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hermanogitano
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Las enseñanzas de la Biblia a la luz - El conocimiento que lleva a vida eterna
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Date de création :
27.12.2007
Dernière mise à jour :
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La devastación de la gran ciudad

Posté le 15.04.2008 par hermanogitano
¡SÚBITA, alarmante, devastadora!... ¡así será la destrucción de Babilonia la Grande! Seráuno de los más catastróficos sucesos de toda la historia, algo que señalará el comienzo de la “gran tribulación como la cual no ha sucedido una desde el principio del mundo hasta ahora, no, ni volverá a suceder”. (Mateo 24:21.)

La religión falsa ha existido por largo tiempo. Ha existido sin interrupción desde los días del sanguinario Nemrod, quien se opuso a Jehová e hizo que los hombres empezaran a edificar la Torre de Babel. Cuando Jehová confundió la lengua de aquellos rebeldes y los esparció por la Tierra, la religión falsa de Babilonia viajó con ellos. (Génesis 10:8-10; 11:4-9.) Desde entonces, imperios políticos han surgido y han desaparecido, pero la religión babilónica ha perdurado. Ha tomado muchas formas y aspectos, hasta desarrollarse en un imperio mundial de religión falsa, la profetizada Babilonia la Grande. Su parte más prominente es la cristiandad, que se desarrolló de una fusión de enseñanzas babilónicas primitivas con doctrina “cristiana” apóstata. Debido a la larguísima historia de Babilonia la Grande, a muchas personas se les hace difícil creer que alguna vez será destruida.

Por eso, es apropiado que Revelación confirme la condenación de la religión falsa al darnos dos descripciones detalladas de su caída y de los sucesos subsiguientes que terminan en su desolación total. Ya la hemos visto como “la gran ramera” a quien finalmente devastan sus ex amantes del campo político. (Revelación 17:1, 15, 16.) Ahora, en una visión más, la veremos como una ciudad, el antitipo religioso de la Babilonia antigua.

Juan continúa el relato de este modo: “Después de estas cosas vi a otro ángel que descendía del cielo, con gran autoridad; y la tierra fue alumbrada por su gloria. Y él clamó con voz poderosa, y dijo: ‘¡Ha caído! ¡Babilonia la Grande ha caído [...]!’”. (Revelación 18:1, 2a.) Esta es la segunda vez que Juan oye ese anuncio angelical. (Véase Revelación 14:8.) Sin embargo, ¡esta vez su importancia recibe énfasis por la magnificencia del ángel celestial, pues su gloria ilumina toda la Tierra! ¿Quién será él? Siglos antes, el profeta Ezequiel, en un informe sobre una visión celestial, declaró que “la tierra misma brilló debido a su gloria [la de Jehová]”. (Ezequiel 43:2.) El único ángel que brillaría con una gloria comparable a la de Jehová sería el Señor Jesús, quien es “el reflejo de su gloria [la de Dios] y la representación exacta de su mismo ser”. (Hebreos 1:3.) En 1914, Jesús llegó a ser un Rey celestial, y desde entonces ha estado ejerciendo autoridad sobre la Tierra como el Rey y Juez asociado de Jehová. Por eso, es apropiado que él anuncie la caída de Babilonia la Grande.

¿A quiénes utiliza este ángel de gran autoridad para anunciar estas sorprendentes noticias a la humanidad? Pues, a las mismas personas a quienes se da liberación como resultado de esa caída, a los ungidos que todavía quedan en la Tierra, la clase Juan. Desde 1914 hasta 1918 ellos sufrieron mucho por obra de Babilonia la Grande, pero en 1918 el Señor Jehová y su “mensajero del pacto [abrahámico]”, Jesucristo, empezaron el juicio por “la casa de Dios”, los que afirmaban que eran cristianos. Así se sometió a juicio a la cristiandad. (Malaquías 3:1; 1 Pedro 4:17.) No fueron ayuda para ella en su tiempo de juicio la tremenda culpa por derramamiento de sangre en que incurrió en la I Guerra Mundial, ni su complicidad en la persecución que se lanzó contra los fieles testigos de Jehová, ni sus credos babilónicos; tampoco mereció la aprobación de Dios ninguna otra parte de Babilonia la Grande. (Compárese con Isaías 13:1-9.)

Por eso, para 1919 Babilonia la Grande había caído, y esto abrió el camino para que el pueblo de Dios fuera puesto en libertad y restaurado, como si fuera en un solo día, a su tierra de prosperidad espiritual. (Isaías 66:8.) Para aquel año Jehová Dios y Jesucristo, el Darío Mayor y el Ciro Mayor, habían manejado los asuntos de tal manera que la religión falsa ya no podía mantener bajo su control al pueblo de Jehová. Ya no podía impedir que sirvieran a Jehová y dieran a conocer a todo el que oyera que Babilonia la Grande, la ramera, está condenada a destrucción, ¡y que se ha acercado la vindicación de la soberanía de Jehová! (Isaías 45:1-4; Daniel 5:30, 31.)

Es verdad que Babilonia la Grande no fue destruida en 1919, tal como la antigua ciudad de Babilonia no fue destruida en 539 a.E.C. cuando cayó ante los ejércitos de Ciro el Persa. Pero desde el punto de vista de Jehová aquella organización había caído. Judicialmente había sido condenada, y le esperaba ser ejecutada; por lo tanto, la religión falsa ya no pudo tener en cautiverio al pueblo de Jehová. (Compárese con Lucas 9:59, 60.) A estos se les puso en libertad para que sirvieran como el esclavo fiel y discreto del Amo en la obra de suministrar alimento espiritual al tiempo apropiado. Habían recibido un juicio de “Bien hecho” y recibieron la comisión de ocuparse de nuevo en la obra de Jehová. (Mateo 24:45-47; 25:21, 23; Hechos 1:8.)

Milenios atrás Jehová empleó a otros profetas para predecir este acontecimiento trascendental. Isaías dijo que un atalaya “procedió a clamar como un león: ‘Sobre la atalaya, oh Jehová, estoy de pie constantemente de día, y en mi puesto de guardia estoy apostado todas las noches’”. ¿Y qué acontecimiento discierne y proclama ese atalaya con denuedo como de león? Este: “¡Ha caído! ¡Babilonia ha caído, y todas las imágenes esculpidas de sus dioses él [Jehová] ha quebrado hasta la tierra!”. (Isaías 21:8, 9.) Este atalaya bien prefigura a la muy alerta clase Juan de hoy a medida que usa la revista La Atalaya y otras publicaciones teocráticas para dar a conocer por todas partes las nuevas de que Babilonia ha caído.

La caída de la Babilonia antigua en 539 a.E.C. fue el principio de una larga decadencia que terminó en su desolación. De manera similar, desde la I Guerra Mundial la influencia de la religión babilónica ha decaído notablemente en escala mundial. En Japón, la adoración del emperador, sostenida por el sintoísmo, fue proscrita después de la II Guerra Mundial. En China, el gobierno comunista controla todos los nombramientos y actividades religiosos. En el norte de Europa, que es protestante, la mayoría de las personas se han hecho indiferentes a la religión. Y recientemente divisiones y disensión interna han debilitado a la Iglesia Católica Romana por todo el mundo. (Compárese con Marcos 3:24-26.)

No hay duda de que todas estas tendencias son parte del ‘secado del río Éufrates’ en preparación para el ataque militarista que se lanzará contra Babilonia la Grande. Este ‘secado’ se refleja, también, en el anuncio del papa en octubre de 1986 de que la iglesia tiene que hacerse “mendicante de nuevo”... debido a déficit enormes. (Revelación 16:12.) Particularmente desde 1919 se ha denunciado a Babilonia la Grande ante el público como un desierto espiritual, tal como lo anuncia aquí el poderoso ángel: “Y ha llegado a ser lugar de habitación de demonios y escondite de toda exhalación inmunda y escondite de toda ave inmunda y odiada”. (Revelación 18:2b.) Pronto será en realidad un desierto como ese, tan desolado como las ruinas de Babilonia que hoy quedan en Irak. (Véase también Jeremías 50:25-28.)

Aquí la palabra “demonios” quizás refleja el término “demonios [...] de forma de cabra” (se‘i·rím) que se halla donde Isaías describe a la Babilonia caída: “Y allí los frecuentadores de regiones áridas ciertamente se echarán, y sus casas tendrán que estar llenas de búhos reales. Y allí tienen que residir los avestruces, y demonios mismos de forma de cabra irán brincando por allí”. (Isaías 13:21.) Esto quizás no se refiera a demonios literales, sino a animales peludos del desierto que, por su apariencia, hacían que los observadores pensaran en demonios. El que en las ruinas de Babilonia la Grande existan figurativamente animales de ese tipo, junto con aire estancado y venenoso (“exhalación inmunda”) y aves inmundas, significa que ella está muerta en sentido espiritual. No tiene para la humanidad ninguna perspectiva de vida. (Compárese con Efesios 2:1, 2.)

Su situación también encaja con lo que dice la profecía de Jeremías: “‘Hay una espada contra los caldeos —es la expresión de Jehová— y contra los habitantes de Babilonia y contra sus príncipes y contra sus sabios. [...] Hay una devastación sobre sus aguas, y estas tienen que secarse. Porque es una tierra de imágenes esculpidas, y a causa de sus visiones aterradoras siguen obrando locamente. Por eso los frecuentadores de las regiones áridas morarán con los animales aulladores, y en ella tienen que morar los avestruces; y nunca más se morará en ella, ni residirá ella por generación tras generación’”. La idolatría y los rezos no pueden salvar a Babilonia la Grande de un castigo merecido comparable al derribo de Sodoma y Gomorra por Dios. (Jeremías 50:35-40.)

El ángel poderoso entonces llama atención a lo extenso de la ramería de Babilonia la Grande cuando proclama: “Porque a causa del vino despertador de pasiones de su fornicación todas las naciones han caído víctima, y los reyes de la tierra cometieron fornicación con ella, y los comerciantes viajeros de la tierra se enriquecieron debido al poder del lujo desvergonzado de ella”. (Revelación 18:3.) Ella ha adoctrinado a todas las naciones de la humanidad en sus caminos religiosos inmundos. Según el historiador griego Heródoto, en la antigua Babilonia se requería que cada joven soltera diera su virginidad a la prostitución en los templos como parte de su adoración. Hasta hoy mismo se ve representada repugnante corrupción sexual en las esculturas damnificadas por la guerra en Angkor Vat, en Kampuchea (Camboya) y en los templos de Khajuraho, India, que muestran a un dios del hinduismo, Visnú, rodeado de repugnantes escenas eróticas. En los Estados Unidos las revelaciones de inmoralidad que sacudieron al mundo de los evangelizadores de la TV en 1987, y de nuevo en 1988, así como la revelación de que entre ministros de la religión es extensa la práctica de la homosexualidad, ilustran que hasta la cristiandad tolera alarmantes excesos de fornicación literal. Sin embargo, todas las naciones se han convertido en víctimas de una clase de fornicación que es más seria aún.

