Más de 2.700 años atrás el profeta Isaías también pronunció la siguiente invitación: “Busquen a Jehová mientras pueda ser hallado. Clamen a él mientras resulte estar cerca. Deje el inicuo su camino, y el hombre dañino sus pensamientos; y regrese a Jehová, quien tendrá misericordia de él, y a nuestro Dios, porque él perdonará en gran manera”. (Isaías 55:6, 7.)
Siglos después el apóstol cristiano Pablo explicó lo siguiente a los griegos de Atenas que estaban “entregados [...] al temor a las deidades [mitológicas]”: “[Dios] hizo de un solo hombre toda nación de hombres, para que moren sobre la entera superficie de la tierra, y decretó los tiempos señalados y los límites fijos de la morada de los hombres, para que busquen a Dios, por si buscaban a tientas y verdaderamente lo hallaban, aunque, de hecho, no está muy lejos de cada uno de nosotros”. (Hechos 17:22-28.)
Ciertamente Dios no estaba lejos de sus creaciones humanas Adán y Eva. Les hablaba y les comunicaba sus mandamientos y deseos. Además, Dios no se ocultó de Caín ni de Abel, hijos de Adán y Eva. Aconsejó a Caín cuando este, lleno de odio, mostró envidia con relación al sacrificio que su hermano ofreció a Dios. Caín, sin embargo, en vez de efectuar un cambio en su forma de adorar, mostró una intolerancia religiosa llena de celos y asesinó a su hermano Abel. (Génesis 2:15-17; 3:8-24; 4:1-16.)
Abel, por su fidelidad a Dios hasta la muerte, llegó a ser el primer mártir. También fue el primer testigo de Jehová y el precursor de una larga línea de testigos que se mantuvieron íntegros a través de la historia. Por eso Pablo pudo decir: “Por fe Abel ofreció a Dios un sacrificio de mayor valor que el de Caín, por la cual fe se le dio testimonio de que era justo, pues Dios dio testimonio respecto a sus dádivas; y por ella, aunque murió, todavía habla”. (Hebreos 11:4.)
En esa misma carta a los hebreos Pablo da una lista de hombres y mujeres fieles (como Noé, Abrahán, Sara y Moisés) que, por su registro de integridad, llegaron a formar una ‘gran nube de testigos [griego: mar·tý·ron]’ que han sido ejemplo y fuente de estímulo para otros que quieren conocer y servir al Dios verdadero. Fueron hombres y mujeres que estaban en relación con Jehová Dios. Lo habían buscado y lo habían hallado. (Hebreos 11:1–12:1.)
Entre aquellos testigos sobresalió Uno descrito en el libro de Revelación: “Jesucristo, ‘el Testigo Fiel’”. Jesús es otra prueba clara del amor de Dios, pues como escribió Juan: “Nosotros mismos hemos contemplado —y de ello estamos dando testimonio— que el Padre ha enviado a su Hijo como Salvador del mundo. Cualquiera que haga la confesión de que Jesucristo es el Hijo de Dios, Dios permanece en unión con el tal y él en unión con Dios. Y nosotros mismos hemos llegado a conocer y hemos creído el amor que Dios tiene en nuestro caso”. Jesús, quien nació judío, fue testigo verdadero y murió como mártir en fidelidad a su Padre, Jehová. A través de las edades los verdaderos seguidores de Cristo serían también testigos de él y del Dios verdadero, Jehová. (Revelación 1:5; 3:14; 1 Juan 4:14-16; Isaías 43:10-12; Mateo 28:19, 20; Hechos 1:8.)
La profecía de Isaías indicó que un regreso al Dios verdadero, Jehová, sería un rasgo de “la parte final de los días”, o lo que otras partes de la Biblia llaman “los últimos días”. En vista de la diversidad y la confusión religiosas que hemos considerado en este libro, surge la pregunta: ¿Quiénes en estos últimos días en que vivimos han buscado realmente al Dios verdadero, para servirle “con espíritu y con verdad”? Para contestar esa pregunta, primero tenemos que dirigir nuestra atención a ciertos sucesos del siglo XIX. (Isaías 2:2-4; 2 Timoteo 3:1-5; Juan 4:23, 24.)
