanidad. Desde el comienzo, Adán y Eva vivieron rodeados del amor del Padre. En su hogar paradisíaco de Edén, veían pruebas de este sentimiento divino dondequiera que fijaran la vista. Observemos lo que dice la Biblia: “Jehová Dios plantó un jardín en Edén, hacia el este, y allí puso al hombre que había formado” (Génesis 2:8). ¿Hemos visitado un jardín o parque de extraordinaria hermosura? ¿Qué fue lo que más nos gustó? Tal vez, cómo se filtraba la luz entre las hojas en un rincón sombreado; o la llamativa disposición de los colores en un macizo floral; o el fondo musical del murmullo de un arroyo, el canto de las aves y el zumbido de los insectos, o, quizás, el aroma de los árboles, las frutas y las flores. Sea como fuere, ningún parque actual podría compararse al de Edén. ¿Por qué no?

Al haberlo plantado el propio Jehová, debe de haber sido de una belleza indescriptible. Albergaba todo árbol hermoso o de delicioso fruto, y era un huerto bien regado, espacioso y repleto de una fascinante variedad de animales. Adán y Eva poseían todo cuanto necesitaban para disfrutar de una vida plena, lo que incluía un trabajo gratificante y compañía ideal. Su Padre celestial los había amado primero, y ellos tenían sobradas razones para corresponderle. Sin embargo, no lo hicieron, puesto que no le obedecieron y, en demostración de egoísmo, se rebelaron contra él (Génesis, capítulo 2).

¡Cuánto tuvo que haberle dolido a Jehová esta rebelión! ¿Pero se llenó de amargura su afectuoso corazón? No, “porque su bondad amorosa [“amor leal”, nota] es hasta tiempo indefinido” (Salmo 136:1). Por consiguiente, se propuso de inmediato disponer lo necesario para redimir a los descendientes de Adán y Eva que tuvieran la debida actitud. Como hemos visto, tales medidas incluían el sacrificio redentor de su Hijo querido, sacrificio por el que el Padre pagó un precio muy elevado (1 Juan 4:10).

Desde el principio Jehová ha tomado la iniciativa en la demostración de amor a la humanidad. “Él nos amó primero” en un sinnúmero de formas. Dado que el amor fomenta la armonía y el gozo, no es de extrañar que al Creador se le llame el “Dios feliz” (1 Timoteo 1:11). Pero surge una pregunta importante: ¿de verdad nos ama Jehová a nivel individual? Este asunto se tratará en el próximo capítulo.

[Notas]

En las Escrituras Griegas Cristianas se emplea a menudo el verbo fi·lé·o, que significa “tener cariño o afecto fraternal, querer como a un amigo íntimo”. En 2 Timoteo 3:3 se emplea un término compuesto a partir de la voz stor·gué, la ternura propia de la familia, con el cual se indica que dicho sentimiento escasearía mucho en los últimos días. É·ros, el amor romántico entre hombre y mujer, no se utiliza en las Escrituras Griegas Cristianas, aunque la Biblia sí habla de él (Proverbios 5:15-20).

Otras afirmaciones bíblicas siguen una estructura similar: “Dios es luz” y “Dios es [...] un fuego consumidor” (1 Juan 1:5; Hebreos 12:29). Pero deben tomarse en sentido metafórico, ya que equiparan a Jehová a realidades físicas. Así, él es semejante a la luz en vista de que es santo y justo, y no alberga “oscuridad”, o impureza alguna. De igual modo, es comparable a un fuego por el uso que da a su poder destructivo.



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