Ya hemos repasado la ilícita relación religioso-política que ayudó a Hitler a ascender rápidamente al poder en Alemania. Otras naciones también sufrieron por la intromisión de la religión en asuntos seglares. Por ejemplo: en la Italia fascista, el 11 de febrero de 1929, Mussolini y el cardenal Gasparri firmaron el tratado lateranense que convirtió a la Ciudad del Vaticano en estado soberano. El papa Pío XI afirmó que había “puesto de nuevo a Italia en manos de Dios y puesto a Dios de nuevo en Italia”. ¿Era verdad eso? Considere lo que sucedió seis años después. El 3 de octubre de 1935, alegando que Abisinia era “un país bárbaro que todavía practica la esclavitud”, Italia invadió a aquella nación. ¿Quién estaba en realidad obrando bárbaramente? ¿Condenó la Iglesia Católica la barbaridad de Mussolini? Mientras el papa hacía comentarios ambiguos, sus obispos se hicieron muy expresivos bendiciendo a las fuerzas armadas de su “patria” italiana. En el libro The Vatican in the Age of the Dictators (El Vaticano en la era de los dictadores), Anthony Rhodes informa:

“En su Carta Pastoral del 19 de octubre [de 1935] el obispo de Udine [Italia] escribió: ‘No es ni oportuno ni apropiado que nosotros decidamos qué hay de correcto o qué de incorrecto en este caso. Nuestro deber de italianos, y, más aún, de cristianos, es contribuir al éxito de nuestras armas’. El obispo de Padua escribió el 21 de octubre: ‘En las horas difíciles que vivimos, les pedimos que tengan fe en nuestros estadistas y en nuestras fuerzas armadas’. El 24 de octubre el obispo de Cremona consagró varias banderas de regimientos y dijo: ‘Bendiga Dios a estos soldados que conquistarán nuevas y fértiles tierras para el genio italiano en suelo de África, llevando así a ellas la cultura romana y cristiana. Que Italia se convierta de nuevo en el mentor cristiano de todo el mundo’”.

Abisinia fue ultrajada, con la bendición del clero católico romano. ¿Pudieran, en sentido alguno, alegar aquellas personas que, como el apóstol Pablo, estaban ‘limpias de la sangre de todo hombre’? (Hechos 20:26.)

Añada a Alemania, Italia y Abisinia otra nación que se convirtió en víctima de la fornicación de Babilonia la Grande: España. Entre los factores que iniciaron la guerra civil (de 1936 a 1939) estuvieron las medidas que tomó el gobierno democrático para reducir el enorme poder de la Iglesia Católica Romana. Durante la guerra, Franco, el líder fascista católico de las fuerzas revolucionarias, se llamó a sí mismo “el Generalísimo cristiano de la Santa Cruzada”, un título que después abandonó. Centenares de miles de españoles murieron en aquella guerra. Aparte de esto, según un cálculo conservador los nacionalistas de Franco habían asesinado a 40.000 miembros del Frente Popular, mientras que estos últimos habían asesinado a 8.000 clérigos: monjes, sacerdotes, monjas y novicios. Ese horror y tragedia de la guerra civil ilustra lo sabio que es prestar atención a estas palabras de Jesús: “Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman la espada perecerán por la espada”. (Mateo 26:52.) ¡Qué repugnante es que la cristiandad se envuelva en derramamiento de sangre tan extenso! ¡Ciertamente sus clérigos son un fracaso completo en cuanto a “batir sus espadas en rejas de arado”! (Isaías 2:4.)

¿Quiénes son “los comerciantes viajeros de la tierra”? Sin duda, hoy los llamaríamos negociantes, gigantes del comercio, magnates de los grandes negocios. Esto no quiere decir que sea incorrecto participar en negocios legítimos. La Biblia suministra consejo sabio para los negociantes: amonesta contra la falta de honradez, la avaricia y aspectos similares. (Proverbios 11:1; Zacarías 7:9, 10; Santiago 5:1-5.) La mayor ganancia es “devoción piadosa junto con autosuficiencia”. (1 Timoteo 6:6, 17-19.) Sin embargo, el mundo de Satanás no se rige por principios justos. La corrupción abunda. Se halla en la religión, en la política... y en los grandes negocios. De vez en cuando las noticias dan a conocer escándalos, como malversación de fondos por funcionarios gubernamentales encumbrados y tráfico ilegal de armas.

El mercadeo internacional de armas es un negocio de más de un billón de dólares (E.U.A.) anualmente, mientras centenares de millones de humanos carecen de los artículos de primera necesidad en la vida. Eso es suficientemente malo. Pero parece que los armamentos son un apoyo fundamental de la economía del mundo. El 11 de abril de 1987 un artículo del periódico londinense Spectator informó: “Contando solo las industrias directamente implicadas, en los Estados Unidos hay unos 400.000 empleos envueltos, y 750.000 en Europa. Pero es curioso que a medida que la fabricación de armas ha ido adquiriendo un papel social y económico más importante, la cuestión misma de si los fabricantes tienen una buena defensa ha pasado a un plano secundario”. Por toda la Tierra se obtienen tremendas ganancias por la venta de bombas y otras armas, hasta a posibles enemigos. Algún día esas bombas podrían regresar para destruir con su fuego y poder a los mismos que las venden. ¡Qué paradoja! A esto se puede añadir el soborno y la corrupción relacionados con la industria de las armas. Según el Spectator, en tan solo los Estados Unidos “cada año el Pentágono pierde, inexplicablemente, 900.000.000 de dólares en armas y equipo”. ¡No debe extrañar que Revelación mencione desfavorablemente a los comerciantes de la Tierra!

Como predijo el ángel glorioso, la religión también se ha implicado profundamente en prácticas de negocio corruptas como las que hemos descrito. Por ejemplo, considérese la conexión del Vaticano con el desplome del Banco Ambrosiano de Italia en 1982. El caso se vio durante la década de 1980, y la cuestión que todavía queda sin contestar es: ¿Adónde fue a parar el dinero? En febrero de 1987 jueces de Milán emitieron órdenes de arresto contra tres clérigos del Vaticano, entre ellos un arzobispo estadounidense, con el cargo de que estuvieron implicados en una fraudulenta declaración de quiebra, pero el Vaticano se negó a acceder a la extradición. En julio de 1987 el más encumbrado Tribunal de Apelaciones de Italia anuló las órdenes de arresto debido a un viejo tratado que existía entre el Vaticano y el gobierno de Italia.

¿Se implicó Jesús en las prácticas de negocio dudosas de sus días? No. Él ni siquiera tuvo propiedades, porque ‘no tenía donde recostar la cabeza’. A un joven gobernante rico Jesús dio este consejo: “Vende todas las cosas que tienes y distribuye entre los pobres, y tendrás tesoro en los cielos; y ven, sé mi seguidor”. Aquel consejo era excelente, porque, como resultado de él el joven pudiera haberse librado de todas las inquietudes que le causaban sus asuntos de negocio. (Lucas 9:58; 18:22.) En contraste con eso, muchas veces hay enlaces sospechosos entre la religión babilónica y los grandes negocios. Por ejemplo, en 1987 el Albany Times Union informó que el administrador financiero de la arquidiócesis católica de Miami, Florida, E.U.A., confesó que la iglesia poseía acciones en compañías que hacen armas nucleares, películas no aptas para menores, y cigarrillos.

Las siguientes palabras de Juan muestran cómo se sigue cumpliendo el modelo profético: “Y oí otra voz procedente del cielo decir: ‘Sálganse de ella, pueblo mío, si no quieren participar con ella en sus pecados, y si no quieren recibir parte de sus plagas’”. (Revelación 18:4.) Entre las profecías de las Escrituras Hebreas sobre la caída de la antigua Babilonia también está este mandato de Jehová a su pueblo: “Emprendan su huida de en medio de Babilonia”. (Jeremías 50:8, 13.) Igualmente ahora, puesto que se acerca la desolación de Babilonia la Grande, se insta al pueblo de Dios a escapar. En 537 a.E.C. los israelitas fieles se regocijaron mucho por la oportunidad de escapar de Babilonia. De manera similar, el que el pueblo de Dios fuera librado del cautiverio babilónico en 1919 fue para estos causa de regocijo. (Revelación 11:11, 12.) Y desde entonces otros millones de personas han obedecido la orden de huir.

¿Es en realidad tan urgente huir de Babilonia la Grande, dejar de ser miembro de las religiones del mundo y separarse por completo de ellas? Lo es, porque tenemos que adoptar el punto de vista de Dios acerca de esa antiquísima monstruosidad religiosa Babilonia la Grande. Dios no anduvo con rodeos cuando la llamó la gran ramera. Por eso, ahora la voz procedente del cielo da a Juan más información sobre ella: “Porque sus pecados se han amontonado hasta llegar al cielo, y Dios ha recordado sus actos de injusticia. Páguenle a ella así como ella misma pagó, y háganle a ella el doble, sí, el doble del número de las cosas que ella hizo; en la copa en que ella vació una mezcla, vacíenle a ella el doble de la mezcla. Al grado que ella se glorificó a sí misma y vivió en lujo desvergonzado, a ese grado denle tormento y lamento. Porque sigue diciendo en su corazón: ‘Estoy sentada como reina, y no soy viuda, y nunca veré lamento’. Por eso, en un solo día vendrán sus plagas: muerte y lamento y hambre, y será quemada por completo con fuego, porque fuerte es Jehová Dios que la juzgó”. (Revelación 18:5-8.)