En 1870 un joven devoto, Charles Taze Russell (1852-1916), empezó a hacer muchas preguntas en cuanto a las enseñanzas tradicionales de la cristiandad. En su juventud él trabajaba en la tienda de ropa para caballeros de su padre en la bulliciosa ciudad industrial de Allegheny (ahora parte de Pittsburgo), Pensilvania, E.U.A. Era de antecedentes religiosos presbiterianos y congregacionales. Sin embargo, le perturbaban enseñanzas como las de la predestinación y el tormento eterno en un infierno de fuego. ¿Por qué dudaba de estas doctrinas básicas de algunas religiones de la cristiandad? Escribió: “Un Dios que usara su poder para crear a seres humanos de los que hubiera preconocido y predestinado que habrían de ser atormentados eternamente no podría ser sabio, justo ni amoroso. Se guiaría por una norma inferior a la de muchos hombres”. (Jeremías 7:31; 19:5; 32:35; 1 Juan 4:8, 9.)
Durante los últimos años de su adolescencia Russell empezó a estudiar la Biblia semanalmente con un grupo de jóvenes. Empezaron a analizar las enseñanzas bíblicas sobre otros asuntos, como los de la inmortalidad del alma y el sacrificio de rescate de Cristo y Su segunda venida. En 1877, a la edad de 25 años, Russell vendió su parte del negocio próspero de su padre y emprendió una carrera de predicar de tiempo completo.
En 1878 Russell tuvo un gran desacuerdo con uno de sus colaboradores, quien había rechazado la enseñanza de que la muerte de Cristo pudiera hacer expiación por los pecadores. En su refutación Russell escribió: “Cristo logró varias cosas buenas para nosotros al morir y resucitar. Fue nuestro sustituto en la muerte; murió el justo por los injustos... todos eran injustos. Jesucristo por la gracia de Dios experimentó la muerte por todo hombre. [...] Llegó a ser el autor de la salvación eterna para todos los que le obedecen”. Continuó: “Redimir es volver a comprar. ¿Qué volvió a comprar Cristo para todos los hombres? La vida. La perdimos por la desobediencia del primer Adán. El segundo Adán [Cristo] la volvió a comprar con su propia vida”. (Marcos 10:45; Romanos 5:7, 8; 1 Juan 2:2; 4:9, 10.)
Porque siempre fue vigoroso apoyador de la doctrina del rescate, Russell se separó totalmente del que había sido su colaborador. En julio de 1879 Russell comenzó a publicar Zion’s Watch Tower and Herald of Christ’s Presence, una revista que, en español, hoy se conoce por todo el mundo como La Atalaya (Anunciando el Reino de Jehová). En 1881 él y otros cristianos dedicados establecieron una sociedad bíblica no lucrativa. Fue llamada Zion’s Watch Tower Tract Society (Sociedad de Tratados la Torre del Vigía de Sión), conocida hoy como Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania (Sociedad de Biblias y Tratados la Torre del Vigía, de Pensilvania), la agencia jurídica que obra a favor de los testigos de Jehová. Desde el mismo principio Russell insistió en que no se harían colectas al reunirse las congregaciones ni se solicitarían de la gente contribuciones mediante las publicaciones Watch Tower. Las personas que junto con Russell estudiaron profundamente la Biblia llegaron a ser conocidas sencillamente como Estudiantes de la Biblia.
El resultado del estudio bíblico de Russell y sus asociados fue que rechazaron las enseñanzas de la cristiandad sobre una misteriosa “Santísima Trinidad”, un alma humana inherentemente inmortal y el tormento eterno en un infierno de fuego. También rechazaron la idea de que se necesitara una clase clerical separada que hubiera sido adiestrada en algún seminario. Querían regresar a los orígenes humildes del cristianismo y tener superintendentes o ancianos que estuvieran capacitados espiritualmente para guiar a las congregaciones sin idea de recibir salario ni remuneración. (1 Timoteo 3:1-7; Tito 1:5-9.)
Mientras investigaban la Palabra de Dios, aquellos Estudiantes de la Biblia se interesaron mucho en las profecías de las Escrituras Griegas Cristianas sobre “el fin del mundo” y la “venida” de Cristo. (Mateo 24:3, KJ.) Al investigar el texto griego, descubrieron que la “venida” de Cristo era en realidad una “pa·rou·sí·a” o presencia invisible. Por lo tanto, Cristo había dado a sus discípulos información sobre lo que probaría que él se hallaba invisiblemente presente en el tiempo del fin, no sobre una venida visible futura. Junto con este estudio, aquellos Estudiantes de la Biblia tenían un deseo intenso de entender la cronología bíblica relacionada con la presencia de Cristo. Sin comprender todos los detalles, Russell y sus asociados se dieron cuenta de que la fecha de 1914 sería crucial en la historia humana. (Mateo 24:3-22; Lucas 21:7-33.)