¡Qué vigorosas expresiones! Por eso, se requiere acción. En su tiempo Jeremías instó a los israelitas a la acción, diciendo: “Huyan de en medio de Babilonia, [...] porque es el tiempo de la venganza que pertenece a Jehová. Hay tratamiento por el cual él le está dando el pago. Sálganse de en medio de ella, oh pueblo mío, y provea cada uno escape a su alma de la ardiente cólera de Jehová”. (Jeremías 51:6, 45.) Hoy pasa algo parecido: la voz procedente del cielo advierte al pueblo de Dios que huya de Babilonia la Grande para que no reciba parte de sus plagas. Ahora se proclaman los juicios semejantes a plagas de Jehová contra este mundo, que incluye a Babilonia la Grande. (Revelación 8:1–9:21; 16:1-21.) Es necesario que el pueblo de Dios se separe de la religión falsa si no quiere sufrir él mismo esas plagas y al fin morir con la gran ramera. Además, el permanecer dentro de esa organización los llevaría a participar con ella en sus pecados. Serían tan culpables como ella de adulterio espiritual y de derramar la sangre de “todos los que han sido degollados en la tierra”. (Revelación 18:24; compárese con Efesios 5:11; 1 Timoteo 5:22.)

Sin embargo, ¿cómo sale de Babilonia la Grande el pueblo de Dios? En el caso de la Babilonia antigua los judíos tuvieron que regresar físicamente desde la ciudad de Babilonia hasta la Tierra Prometida. Pero había más que eso implicado. Isaías dijo en profecía a los israelitas: “Apártense, apártense, sálganse de allí, no toquen nada inmundo; sálganse de en medio de ella, manténganse limpios, ustedes los que llevan los utensilios de Jehová”. (Isaías 52:11.) Sí, tenían que abandonar todas las prácticas inmundas de la religión babilónica que pudieran contaminar la adoración que daban a Jehová.

El apóstol Pablo citó las palabras de Isaías en su carta a los corintios y dijo: “No lleguen a estar unidos bajo yugo desigual con los incrédulos. Porque, ¿qué consorcio tienen la justicia y el desafuero? ¿O qué participación tiene la luz con la oscuridad? [...] ‘Por lo tanto, sálganse de entre ellos, y sepárense —dice Jehová—, y dejen de tocar la cosa inmunda’”. Los cristianos corintios no tenían que salir de Corinto para obedecer ese mandato. Sin embargo, tenían que evitar físicamente los templos inmundos de la religión falsa, y también tenían que separarse espiritualmente de los actos inmundos de aquellos adoradores de ídolos. En 1919 el pueblo de Dios empezó a huir de Babilonia la Grande de ese modo, limpiándose de todo residuo de enseñanzas y prácticas inmundas. Así, pudieron servir a Dios como su pueblo purificado. (2 Corintios 6:14-17; 1 Juan 3:3.)

La caída y la consecuente desolación de la Babilonia antigua fue un castigo que ella recibió por sus pecados. “Pues hasta los cielos mismos ha llegado el juicio de ella.” (Jeremías 51:9.) De manera similar, los pecados de Babilonia la Grande “se han amontonado hasta llegar al cielo”, de modo que han llegado a la atención de Jehová mismo. Ella es culpable de injusticia, idolatría, inmoralidad, opresión, robo y asesinato. La caída de la antigua Babilonia vino, en parte, como venganza por lo que ella les había hecho al templo de Jehová y a sus verdaderos adoradores. (Jeremías 50:8, 14; 51:11, 35, 36.) También la caída de Babilonia la Grande y su consecuente destrucción son expresiones de venganza por lo que ella les ha hecho a los verdaderos adoradores a través de los siglos. Sí, su destrucción final es el principio del “día de la venganza de parte de nuestro Dios”. (Isaías 34:8-10; 61:2; Jeremías 50:28.)

Bajo la Ley de Moisés, si un israelita robaba a sus coterráneos, tenía que pagar por lo menos el doble como compensación. (Éxodo 22:1, 4, 7, 9.) En la destrucción venidera de Babilonia la Grande Jehová aplicará una norma de justicia similar. Ella recibirá el doble de lo que dio. No habrá misericordia, porque Babilonia la Grande no ha mostrado misericordia a sus víctimas. Se alimentó parasíticamente de los pueblos de la Tierra para mantenerse en “lujo desvergonzado”. Ahora tendrá sufrimiento y duelo. La Babilonia antigua se creía en posición absolutamente segura, y se jactaba: “No me sentaré como viuda, y no conoceré la pérdida de hijos”. (Isaías 47:8, 9, 11.) Babilonia la Grande también se siente segura. ¡Pero su destrucción decretada por Jehová, quien “fuerte es”, le vendrá rápidamente, como si fuera “en un solo día”!



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El vaticano

Posté le 15.04.2008 par hermanogitano
Arriba podemos ver al actual papa romano Joseph Ratzinger.

Podemos ver su riqueza en la vestidura y el lugar donde esta sentado.

Si abrimos nuestras Biblias en Mateo 8:20 leemos “ Las zorras tienen cuevas, y las aves del cielo tienen donde posarse, pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza ” algo muy diferente al hombre de la foto arriba.

Al contrario, es algo que es muy similar a la ramera de Apocalipsis que cabalga sobre una terrible bestia.

En Revelación 17:4 leemos “Y la mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, y estaba adornada con oro y piedra preciosa y perlas,”

El color púrpura era un simbolo; Un simbolo que significaba la realeza. (Ester 1:5-6; Ester 8:15; Daniel 5:7) Y claro esta, las perlas y el oro y las piedras preciosas significaban las riquezas.

Y cuando meditamos en el dinero del papa benedicto XVI nos sorprende al ver la similitud.
Ejemplo de eso es la "Pietà de Michelangelo" y sus muchas pinturas de Miguel Ángel. Tambien con el vestido del papa actual, tendria uno bastante para vivir un par de tiempo, pues su vestido es de lino fino y oro y escarlata.

Ademas en cuanto a realeza, si meditamos tambien en las monedas de la europa, sabemos que del Vaticano sale una moneda. Lo que muestra que se mezcla en politica y que se mezcla con el dinero del mundo muy alejado de Dios.

Tambien en cuanto a la mujer de Apocalipsis se dice que tiene culpa de sangre.
Si, ella a derramado sangre de santos y de testigos. (Revelación 17:6)

En cuanto a ese derramamiento de sangre, en Wikipedia se dice acerca del papa Pío XII :
"En 1953 firmó con el general Franco un concordato que daba base jurídica al llamado "nacional-catolicismo" español: con notables ventajas para la Iglesia a cambio de la legitimación de aquel sistema."

El 20 de julio de 1933 el Vaticano desplegó su interés en el poder en ascenso del nazismo cuando el cardenal Pacelli (quien después llegó a ser el papa Pío XII) firmó en Roma un concordato entre el Vaticano y la Alemania nazi.
Von Papen firmó el documento como representante de Hitler, y Pacelli confirió allí a Von Papen la elevada condecoración papal de la Gran Cruz de la Orden de Pío.
En su libro Satan in Top Hat (Satanás en sombrero de copa), Tibor Koeves escribe sobre esto: “El concordato fue una gran victoria para Hitler.
Le dio el primer apoyo moral que había recibido del mundo, y de la fuente más ensalzada”. El concordato requería que el Vaticano dejara de apoyar al Partido Central Católico alemán, y así aprobaba el “estado totalitario” de un solo partido de Hitler. Además, su artículo 14 declaró: “El nombramiento de arzobispos, obispos y otros por el estilo se emitirá solo después que el gobernador, instalado por el Reich, se haya asegurado debidamente de que no existen dudas respecto a puntos políticos generales”. Para fines de 1933 (proclamado “Año Santo” por el papa Pío XI), el apoyo del Vaticano se había convertido en un factor importante en el empuje de Hitler hacia la dominación mundial.

Aunque unos cuantos sacerdotes y algunas monjas protestaron contra las atrocidades de Hitler —y sufrieron por ello—, el Vaticano y la Iglesia Católica y su ejército de clérigos dieron apoyo activo o tácito a la tiranía nazi, que para ellos era un baluarte contra el avance del comunismo mundial.
Cómodo en el Vaticano, el papa Pío XII dejó que la tremenda matanza de judíos y las crueles persecuciones lanzadas contra los testigos de Jehová y otros siguieran adelante sin crítica de su parte.
Es irónico que el papa Juan Pablo II, al visitar a Alemania en mayo de 1987, glorificara la postura antinazi de un sacerdote sincero.
¿Qué hacían los otros miles de miembros del clero alemán durante el reinado de terror de Hitler?
Una carta pastoral emitida por los obispos católicos alemanes en septiembre de 1939, al principio de la II Guerra Mundial, nos ilumina sobre este punto.
Dice, en parte: “En esta hora decisiva exhortamos a nuestros soldados católicos a cumplir su deber en obediencia al Caudillo y estar dispuestos a sacrificar su entera individualidad. Hacemos un llamado a los Fieles para que se unan en fervientes oraciones para que la Divina Providencia conduzca esta guerra al éxito bendito”.

Para mas informacion, vean en : http://hermanogitano.centerblog.net/rub-Desenmascarando-a-las-religiones-falsas.html

¿Se interesa Dios por nosotros?

Posté le 13.04.2008 par hermanogitano
[Dios] se interesa por ustedes (1 Ped. 5:7)

¿De veras se interesa Dios en lo que nos sucede?
La animadora respuesta es que sí. Una prueba de ello es que en su Palabra inspirada nos dice por qué ha permitido que la humanidad tome un mal camino.
Sus razones tienen que ver con dos cuestiones fundamentales: su soberanía y la lealtad de los seres humanos.
Puesto que él es el Creador todopoderoso, no está obligado a decirnos por qué permite el sufrimiento.
Aun así, lo hace porque nos quiere.
En los días de Noé, cuando la Tierra se llenó de maldad, Dios “se sintió herido en el corazón” (Gén. 6:5, 6).
Pues bien, ¿se sentirá de igual manera en nuestros tiempos?
Claro que sí, ya que él no cambia (Mal. 3:6).
Jehová sigue odiando toda clase de injusticia y compadeciéndose de la gente cuando la ve sufrir.
De hecho, la Biblia enseña que pronto reparará todo el daño que han provocado el gobierno del hombre y la influencia del Diablo.
Los líderes religiosos dan una idea equivocada de cómo es Dios cuando dicen que las tragedias que sufrimos suceden por voluntad divina.
Pero la realidad es muy distinta: Jehová anhela acabar con el sufrimiento humano.

La oración nos acerca a Dios

Posté le 11.04.2008 par hermanogitano
EN COMPARACIÓN con el inmenso universo, nuestro planeta es muy pequeño. De hecho, para Jehová, “el Hacedor del cielo y de la tierra”, las naciones son como una diminuta gota de agua de un balde (Salmo 115:15; Isaías 40:15). Sin embargo, la Biblia dice que “Jehová está cerca de todos los que lo invocan, de todos los que lo invocan en apego a la verdad”, y que él cumplirá “el deseo de los que le temen, y oirá su clamor por ayuda” (Salmo 145:18, 19). Piense en el significado de estas palabras. El Creador todopoderoso está cerca de nosotros y nos oirá si “lo invoca[mos] en apego a la verdad”, es decir, con fidelidad. ¡Qué privilegio tenemos de poder orarle!

No obstante, si queremos que Jehová escuche nuestras oraciones, debemos orarle de la manera que él aprueba. Pero ¿cómo vamos a hacerlo si no sabemos lo que enseña la Biblia sobre la oración? Es vital que lo sepamos, pues la oración nos acerca a Jehová.

Una razón importante por la que debemos orar a Jehová es que él nos invita a hacerlo. Su Palabra dice: “No se inquieten por cosa alguna, sino que en todo, por oración y ruego junto con acción de gracias, dense a conocer sus peticiones a Dios; y la paz de Dios que supera a todo pensamiento guardará sus corazones y sus facultades mentales mediante Cristo Jesús” (Filipenses 4:6, 7). Seguramente, no queremos rechazar una invitación tan bondadosa del Gobernante Supremo del universo.

Otra razón por la que debemos orar es que cuando lo hacemos con frecuencia, se estrecha nuestra relación con Jehová. Los buenos amigos no se comunican solo cuando necesitan algo, sino en cualquier momento, porque se interesan el uno en el otro. Su amistad se va fortaleciendo a medida que se expresan con toda libertad sus pensamientos, preocupaciones y sentimientos. En cierto sentido, algo parecido ocurre con nuestra relación con Jehová. Gracias a este libro, usted ha aprendido mucho sobre lo que la Biblia enseña acerca de Jehová, su personalidad y su propósito. Ha llegado a ver a Dios como una persona real. Pues bien, la oración le permite expresar a su Padre celestial sus pensamientos y sentimientos más íntimos. Y de esa forma se acercará más a él (Santiago 4:8).

¿Escucha Jehová todas las oraciones? Fíjese en lo que les dijo a los israelitas rebeldes que vivían en el tiempo del profeta Isaías: “Aunque hagan muchas oraciones, no escucho; sus mismas manos se han llenado de derramamiento de sangre” (Isaías 1:15). Así que si nos comportamos de una manera que Dios no aprueba, él no escuchará nuestras oraciones. Por tanto, para que sí las escuche, debemos cumplir algunas condiciones básicas.

Una condición esencial es tener fe (Marcos 11:24). El apóstol Pablo escribió: “Sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan” (Hebreos 11:6, Nueva Versión Internacional). Sin embargo, para tener fe verdadera no basta con saber que Dios existe y que escucha y responde las oraciones. La fe se demuestra con acciones. En nuestro modo de vida debe notarse claramente que tenemos fe (Santiago 2:26).

Otra condición que pone Jehová es que la oración se haga con humildad y sinceridad. ¿Y no es verdad que tenemos muchas razones para ser humildes al hablar con Dios? Cuando la gente tiene la oportunidad de conversar con un rey o un presidente, suele hacerlo con respeto, pues reconoce la elevada posición que ocupa esa persona. Sin duda, Jehová merece que nos dirijamos a él con mucho más respeto (Salmo 138:6). Al fin y al cabo, es el “Dios Todopoderoso” (Génesis 17:1). Nuestra forma de hablarle debe indicar que reconocemos humildemente que somos muy inferiores a él. Dicha humildad también nos impulsará a orarle con toda sinceridad y a no hacerlo mecánicamente ni repetir siempre lo mismo (Mateo 6:7, 8).

Otra condición para que Dios nos escuche es que hagamos todo lo posible por actuar de acuerdo con nuestras oraciones. Por ejemplo, si le pedimos a Jehová “nuestro pan para este día”, debemos trabajar duro en cualquier empleo que hallemos, siempre y cuando podamos realizarlo (Mateo 6:11; 2 Tesalonicenses 3:10). Igualmente, si le rogamos que nos ayude a vencer una debilidad, tenemos que evitar situaciones que pudieran someternos a una tentación (Colosenses 3:5). Pero además de conocer estas condiciones básicas para orar a Dios, necesitamos saber la respuesta a algunas preguntas sobre la oración.

¿A quién debemos orar?
Jesús enseñó a sus discípulos a orar así: “Padre nuestro que estás en los cielos” (Mateo 6:9). Por lo tanto, debemos dirigir nuestras oraciones únicamente a Jehová Dios. Sin embargo, él quiere que reconozcamos la posición que ocupa su Hijo unigénito, Jesucristo. Como vimos en el capítulo 5, Jehová envió a Jesús a la Tierra para que fuera el rescate que nos liberara del pecado y la muerte (Juan 3:16; Romanos 5:12). Además, lo nombró Sumo Sacerdote y Juez (Juan 5:22; Hebreos 6:20). Por eso, las Escrituras nos dicen que oremos mediante Jesús. Él mismo dijo: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Para que nuestras oraciones sean escuchadas, deben ir dirigidas únicamente a Jehová por medio de su Hijo.

¿Hay que adoptar una postura especial?
No. Jehová no nos pide que pongamos de cierta manera las manos o el cuerpo entero. La Biblia enseña que hay varias posturas adecuadas para orar. Por ejemplo, la persona puede estar sentada, inclinada, arrodillada o de pie (1 Crónicas 17:16; Nehemías 8:6; Daniel 6:10; Marcos 11:25). Lo que de verdad importa no es adoptar una postura para que nos vean, sino tener la debida actitud. De hecho, podemos orar en silencio y en cualquier lugar, tanto si estamos realizando nuestras labores habituales como si surge una emergencia. Puede que nadie se dé cuenta de que estamos orando, pero Jehová sí nos escucha (Nehemías 2:1-6).

¿Qué asuntos podemos mencionar en nuestras oraciones?
La Biblia responde: “No importa [...] lo que pidamos”, siempre que sea “conforme a su voluntad, [Jehová] nos oye” (1 Juan 5:14). Así que podemos incluir cualquier asunto que esté de acuerdo con la voluntad de Dios. Por ejemplo, ¿desea él que le contemos nuestras preocupaciones? ¡Claro que sí! Orar a Jehová es como hablar con un amigo íntimo. Podemos ‘derramarle nuestro corazón’, es decir, expresarle con toda confianza lo que sentimos (Salmo 62:8). También es apropiado pedirle que nos ayude con su espíritu santo a hacer lo que está bien (Lucas 11:13). Además, le rogamos que nos guíe para tomar buenas decisiones y que nos dé fuerzas para aguantar las dificultades (Santiago 1:5). Cuando pecamos, debemos suplicarle que nos perdone, teniendo en cuenta nuestra fe en el sacrificio de Cristo (Efesios 1:3, 7). Pero no oremos solo por nosotros, sino también por otras personas, como nuestros familiares o hermanos cristianos (Hechos 12:5; Colosenses 4:12).

En nuestras oraciones debemos dar la máxima importancia a las cuestiones relacionadas con Jehová Dios. Tenemos razones de sobra para alabarlo y darle gracias de todo corazón por su gran bondad (1 Crónicas 29:10-13). En Mateo 6:9-13 encontramos la oración que Jesús dio como modelo. En ella se nos enseña a pedir que se santifique el nombre de Dios, es decir, que se trate como algo santo o sagrado. A continuación se pide que venga el Reino de Dios y que se haga la voluntad divina en la Tierra como se hace en el cielo. Notemos que Jesús incluye los asuntos personales después de mencionar estas cuestiones importantes relacionadas con Jehová. Si nosotros también dejamos que Dios ocupe el lugar más importante en nuestras oraciones, demostraremos que no estamos interesados solo en nuestro bienestar.

¿Cuánto deben durar nuestras oraciones?
La Biblia no pone límites a la duración de las oraciones, sean privadas o públicas. Pueden ser cortas, como las que hacemos antes de comer, o largas, como cuando le abrimos el corazón a Jehová en privado (1 Samuel 1:12, 15). No obstante, Jesús condenó a los santurrones que hacían oraciones interminables para llamar la atención (Lucas 20:46, 47). Eso no impresiona a Jehová. Lo importante es orar con sinceridad. Por lo tanto, la duración de las oraciones dependerá de las necesidades y las circunstancias.

¿Con qué frecuencia debemos orar?
La Biblia nos dice: “Oren de continuo”, “perseveren en la oración” y “oren incesantemente” (Mateo 26:41; Romanos 12:12; 1 Tesalonicenses 5:17). Eso no quiere decir que vamos a pasar las veinticuatro horas orando. Significa, más bien, que todos los días debemos ofrecer oraciones a Jehová para darle gracias por su bondad y para pedirle que nos guíe, consuele y dé fuerzas. ¡Qué bendición! Jehová nos permite orarle todas las veces que queramos y por tanto tiempo como deseemos. Si valoramos el privilegio de hablar con nuestro Padre celestial, encontraremos muchas ocasiones para hacerlo.

¿Por qué deberíamos terminar diciendo “amén”?
Esa palabra significa “así sea”, “ciertamente”. Hay ejemplos bíblicos que muestran que es conveniente finalizar las oraciones personales y públicas diciendo “amén” (1 Crónicas 16:36; Salmo 41:13). Cuando decimos “amén” en privado, confirmamos que nuestras palabras han sido sinceras. Cuando lo decimos en público (sea en silencio o en voz alta), manifestamos que estamos de acuerdo con lo que se ha expresado (1 Corintios 14:16).

¿De verdad responde Jehová nuestras oraciones? ¡Por supuesto que sí! Tenemos buenas razones para confiar en que el “Oidor de la oración” contesta las oraciones sinceras que le hacemos millones de personas (Salmo 65:2). Y su respuesta puede llegarnos de varias maneras.

Por ejemplo, para contestar las oraciones, Jehová utiliza a sus ángeles y a los seres humanos que le sirven (Hebreos 1:13, 14). Muchas personas que han orado pidiendo ayuda para entender la Biblia han recibido poco después la visita de un siervo de Jehová. Tales experiencias indican que los ángeles dirigen la predicación del Reino (Revelación [Apocalipsis] 14:6). Por otra parte, cuando nos encontramos en un momento de necesidad, Jehová puede contestar nuestras oraciones impulsando a un cristiano a que nos ayude (Proverbios 12:25; Santiago 2:16).