Russell sabía que tenía que efectuarse una extensa obra de predicar. Estaba al tanto de aquellas palabras de Jesús que escribió Mateo: “Y estas buenas nuevas del reino se predicarán en toda la tierra habitada para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin”. (Mateo 24:14; Marcos 13:10.) La actividad de aquellos Estudiantes de la Biblia antes de 1914 se caracterizó por un sentido de urgencia. Ellos creían que su actividad culminaría en aquel año, y por eso les parecía que debían hacer todo esfuerzo posible por ayudar a otros a conocer “estas buenas nuevas del reino”. Con el tiempo los discursos bíblicos de C. T. Russell se publicaron en miles de periódicos de todo el mundo.
En 1916, a la edad de 64 años, Charles Taze Russell murió de repente mientras efectuaba una gira de predicación por los Estados Unidos. ¿Qué les sucedería ahora a los Estudiantes de la Biblia? ¿Cesaría su movimiento como si hubieran sido seguidores de un simple hombre? ¿Cómo se encararían con las dificultades de la I Guerra Mundial (1914-1918), una matanza en que pronto se implicarían los Estados Unidos?
En estas palabras de W. E. Van Amburgh, ejecutivo de la Sociedad Watch Tower, vemos representada la reacción de la mayoría de los Estudiantes de la Biblia: “Esta gran obra mundial no es la obra de una sola persona. Es demasiado grande para eso. Es la obra de Dios y no cambia. Dios ha utilizado a muchos siervos en el pasado y, sin duda, utilizará a muchos en el futuro. No estamos consagrados a un hombre, ni a la obra de un hombre, sino a hacer la voluntad de Dios, como Él nos la revelará por Su Palabra y por su guía providencial. Dios todavía está al timón”. (1 Corintios 3:3-9.)
En enero de 1917 Joseph F. Rutherford, abogado y estudiante concienzudo de la Biblia, fue electo presidente —el segundo— de la Sociedad Watch Tower. Era de personalidad dinámica, y nada lo intimidaba. Sabía que el Reino de Dios tenía que predicarse. (Marcos 13:10.)
La Sociedad Watch Tower organizó asambleas en los Estados Unidos en 1919 y 1922. Después de la persecución que experimentaron durante la I Guerra Mundial en los Estados Unidos, sucedió algo que casi se pareció a un Pentecostés para los pocos miles de Estudiantes de la Biblia de aquel tiempo. (Hechos 2:1-4.) En vez de ceder al temor al hombre, respondieron con mayor vigor aún a la llamada bíblica de salir a predicar a las naciones. En 1919 la Sociedad Watch Tower produjo una revista hermana de La Atalaya que en inglés se llamó The Golden Age (La edad de oro), y que en español es conocida hoy por todo el mundo como ¡Despertad! Esta ha sido un instrumento vital para ayudar a la gente a conocer el significado de los tiempos en que vivimos y edificar confianza en la promesa del Creador de que habrá un nuevo mundo pacífico y seguro.
Durante los años veinte y treinta los Estudiantes de la Biblia recalcaron con intensidad creciente el antiguo método cristiano de predicar: ir de casa en casa. (Hechos 20:20.) Cada creyente tenía la responsabilidad de testificar al mayor número posible de personas sobre el gobierno de Cristo como Rey. Por la Biblia llegaron a ver claramente que la gran cuestión ante la humanidad era la de la soberanía universal, y que Jehová Dios la resolvería aplastando a Satanás y todas sus ruinosas obras en la Tierra. (Romanos 16:20; Revelación 11:17, 18.) Con esta cuestión como fondo, comprendieron que la salvación del hombre estaba en lugar secundario respecto a la vindicación de Dios como el Soberano que por derecho debe gobernar. Por lo tanto, en la Tierra tendría que haber testigos fieles que estuvieran dispuestos a testificar en cuanto a los propósitos y la supremacía de Dios. ¿Cómo se satisfizo esta necesidad? (Job 1:6-12; Juan 8:44; 1 Juan 5:19, 20.)
En julio de 1931 los Estudiantes de la Biblia celebraron una asamblea en Columbus, Ohio, y los miles que estuvieron presentes en ella adoptaron una resolución. En esta aceptaron gozosamente “el nombre que la boca del Señor Dios ha pronunciado”, y declararon: “Deseamos ser conocidos como, y llamados por, el nombre de ‘testigos de Jehová’”. Desde aquella fecha se ha conocido a los testigos de Jehová por todo el mundo, no solo por sus creencias distintivas, sino también por su celoso ministerio de casa en casa y en las calles. (Véanse las páginas 356, 357.) (Isaías 43:10-12; Mateo 28:19, 20; Hechos 1:8.)