Jehová Dios también responde las oraciones de sus siervos mediante su espíritu santo y su Palabra, la Biblia. Cuando le pedimos ayuda para superar algún problema, él puede guiarnos y fortalecernos con su espíritu santo (2 Corintios 4:7). Y cuando le oramos para tomar buenas decisiones, muchas veces nos contesta mediante las Santas Escrituras. Tal vez encontremos versículos útiles durante nuestro estudio personal de la Biblia o al leer publicaciones cristianas, como este libro. Además, es posible que se nos recuerden los principios bíblicos que debemos tener en cuenta. Esto pudiera ocurrir, por ejemplo, cuando asistimos a una reunión cristiana o cuando nos aconseja un anciano de la congregación que se preocupa por nosotros (Gálatas 6:1).

A veces pudiera parecernos que Jehová tarda en contestar nuestras súplicas, pero eso no quiere decir que no pueda responderlas. Recordemos que Jehová nos contestará de la manera y en el momento que él crea convenientes. Él conoce bien nuestras necesidades y sabe cómo satisfacerlas mejor que nosotros mismos. Muchas veces deja que sigamos “pidiendo”, “buscando” y “tocando” (Lucas 11:5-10). Si así lo hacemos, le demostraremos que nuestro deseo es intenso y nuestra fe es auténtica. Además, tal vez Jehová nos conteste de una forma que no resulte evidente para nosotros. Por ejemplo, si le oramos porque se nos ha presentado cierta dificultad, es posible que en vez de eliminarla, nos dé las fuerzas para aguantarla (Filipenses 4:13).

Estamos muy agradecidos al Creador del inmenso universo, pues está cerca de todos los que lo invocamos orándole como él desea (Salmo 145:18). Aprovechemos bien el gran privilegio de la oración. Si lo hacemos, tendremos la satisfacción de saber que podremos acercarnos cada vez más a Jehová, el Oidor de la oración.

Yo fui un pastor evangélico

Posté le 10.04.2008 par hermanogitano
HA HABIDO cambios muy pronunciados en la escena religiosa de Colombia durante los últimos años. Claro, la vasta mayoría de mis paisanos todavía profesan la fe católica romana. Sin embargo, pocos pueden llamarse católicos ardientes. De hecho, en las últimas décadas se ha visto a cada vez más de ellos pasarse a otras religiones, incluso la clase evangélica, es decir, los grupos protestantes fundamentalistas que enfatizan la salvación personal en su predicación.

Por los primeros dieciocho años de mi vida, yo era un fervoroso católico romano. Iba a misa diariamente, me confesaba y comulgaba dos o tres veces a la semana, y participaba en las cruzadas de la Iglesia, como la Cruzada del Sagrado Corazón de Jesús. En mi ciudad natal de Armenia, Quindío, nuestra familia se hizo muy amiga de los curas.

Cerca del año 1945, una pareja evangélica anciana llegó a nuestra casa buscando dónde pasar la noche. Tenían consigo un ejemplar de la Biblia, el primero que jamás habíamos visto. Tanto se interesó mi madre en ella que se quedó hablando de ella con los visitantes hasta casi el amanecer. Pronto se dio cuenta de que lo que su iglesia enseñaba no estaba en completa armonía con la Palabra de Dios. Mi madre se hizo evangélica. En breve, mi padre y los demás de la casa estábamos investigando la Biblia junto con ella.

Poco nos dábamos cuenta de lo que le esperaba a alguien que, viviendo en una comunidad católica romana, dejara la Iglesia. Antiguos amigos se hicieron enemigos intolerantes. Cuando mi hermanito chiquito murió, el cura nos rehusó permiso para enterrarlo en el cementerio de la Iglesia. Como no había otro, no tuvimos ningún otro recurso sino enterrarlo en el patio de la casa.

Un año más tarde, cuando murió mi madre, pasamos por otra experiencia semejante. “Por estudiar la Biblia,” dijo el cura desde el púlpito, “esa mujer no merece ser enterrada en campo santo. Cualquier cafetal servirá.” Esa manera de tratar no me encariñó con la Iglesia de mi juventud. Rehusado el permiso para enterrarla en el cementerio, mi padre, en desespero, habló con el sepulturero. Él consintió en abrir el cementerio a las tres de la mañana. De modo que, a esa hora de la madrugada, a escondidas del cura, mi madre fue sepultada.

La última vez que entré en una iglesia católica fue en 1948. Mientras visitaba a algunos parientes en Santa Rosa de Cabal, asistí a una misa en la cual el cura sermoneaba contra cierto periódico que había publicado algo ofensivo a la Iglesia. En su denunciación, el cura dijo que cualquiera que comprara ese periódico se quemaría en los fuegos del infierno al igual que si fuera del partido Liberal. Bueno, ese comentario en cuanto a los Liberales no me cayó bien, puesto que en ese entonces yo era un Liberal católico.

Fue en ese mismo año que la violencia política estalló por toda Colombia, encendida por el asesinato en Bogotá de un popular líder del partido Liberal, Jorge Eliécer Gaitán. Durante años la nación estuvo al borde de la guerra civil. Todo ese derramamiento de sangre entre los Conservadores católicos apoyados por el clero y los Liberales católicos me dejó algo confuso y desilusionado con la Iglesia.

Un tío mío servía como policía cuando la violencia llegó a su apogeo. Preocupado por tanta matanza entre llamados católicos, le preguntó a un cura de la ciudad de Armenia si él no creía que eso era algo muy pecaminoso. El cura respondió asegurándole que, si a mi tío le daba miedo usar sus armas de fuego, entonces él las bendeciría para que no hubiera peligro. Le recordó lo que Pedro hizo al tratar de defender al Cristo, como desenvainó su espada y cortó la oreja del esclavo del sumo sacerdote, Malco. (Juan 18:10, 11) De la misma manera, agregó el cura, la Iglesia tenía que defender la fe católica romana aunque significara destruir a los enemigos en el mismo vientre de su madre. Eso me alejó aún más de la Iglesia Católica.

De modo que seguí investigando la Biblia con los evangélicos y en 1949 fui bautizado por ellos. El año siguiente fui ordenado en Pereira como pastor y asignado a mi ciudad natal de Armenia.

El grupo evangélico con el cual primero me asocié fue fundado por un americano. Al volver él a los Estados Unidos cerca del año 1930, no solo vendió el edificio religioso sino también el movimiento religioso. Un par de miembros consideraron inmoral el haber vendido la congregación como si fuera compuesta de animales irracionales. Por eso formaron un movimiento independiente, al cual llamaron “Iglesia Fundamental Apostólica Colombiana.” Uno de los estatutos sobre el cual se fundó fue que sus ministros no recibieran salario. Tenían en mente lo que Jesús dijo sobre ‘el asalariado a quien no le importan las ovejas.’—Juan 10:11-15.

Unos treinta años más tarde, el fundador del movimiento original volvió a Colombia. Tan impresionado quedó él con el progreso del grupo desprendido, que pidió que le hicieran asociado. Ostensiblemente, concordó con los estatutos. Pero, dentro de un año, más o menos, algunos de nosotros nos dimos cuenta de que muchos de los otros pastores ya no tenían empleo seglar. Descubrimos que el americano estaba clandestinamente pagándoles. Afrontado con su violación de los estatutos, sugirió que votáramos sobre el asunto. La mayoría de los pastores estaban más que contentos de quedarse con el americano.

El hecho de que la mayoría de mis colegas predicaban por salario, me desanimó. Yo había adquirido el conocimiento de que la Palabra Divina no debería predicarse por un salario. (Mat. 10:8) Además, como experto en dactiloscopia y contabilista, yo había rehusado muy buenas ofertas de empleo para hacerme pastor. También me descorazonaba el observar la contención y la competición entre los pastores, y me inquietaba el enterarme de las diferencias que dividen a los evangélicos en tantas sectas.

Entonces, por razones económicas, me mudé a Bogotá en 1954, y no reanudé mi servicio de pastor sino hasta después de partir de la ciudad en 1960. Sin embargo, durante este tiempo continué estudiando la Biblia y comparando sus enseñanzas con las de las diferentes sectas. Al llegar a estar desencantado con una, me pasaba a otra.

Primero asistí a los cultos de un grupo pentecostal. Para sorpresa mía, oficiaba una mujer. Yo entendía que, bíblicamente, la mujer no debe ejercer autoridad sobre el hombre. (1 Tim. 2:11, 12) Cuando pregunté sobre el punto, me informaron que el pastor anterior había abandonado a la congregación porque ésta no había podido satisfacer sus demandas tocantes a salario. Me ofrecieron la oportunidad de servir de pastor. De modo que una noche me reuní con los encargados para comparar sus enseñanzas con mis creencias.

Entre otras cosas, ellos decían haber recibido el don de curación de modo que no necesitaban médicos ni medicina. Solo tenían que orar, decían, y serían sanados de cualquier dolencia. Luego, sobre el tema de la Cena del Señor, les pregunté por qué la celebraban usando copas individuales. Ellos reconocían que, cuando Jesús estuvo en la Tierra, los participantes sí compartieron una copa común. No obstante, en aquel tiempo no existía tanto peligro como hoy de contraerse una enfermedad contagiosa. Les pregunté dónde estaba su fe en su llamado poder de curación si tenían tanto miedo de infectarse del uso de una copa común en imitación del Señor. Eso puso fin abrupto a nuestra reunión a las tres de la mañana.

Unos dos días más tarde visité la iglesia, pero la señora que presidía no estaba allí. Esa mañana había enfermado y la llevaron al hospital. Para mí, eso era la confirmación de que ellos no tenían el don de curación.

Después de eso, me asocié con otra organización religiosa con tendencias pentecostales. En una campaña de despertamiento religioso celebrada en la Feria de Bogotá, se programó una exhibición del don de curación para el último día. Cediendo ante la insistencia de un amigo y a mi propia curiosidad, fui.

Un viejito ciego fue conducido a la plataforma y se puso de rodillas. Tanto hombres como mujeres empezaron a orar sobre él, pidiendo que el espíritu de ceguedad le fuera quitado y la vista le fuera restaurada. Después de un rato, le preguntaron al ciego si ya podía ver. Él movió la cabeza de lado a lado y dijo que no.

Se le había pedido al auditorio que se pusiera de pie y participara en orar. Siendo yo un poco incrédulo, me había quedado sentado. Habiendo observado esto, dijeron que yo era el culpable. Debido a mi falta de fe, ellos no habían podido ejecutar el milagro. Después de instarme a participar, de nuevo oraron sobre el ciego. Pero de nuevo rehusé colaborar. Al preguntarle al ciego si ya podía ver, otra vez la respuesta fue negativa. Otra vez atribuyeron el fracaso a ese “incrédulo” que había entrado en medio de ellos.

Luego, cuando se me acercaron los ministros encargados, les señalé que la fe de los incrédulos no fue un requisito previo a que Jesús tuviera éxito en efectuar milagros. (Mat. 8:16; Juan 9:1-7, 35-39) Al contrario, a menudo los había efectuado a fin de convencer a los incrédulos de que él verdaderamente había sido enviado de Dios. (Juan 10:37, 38, 42; 11:4245) Así pues, si ellos realmente curaban por el poder de Dios, ¡que vencieran mi incredulidad por medio de efectuar el milagro!

Ahora tengo que decirles de otra faceta de mi vida. Tiene que ver con mis relaciones con los testigos de Jehová a través de los años.

Todo empezó en 1952. Al visitar la casa de mi novia, vi un libro que su padre había obtenido. Se intitulaba “‘Esto significa vida eterna.’” Sabiendo que yo tenía interés en cualquier cosa relacionada con la Biblia, él me lo obsequió. Un pastor compañero me informó que el libro era de los “russellistas,” un nombre que usó con referencia a los testigos de Jehová. Aunque contenía cosas buenas, era peligroso, me dijo, porque también contenía error. Yo tenía curiosidad de saber qué error contenía. Mientras más investigaba, más llegué a conocer acerca de los testigos de Jehová.

Al tiempo de mi ordenación como pastor, un amigo que se llamaba Fabio Rodas también fue ordenado. Poco después, sin embargo, Fabio se hizo testigo de Jehová. La próxima vez que me encontré con él, él gustosamente aclaró algunas dudas que yo tenía en cuanto al libro que había recibido. Desde entonces en adelante, cada vez que nos encontrábamos, él me proveía otras publicaciones de los Testigos.

Debido a la amable insistencia de Fabio, con el tiempo condescendí a que los Testigos estudiaran la Biblia conmigo. Pero tercamente rehusaba repudiar mi creencia en la Trinidad, ese “misterio” que alega que Dios no es uno, sino tres un uno. La convicción mía se basó casi enteramente en un solo versículo de la Biblia, 1 Juan 5:7. Los Testigos invariablemente me señalaban que parte de este versículo era espurio, una añadidura no inspirada hecha posteriormente a las Santas Escrituras. Pero a mi parecer, eso solo era un argumento débil empleado engañosamente por ellos.

Pero entonces, en 1956, en Bogotá, tuve uno de esos encuentros de casualidad con Fabio. Acepté su invitación de acompañarlo al Salón del Reino de los Testigos de Jehová. Allí conocí a la familia Rivera y se hicieron arreglos para que estudiaran conmigo. Les presenté la objeción de la Trinidad. Con calma, uno de ellos sacó una Biblia católica, la Nácar-Colunga, y abriéndola en 1 Juan 5:7 me pidió que leyera el comentario correspondiente al pie de la página. Leí: “Este versículo, que en la Vulgata dice: ‘Tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y los tres son uno,’ falta en los códices antiguos, así griegos como latinos, etc., y es desconocido de los Padres. Parece tener origen español y haber ido poco a poco saliendo por vía de exégesis [interpretación] del versículo precedente. Sólo en el siglo XIII adquirió la forma que hoy tiene en la Vulgata.”

Al leer eso, pude ver que los testigos de Jehová tenían razón al decir que parte de ese versículo no tenía derecho a lugar alguno en las Escrituras inspiradas. Y quedé atónito al aprender que los evangélicos participaban en el mismo engaño que los católicos romanos al usar el texto para apoyar su concepto de la Trinidad.

De allí en adelante yo tuve más confianza en los Testigos. Cuando volví a servir de pastor, sus enseñanzas influían en el contenido de mis sermones. Como fuente de material para sermones, aun pegué en mi Biblia el “Resumen bíblico, sin comentarios, de las doctrinas fundamentales,” publicado por los Testigos en la parte trasera de su libro “Equipado para toda buena obra.”

No obstante, rehusaba cortar mis vínculos con los evangélicos. ¿Por qué? Sobre todo, no quería desagradar a mi familia, pues todos eran evangélicos y varios de ellos pastores, incluso mi padre. También abrigaba ciertos prejuicios infundados contra los Testigos. Quizás, también, buscaba una salida, un escape de una responsabilidad que se hacía más evidente mientras más estudiaba con los testigos de Jehová.

Una vez que vi la importancia del nombre del Dios verdadero, Jehová, lo usaba constantemente en mi predicación. Como resultado, mis superiores deseaban saber hasta qué grado habían influido en mí los testigos de Jehová. Tuve que comparecer ante el consistorio. Para reafirmar su confianza en mí, pidieron que pronunciara un sermón exponiendo los errores de los testigos de Jehová. Puesto que eso hubiera requerido que contradijera mis propias creencias, respondí: “Jamás daré tal sermón. Si lo que he estado enseñando de la Biblia armoniza con las enseñanzas de los testigos de Jehová, entonces irremediablemente tendré que hacerme uno de ellos. ‘Escójanse a quién quieren servir, pero en cuanto a mí y a mi casa, nosotros serviremos a Jehová.’”—Jos. 24:15.

Para cortar todo vínculo con la organización evangélica, trasladé a mi familia de Pereira a Cali. Eso fue a fines del año 1967. Un domingo, temprano por la tarde, me dirigí al centro de la ciudad preguntándome cómo pudiera localizar a los Testigos. Entonces, viajando en el autobús, vi un ejemplar de La Atalaya en el bolsillo trasero de un señor. Decidí seguirlo. Me condujo directamente al Salón del Reino. Después de las reuniones de esa tarde, se hicieron arreglos para que yo volviera a estudiar.

Anteriormente, yo había estudiado con los Testigos hasta el punto del bautismo. Pero ellos habían rehusado reconocer como válido mi bautismo evangélico, aunque, como razonaba yo, se me había sumergido o bautizado ‘en el nombre del Padre, Hijo y espíritu santo.’ (Mat. 28:19) Al llegar al asunto esta vez, le pregunté al que lo consideraba conmigo, José Patrocinio Hernández: “Pero, ¿por qué debo yo bautizarme de nuevo?” Me preguntó sencillamente: “¿Conocía usted el nombre del Padre cuando se bautizó?” Puesto que no lo conocía, era obvio que no había sido bautizado ‘en Su nombre.’

Luego, en conexión con ser bautizado ‘en el nombre del espíritu santo,’ me preguntó: “¿Daba evidencia de tener el espíritu de Dios por medio de conservar la paz y la unidad la organización que lo bautizó?” (Efe. 4:3) Entonces recordé que el mismo pastor evangélico que me bautizó, Ángel de Jesús Vélez, solo dos semanas después había formado una nueva secta disidente. Puesto que las “altercaciones, divisiones, sectas” no son “el fruto del espíritu” sino “obras de la carne,” era muy claro que no tenían el espíritu de Dios.—Gál. 5:19-23.

Así fue que, por fin, el 10 de mayo de 1969, en compañía de mis dos hijos mayores, me sometí al bautismo cristiano en símbolo de mi dedicación a Dios. Mi esposa y mis dos hijos menores lo hicieron más tarde.

En retrospecto, aprecio los sentimientos del apóstol Pablo cuando dijo: “En un tiempo ustedes eran oscuridad, mas ahora son luz con relación al Señor. Sigan andando como hijos de luz, porque el fruto de la luz consiste en . . . verdad.” (Efe. 5:8, 9) Al recordar mis experiencias como parte de los sistemas religiosos de la cristiandad quedo impresionado con lo grande que fue esa oscuridad. Ahora, como hijo de luz, qué agradecido estoy de servir como pastor ordenado por Dios y de producir el fruto de la luz, a saber, la verdad.

Escapé del engaño religioso

Posté le 10.04.2008 par hermanogitano
TODAVÍA recuerdo el primer “milagro” que presencié. Tenía seis años y medio. Mi madre y yo estábamos en una casa donde se celebraba una reunión pentecostal. El predicador estaba cantando, y entonces recibió el espíritu, como les sucede a los pentecostales cuando cantan. Era invierno, y había una gran estufa redonda en el interior de la habitación. Vi como, mientras continuaba cantando y profiriendo pequeños gritos, sacó de la estufa un pedazo grande de carbón al rojo vivo. Lo alzó con ambas manos y lo llevó por la habitación, a la vez que emitía pequeños gritos de triunfo mientras seguía cantando. Durante todo ese tiempo, los demás cantaban, gritaban y bailaban en derredor suyo. Después de la reunión, todo el mundo le miró las manos para ver si se habían quemado. ¡No tenía ni una sola marca!

Esta fue solo una de las señales de esta iglesia pentecostal de Kentucky a la que iba mi madre. Ellos creían en el capítulo 16 de Marcos, a partir del versículo 17, donde se hace mención de hablar en lenguas, sanar enfermos, tomar serpientes con las manos y beber veneno. (Estos versículos son espurios, es decir, no figuran en los manuscritos más antiguos de la Biblia.) No todas las iglesias pentecostales creen en estas cosas. Pero cuando uno ve que suceden, eso hace que sienta que, bueno, Dios tiene que estar en una Iglesia que puede ejecutar señales como estas.

Entonces nos mudamos a Indiana. Me bauticé en 1953, a la edad de doce años. Aprendí a tocar la guitarra y acompañaba a los grupos que cantaban en las reuniones. Creía que eso era parte de mi servicio a Dios, ya que los pentecostales reciben el espíritu al cantar estas canciones. Cuando yo recibía el espíritu y hablaba en lenguas, no sabía lo que estaba diciendo, pero me sentía bien.

Nunca tomé serpientes con las manos, pero recuerdo lo que sucedió un fin de semana que estaba visitando la iglesia de Kentucky a la que iba antes. Un predicador que nos visitaba recibió el espíritu y sacó una gran serpiente de cascabel de una caja que había llevado consigo. Se la enrolló alrededor de la mano y comenzó a gritar. Yo estaba en la plataforma que había detrás de él, con los cantantes, y recuerdo que vi que le empezaba a salir sangre de entre los dedos. Entonces, el predicador al que años atrás había visto tomar con las manos carbón al rojo vivo también recibió el espíritu, se acercó, tomó la serpiente de la mano del otro predicador y la volvió a poner en la caja. Pero el hombre que había sido mordido ni siquiera enfermó. Sin embargo, recuerdo que tres personas que conocí personalmente murieron al ser mordidas por serpientes. Mi suegro fue una de ellas.