En 1935 los Testigos entendieron con mayor claridad puntos relacionados con los que componen la clase celestial del Reino, que gobernarán con Cristo, y los que serán sus súbditos en la Tierra. Ya sabían que los cristianos ungidos a quienes se llama para que gobiernen con Cristo desde los cielos serían solo 144.000. Por eso, ¿qué esperanza tendría el resto de la humanidad? Un gobierno necesita súbditos que justifiquen su existencia. Este gobierno celestial, el Reino, tendría también millones de súbditos obedientes aquí en la Tierra. Estos serían la “gran muchedumbre, que ningún hombre podía contar, de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas”, que claman: “La salvación se la debemos a nuestro Dios [Jehová], que está sentado en el trono, y al Cordero [Cristo Jesús]”. (Revelación 7:4, 9, 10; 14:1-3; Romanos 8:16, 17.)
Lo que entendieron entonces sobre la gran muchedumbre ayudó a los testigos de Jehová a ver que tenían ante sí una tarea tremenda: hallar y enseñar a los millones de personas que buscaban al Dios verdadero y que formarían la “gran muchedumbre”. Aquello significaría una campaña docente internacional. Requeriría oradores y ministros adiestrados. Se necesitarían escuelas. En todo esto reflexionó el siguiente presidente de la Sociedad Watch Tower.
En 1931 no llegaban a 50.000 los Testigos, y trabajaban en menos de 50 países. Los sucesos de los años treinta y cuarenta dificultaron la predicación. En aquellos tiempos surgieron el fascismo y el nazismo, y estalló la II Guerra Mundial. En 1942 murió J. F. Rutherford. La Sociedad Watch Tower necesitaría un liderato vigoroso que diera mayor impulso a la predicación de los testigos de Jehová.
En 1942, a la edad de 36 años, Nathan H. Knorr fue electo presidente de la Sociedad Watch Tower, el tercero de la corporación. Era un organizador enérgico que percibió claramente la importancia de que las buenas nuevas se predicaran por todo el mundo con la mayor rapidez posible, aunque las naciones todavía estaban envueltas en la II Guerra Mundial. Esto lo llevó a trazar inmediatamente un plan para una escuela de misioneros, a la que se llamó Escuela Bíblica de Galaad de la Watchtower. Los primeros cien estudiantes —todos ministros que servían de tiempo completo— se matricularon en enero de 1943. Por casi seis meses efectuaron un estudio intenso de la Biblia y de asuntos ministeriales relacionados con ella antes de que se les enviara a sus asignaciones, que principalmente fueron países extranjeros. Hasta 1990 se han graduado 89 clases, y miles de ministros han partido de Galaad para servir por todo el mundo.
En 1943 solo había 126.329 Testigos, y predicaban en 54 países. A pesar de la furiosa oposición del nazismo, el fascismo, el comunismo y la Acción Católica, así como de las llamadas democracias durante la II Guerra Mundial, para 1946 la cantidad de los testigos de Jehová había alcanzado un máximo de más de 176.000 predicadores del Reino. Cuarenta y cuatro años después, había casi cuatro millones activos en más de 200 países, islas y territorios. No hay duda de que su clara identificación por nombre y hechos ha contribuido a que se les conozca por todo el mundo. Pero hay otros factores que han influido mucho en su eficacia. (Zacarías 4:6.)
Los testigos de Jehová celebran reuniones semanales para estudiar la Biblia en sus Salones del Reino, los lugares de reunión de sus más de 60.000 congregaciones por toda la Tierra. Estas reuniones no son para ritos ni despliegues emocionales, sino para adquirir conocimiento exacto de Dios, su Palabra y sus propósitos. De modo que los testigos de Jehová se reúnen tres veces por semana para adquirir más entendimiento de la Biblia y para adiestrarse en predicar y enseñar a otros el mensaje bíblico. (Romanos 12:1, 2; Filipenses 1:9-11; Hebreos 10:24, 25.)
Por ejemplo, una de las reuniones que se celebran a mediados de semana es la Escuela del Ministerio Teocrático, en la cual pueden matricularse los miembros de la congregación. Las sesiones de esta escuela son presididas por un anciano o superintendente cristiano capacitado que ayuda a adiestrar a hombres, mujeres y niños en el arte de enseñar y de expresarse en armonía con los principios bíblicos. El apóstol Pablo declaró: “Que su habla siempre sea con gracia, sazonada con sal, para que sepan cómo deben dar una respuesta a cada uno”. En sus reuniones cristianas los Testigos también aprenden a expresar el mensaje del Reino “con genio apacible y profundo respeto”. (Colosenses 4:6; 1 Pedro 3:15.)