A los diecinueve años me casé con un joven que se suponía que “era” salvo. Pero no era un pentecostal muy devoto. Le vi tomar serpientes con las manos una vez, aunque su espíritu no correspondía con el mío. Era buen pentecostal por un tiempo, pero luego lo dejaba y empezaba a fumar y a hacer otras cosas con las que no estábamos de acuerdo. Sin embargo, este asunto de los espíritus era algo que me preocupaba. Cuando los pentecostales recibían el espíritu, los espíritus no eran siempre iguales. Algunos eran más fuertes, otros no eran compatibles, incluso los había que se enfrentaban entre sí.

Nunca pude entender eso. Me preguntaba por qué había tantos diferentes espíritus. Recuerdo que durante todo el tiempo que fui pentecostal, oraba: “Dios, esta es la única religión que conozco que puede ser verdadera. Pero si no te estoy sirviendo de la manera que a ti te agrada, quiero saberlo. Si esta no es la religión verdadera, por favor, muéstrame cuál lo es”. Así oré muchas veces.

Fue durante este primer matrimonio cuando vi por primera vez las revistas La Atalaya y ¡Despertad! Nos habíamos mudado a Cincinnati en 1962, y los testigos de Jehová vinieron a nuestra puerta. A mi marido le gustaba hablar con ellos, pero yo nunca lo hacía. Me quedaba en la cocina cuando venían. Mi esposo se suscribió a las revistas, pero nunca las leía. Sin embargo, yo sí. Pensaba que no las debía leer, y me sentía culpable cuando lo hacía. Pero no podía tener nada en casa sin leerlo. ¡Incluso llegué a tirarlas a la basura e ir más tarde a recogerlas para leerlas!

En La Atalaya y ¡Despertad! aprendí que la Tierra existirá siempre y será convertida en un paraíso terrestre habitado por personas justas. Era la cosa más maravillosa que había oído jamás. Me causó una fuerte impresión, porque los pentecostales no creíamos eso acerca de la Tierra. Recuerdo que cuando leía con respecto a este paraíso en la Tierra que iba a durar para siempre, pensaba: “Esto no es verdad”. Pero me encantaba leerlo. En mi interior se estaba produciendo una guerra. Oré sobre ello. Finalmente, pedí a mi esposo que dejara de aceptar las revistas, y así lo hizo.

Mi esposo comenzó a salir con otras mujeres, y después de siete años de matrimonio, nos divorciamos. Mis dos hijos y yo fuimos a vivir con Olene, una vieja amiga que se había casado con mi tío. Era una excelente cantante, así que íbamos juntas a las reuniones pentecostales y cantábamos en varias iglesias. Ella era también la hija del predicador que había tomado con las manos el carbón al rojo vivo.

Fui “sanada” dos veces. La primera aconteció cuando tuve un aborto que me produjo una fuerte hemorragia. A pesar de ello, fui a la reunión pentecostal. Me encontraba tan débil que temía que tendría que marcharme. Entonces oí a Olene y a su padre comenzar a cantar. Recibieron el espíritu y cada uno tomó al otro por el hombro. Luego vinieron y pusieron sus manos sobre mí. Al instante quedé inconsciente. Cuando me recuperé, ¡me encontraba perfectamente! ¡La hemorragia había cesado!

La segunda vez fue cuando tuve una enfermedad en las encías. Había llevado dientes postizos desde los quince años. Ahora, años más tarde, se me empezó a hinchar la boca por encima de los dientes postizos superiores. Estuve tres meses sin dientes, y solo me alimentaba de líquidos. Comencé a desesperarme y fui al médico. Me miró la boca y dijo: “Usted no me necesita a mí; necesita un cirujano maxilofacial”. Me comunicó el nombre de la enfermedad: papiloma, y me recomendó un dentista.

Pero no llegué a ir. Olene y yo íbamos de camino a la iglesia de Kentucky. Más tarde aquella noche, estaba cantando, y entré profundamente en el espíritu. Olene puso sus manos sobre mí, me desvanecí y caí al suelo. Cuando desperté, escupí unos trozos de lo que parecía ser carne seca y masticada. Cuando volví a casa, ya pude ponerme los dientes postizos. Y desde entonces nunca volví a tener problemas.

Olene leía mucho la Biblia. Poco después de mudarme a su casa, me llamó a la habitación donde ella estaba leyendo. Tenía una pregunta. Me leyó Eclesiastés 1:4: “Una generación se va, y otra generación viene; mas la tierra siempre permanece”. (Versión Valera.) Entonces me dijo: “Quiero que me expliques este texto. Nosotros no creemos esto. Así que, ¿de qué está hablando aquí?”. La pregunta me perturbó.

“Quiero saber —exigió— por qué te perturba tanto este texto. Está en la Biblia, y tenemos que saber qué significa.” Así que le expliqué: “Leí acerca de eso en La Atalaya y ¡Despertad!, y no quería que supieses que había estado leyendo esas revistas de los testigos de Jehová”. Inmediatamente quiso ir a buscar a los Testigos.

“No te molestes —le dije—, si nos quedamos en esta casa suficiente tiempo, vendrán a nuestra puerta. Ellos siempre te encuentran.” Dos semanas más tarde, cuando llegué a casa de trabajar, estaba esperándome en la puerta, con una sonrisa en los labios. “Adivina quién estuvo aquí hoy.” No tenía ni idea. “¡Los testigos de Jehová! He concretado un estudio bíblico para las dos.” Me quedé pasmada. Yo no quería estudiar con ellos. Les tenía miedo.

Pero estudiamos. Nos invitaron a las reuniones. A Olene no le gustaba ir, pero a mí sí. Mi hijo más pequeño tenía tres años para ese tiempo, y fuimos al Salón del Reino. Cuando terminamos de estudiar el libro La verdad, tanto Olene como yo nos dimos cuenta de que la iglesia pentecostal estaba equivocada. Sin embargo, Olene dejó el estudio, así que yo también lo dejé.

Eso ocurrió en 1972. En 1974 recibí una llamada de Olene —ya no vivíamos juntas entonces—. Me preguntó si quería casarme con su padre, el hombre a quien, cuando tenía seis años y medio, había visto tomar con las manos carbón al rojo vivo. Mi matrimonio con mi primer marido había terminado hacía más de siete años, así que me casé con el padre de Olene en enero de 1975.

Él vivía en Kentucky, cerca de la misma iglesia pentecostal a la que iba cuando era niña. Al casarme con él, le dije que nunca volvería con los pentecostales, que si alguna vez me asociaba de nuevo con una religión, sería con los testigos de Jehová. Lo aceptó. Sin embargo, cuando solo llevábamos casados unos pocos meses, quiso que fuera a su reunión pentecostal. Fui una vez, pero tuve que marcharme antes de que terminara. ¡La presencia de los demonios era abrumadora!

Para ese tiempo había aprendido que Satanás, sus demonios y sus ministros humanos podían ejecutar señales y portentos, y que el guerrear cristiano era contra tales fuerzas demoniacas que están en los lugares celestiales. (Éxodo 7:11, 22; 8:7, 18, 19; 2 Corintios 11:13-15; Efesios 6:11, 12.) También había aprendido que los dones milagrosos de la congregación cristiana primitiva tuvieron el propósito de establecerla en sus comienzos, y que más tarde, con la muerte de los apóstoles, tales dones desaparecieron. Con relación al don de hablar en lenguas, por ejemplo, está escrito: “Sea que haya lenguas, cesarán”. El amor, la fe y la esperanza son ahora los principales soportes de la iglesia cristiana madura. (1 Corintios 13:8-13.)

Lo que mi marido estaba tratando de conseguir era que volviese de nuevo con los pentecostales y cantase con él y tocase la guitarra. En vez de eso, volví a asistir al Salón del Reino. Cuando él regresaba de un fin de semana de predicación en iglesias pentecostales, me mostraba su billetera repleta del dinero que había recibido de las colectas. Se reía porque la gente le daba todo ese dinero, y no había hecho nada para merecerlo.

Finalmente, mi hijo más joven empezó a asistir a las reuniones conmigo y llegó a ser testigo de Jehová. Mi esposo se enfadaba mucho si yo llegaba a casa tarde de las reuniones. Una noche llegué hacia las diez y me cerró la puerta de casa, dejándome fuera. Mi hijo y yo tuvimos que pasar la noche en el automóvil. Esto ocurrió varias veces. Él llevaba un revólver en su automóvil, y cuando me encontraba leyendo o estudiando, lo iba a buscar y disparaba cuatro o cinco veces debajo de la silla donde estaba sentada. Si llevaba botellas de refrescos al patio, disparaba contra ellas. No trataba de matarme, sino de enfadarme. Pero yo oraba a Jehová y permanecía en calma, y eso lo enfadaba a él.

Un día me estaba preparando para ir a la reunión, y me preguntó: “¿De verdad vas a hacerte testigo de Jehová? ¿De verdad vas a ir por ahí predicando de puerta en puerta?”. Y yo contesté: “Sí, eso es lo que voy a hacer”. “Bueno —dijo—, te doy dos semanas para que salgas de esta casa.” Así que mi hijo y yo tuvimos que mudarnos a una pequeña casa que no había sido habitada por años. Carecíamos de agua corriente, teníamos muy pocos muebles y nada de dinero.

Pero era maravilloso disfrutar de la libertad de ir a las reuniones sin tener que preocuparme por quedarme fuera de casa o porque se me disparara, y poder servir a Jehová mediante predicar de casa en casa. (Hechos 20:20.) Cuando me encontraba con pentecostales en las puertas, a menudo sentía la presencia de los demonios. Entonces oraba: “Jehová, sé que tú eres más fuerte que los demonios, sé que tienes el poder de ayudarme y necesito tu ayuda. Necesito tu espíritu santo para enfrentarme a esta situación”. Y Él siempre me ayudaba.

Me bauticé en septiembre de 1976. Mi hijo, en julio de 1977. Mi hermana también es testigo de Jehová. Mi madre estudió y comenzó a predicar de casa en casa. Así que he tenido mucho estímulo de parte de mi familia, y mucha ayuda procedente de Jehová y de su pueblo. Jehová ha sido muy paciente conmigo. Que Él también tenga gran paciencia con los millones de otras personas a quienes ‘la cualidad bondadosa de Dios está tratando de conducir al arrepentimiento’. (Romanos 2:4.)