En otro día los Testigos también se reúnen para oír un discurso bíblico de 45 minutos al que sigue una consideración de una hora por la congregación (mediante preguntas y respuestas) de un tema bíblico sobre la enseñanza o el comportamiento cristianos. Los miembros de la congregación pueden participar con toda libertad. Además, cada año los Testigos asisten a tres reuniones de mayor tamaño por de uno a cuatro días, donde por lo general miles de Testigos se reúnen para escuchar discursos bíblicos. Como resultado de estas reuniones gratuitas, y otras, cada Testigo profundiza su conocimiento de las promesas de Dios con relación a esta Tierra y a la humanidad y adquiere una excelente educación en moralidad cristiana. El seguir las enseñanzas y el ejemplo de Cristo Jesús pone a cada uno en más estrecha relación con el Dios verdadero, Jehová. (Juan 6:44, 65; 17:3; 1 Pedro 1:15, 16.)
Si los testigos de Jehová tienen reuniones y se organizan para predicar, es lógico que haya quienes lleven la delantera entre ellos. Sin embargo, no tienen ninguna clase clerical que reciba pago ni ponen a ningún líder carismático en un pedestal. (Mateo 23:10.) Jesús dijo: “Recibieron gratis; den gratis”. (Mateo 10:8; Hechos 8:18-21.) En cada congregación hay ancianos y siervos ministeriales capacitados en sentido espiritual, muchos de los cuales tienen su empleo seglar y su propia familia, y estos llevan la delantera voluntariamente en enseñar y dar guía a la congregación. Este es precisamente el dechado que suministraron los cristianos del primer siglo. (Hechos 20:17; Filipenses 1:1; 1 Timoteo 3:1-10, 12, 13.)
¿Cómo se nombra a estos ancianos y siervos ministeriales? Se les nombra bajo la supervisión de un cuerpo gobernante de ancianos ungidos procedentes de diversos países cuya función es paralela a la del cuerpo de los apóstoles y ancianos de Jerusalén, quienes llevaban la delantera en la congregación cristiana primitiva. Como consideramos en el capítulo 11, ningún apóstol tenía la primacía sobre los demás. Llegaban a sus decisiones como colectividad, como cuerpo, y estas eran respetadas por las congregaciones esparcidas por todo el antiguo mundo romano. (Hechos 15:4-6, 22, 23, 30, 31.)
El mismo arreglo funciona para el Cuerpo Gobernante de los Testigos de Jehová hoy día. Estos celebran reuniones semanales en su sede mundial en Brooklyn, Nueva York, y entonces se envían de allí instrucciones a los comités de las sucursales de todo el mundo que superentienden la actividad ministerial en cada país. Al seguir el ejemplo de los cristianos primitivos, los testigos de Jehová han podido abarcar porciones enormes de la Tierra con su predicación de las buenas nuevas del Reino de Dios. Esa obra continúa por todo el mundo. (Mateo 10:23; 1 Corintios 15:58.)
Durante el siglo XX los testigos de Jehová han prosperado por toda la Tierra. Lo han hecho hasta en países donde han estado proscritos. Estas proscripciones han procedido principalmente de gobiernos que no han entendido la posición de neutralidad que adoptan los testigos de Jehová en cuanto a las lealtades políticas y nacionalistas de este mundo. (Véase el recuadro de la página 347.) Sin embargo, en esos países decenas de miles de personas se han vuelto al Reino de Dios como la única esperanza verdadera de paz y seguridad para la humanidad. La mayoría de las naciones han recibido un magnífico testimonio, y ahora hay millones de Testigos activos en todas partes. (Véase la tabla de la página 361.)
Con su amor cristiano y su esperanza de “un nuevo cielo y una nueva tierra”, los testigos de Jehová esperan en el futuro cercano estremecedores acontecimientos de alcance mundial que pronto pondrán fin a toda injusticia, corrupción e iniquidad en esta Tierra. Por eso seguirán visitando a su prójimo en un esfuerzo sincero por atraer al Dios verdadero, Jehová, a las personas de corazón recto. (Revelación 21:1-4; Marcos 13:10; Romanos 10:11-15.)
Que la faveur imméritée soit avec vous tous..