Yo fui un pastor pentecostal

Posté le 10.04.2008 par hermanogitano
JE SUIS né en Sicile en 1932. Peu après la Seconde Guerre mondiale j’ai assisté à un service religieux pentecôtiste dans une maison privée. Le pasteur, un homme d’âge moyen, commença son sermon en priant d’une voix très forte. Cela m’a surpris, mais je suis resté.

Pendant le sermon, je l’ai interrompu à plusieurs reprises pour lui demander des preuves de l’existence de Dieu. Il me montra la Bible comme preuve et m’en donna un exemplaire. J’ai commencé à la lire à raison de sept chapitres par jour environ. Cependant, je me suis vite rendu compte que je ne comprenais pas grand-chose à ce que je lisais. J’ai donc décidé de me tourner vers l’Église pentecôtiste.

Desde mi niñez yo había estado interesado en la religión, igual que mis padres. Como la mayoría de los sicilianos, ellos eran católicos romanos, y muy celosos.

Sin embargo, a medida que crecí comprendí que la Iglesia Católica no satisfacía mis necesidades espirituales. Por ejemplo, no podía comprender por qué el clero usaba indumentaria diferente, por qué se interesaban en los asuntos personales de otros en el confesionario, o por qué había tantos ídolos en las iglesias como los que había en los templos paganos. Debido a que no pude obtener respuestas satisfactorias a esas preguntas, menguó mi interés en la Iglesia Católica.

En esos días previos a la guerra, a menudo nos visitaba un sacerdote para quien se reservaban las frutas de nuestro viñedo. Él sostenía que el fascismo era la mejor forma de gobierno para Italia porque defendía los intereses de la Iglesia Católica. Sin embargo, cuando terminó la guerra hubo un gran éxodo de la Iglesia, puesto que la gente pudo ver que la Iglesia se había aliado con el fascismo. Y estaban disgustados con el modo en que apoyaba a los ricos a expensas de los pobres.

Como resultado, después de la guerra muchos se hicieron ateos, y yo, también, me incliné hacia este modo de pensar. Por lo tanto, consideré a los servicios religiosos solo como un medio para hacer amistades. Pero todavía sentía una necesidad espiritual.

Fue debido a sentir esta necesidad que me interesé en la Biblia. Así es que comencé a concurrir a la iglesia pentecostal.

Los servicios religiosos me sorprendieron mucho. Para comenzarlos el pastor decía una oración, con los ojos cerrados y con las manos y brazos extendidos hacia el cielo. Entonces invitaba a los presentes a cantar un himno con él. Después de esto, a varias personas se les daba la oportunidad de “testificar,” es decir, relatar las dificultades que hallaron en la vida antes de entrar en relación con la religión pentecostal, y cómo era su conducta actual.

Por lo general esto era seguido de un sermón basado en un texto de la Biblia. Yo no podía comprender lo que decía el pastor, pero pensaba que esto probablemente se debía a mi limitado conocimiento de la Biblia. Después de su sermón el pastor se movía entre los presentes y ponía sus manos sobre ellos, gritando: “¡Griten, griten más fuerte! ¡El Señor está cerca!” Entonces la gente gritaba: “¡Aleluya! ¡Señor, escúchanos!” u otras expresiones similares.

En 1950 me bauticé como miembro de la Iglesia Pentecostal. Pensé que me había llamado Dios, y por esta razón hice muchos cambios. Dejé de fumar, y dejé de ir a los cines o a los bailes. No escuché más a la radio, puesto que la iglesia a la que pertenecía sostenía que esto no era apropiado para el cristiano.

La gente donde yo vivía en la pequeña aldea de San Cataldo en la provincia siciliana de Caltanisetta estaba asombrada de los cambios que hice. Les hablé a todos acerca de mi nueva fe, diciéndoles que vinieran y se salvaran, de otro modo serían atormentados en el fuego del infierno. Muchos escucharon, y se hicieron pentecostales.

En la ocasión de la visita de un eminente pastor estadounidense, fui asignado como superintendente de la escuela dominical. Esta asignación consistía en presidir las reuniones de la congregación pentecostal en la que se estudiaba un boletín que se llamaba “La escuela dominical.” Debido a mi celo excepcional en dirigir la escuela dominical, se me asignó como pastor en junio de 1952, aunque yo no había tenido entrenamiento en escuelas teológicas. Por los cuatro años siguientes serví en las iglesias pentecostales de la provincia de Caltanisetta, incluso en el pueblo de Caltanisetta.

Estaba determinado a hallar una explicación para estas cosas. Investigué en otras organizaciones religiosas tales como los apostólicos, y los bautistas, pero sin éxito. Cuando oí acerca de una pareja de predicadores de tiempo cabal de los testigos de Jehová en la aldea cercana de Caltanisetta, fui allá.

Hice muchas preguntas. Todas éstas me las contestaron los Testigos con la Biblia. Su conocimiento de las Escrituras me asombró. Acepté la oferta que me hicieron de conducir un estudio bíblico gratuito conmigo. Con el tiempo finalmente aprendí la verdad acerca del don de lenguas.

La Biblia aclara que el Dios Todopoderoso otorgó a los cristianos primitivos el don de hablar en lenguas extranjeras que nunca antes habían aprendido. En la infancia de la congregación cristiana este don ayudó a los pocos discípulos que había a instruir a los extranjeros acerca de “las cosas magníficas de Dios.” (Hech. 2:5-11) Además el don de lenguas sirvió como una evidencia visible del favor de Dios sobre esta nueva organización cristiana. (1 Cor. 14:22) Pero, ¿es el hablar en lenguas un don que habría de continuar con la organización cristiana plenamente desarrollada?

No, aprendí que este don fue temporario, como también lo fueron los dones de profetizar y de conocimiento especial. La Biblia dice: “El amor nunca falla. Mas sea que haya dones de profetizar, serán eliminados; sea que haya lenguas, cesarán; sea que haya conocimiento, será eliminado.” Estos dones especiales de Dios fueron un rasgo identificador del cristianismo en su infancia, pero, tal como un adulto termina con los rasgos de un bebé, así la Biblia muestra que estos dones especiales, también, pasarían.—1 Cor. 13:8-11.

Por lo tanto pude comprender que el don aparentemente concedido por Dios que yo había recibido mientras era pentecostal de hecho era una operación de Satanás y de sus inicuas fuerzas espirituales. La Biblia advierte que ‘Satanás se transformaría en un ángel de luz’ y que engañaría a muchos con “señales y portentos mentirosos y con todo engaño injusto.”—2 Cor. 11:14; 2 Tes. 2:9, 10.

¡Qué feliz me siento de haber llegado a un entendimiento de estos asuntos! Especialmente me ha traído paz y satisfacción el entender el propósito de Dios de establecer su justo gobierno del Reino sobre la Tierra para la bendición de todos los que le sirven con espíritu y verdad. La promesa de la Biblia es que ya muy pronto, bajo el régimen del Reino, “Dios mismo estará con [la humanidad]. Y él limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor.”—Rev. 21:3, 4.

Ya han pasado quince años desde que dediqué mi vida a servir al Dios verdadero, Jehová, y lo simbolicé por bautismo en agua. Desde entonces la principal meta de mi vida ha sido la de participar en cumplir la profecía del Hijo de Dios, Jesucristo, a saber: “Estas buenas nuevas del reino se predicarán en toda la tierra habitada para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin [de este sistema de cosas].”—Mat. 24:14.

Lo que me produjo gozo particular fue el poder ayudar a muchos en mi pueblo natal de San Cataldo, donde había servido previamente como pastor pentecostal, a aprender la verdad acerca del reino de Dios y a participar en la proclamación del Reino. Ahora vivo con mi familia en la ciudad de Torino al norte de Italia. Y he tenido el gozo adicional de ver a mis tres hijos mayores, entre siete, participar conmigo en predicar a otros de esta comunidad el mensaje de que la única esperanza verdadera de paz y felicidad es el reino de Dios.

Por lo tanto, es con profunda expectativa que nosotros, junto con los siervos de Dios en todas partes, esperamos el cumplimiento cabal de la profecía bíblica: “En los días de aquellos reyes el Dios del cielo establecerá un reino que nunca será reducido a ruinas. Y el reino mismo no será pasado a ningún otro pueblo. Triturará y pondrá fin a todos estos reinos, y él mismo subsistirá hasta tiempos indefinidos.” (Dan. 2:44)

Nínive

Posté le 09.04.2008 par hermanogitano
Ciudad de Asiria que fundó Nemrod, “poderoso cazador en oposición a Jehová”. Junto con Rehobot-Ir, Cálah y Resen, constituía la “gran ciudad”. (Gé 10:9, 11, 12; Miq 5:6.) Mucho tiempo después llegó a ser la capital del Imperio asirio. Como tal, era una “ciudad de derramamiento de sangre” (Na 3:1), puesto que los asirios libraron muchas guerras de conquista y emplearon métodos brutales para matar a los guerreros que capturaban. Sin duda, las campañas militares contribuyeron notablemente a la riqueza de la ciudad. (Na 2:9.) La deidad principal de Nínive parece haber sido Istar, diosa del amor y de la guerra.

Quyunjiq y Nebi Yunus (“Profeta Jonás”), dos montículos situados en la orilla oriental del río Tigris, frente a Mosul, al N. de Irak, marcan el lugar de lo que en una ocasión fue la gran ciudad de Nínive. Hoy, un pueblo moderno, con un cementerio y una mezquita, ocupa Nebi Yunus. Por eso este montículo, que cubre un palacio de Esar-hadón, no se ha investigado a fondo. Sin embargo, en Quyunjiq las excavaciones han sacado a la luz muchos objetos que testifican de la gloria pasada de Nínive. Los hallazgos incluyen miles de tablillas cuneiformes de la biblioteca de Asurbanipal, así como las ruinas del palacio de Senaquerib y el de Asurbanipal. Estos palacios eran construcciones impresionantes. Tomando como base estos hallazgos, Austen Layard escribió:

“El interior del palacio asirio debe haber sido imponente a la par que majestuoso. He conducido al lector a través de sus ruinas, de modo que puede hacerse una idea de cómo estaban dispuestas sus salas a fin de impresionar al extraño de antaño que entraba por primera vez en la residencia de los soberanos asirios. Se le hacía penetrar a través de un portal custodiado por gigantescos leones o toros de alabastro albo. En la primera estancia se hallaba rodeado de los registros esculpidos del imperio. Batallas, sitios, triunfos, hazañas de caza, ceremonias religiosas..., todos ellos aparecían en las esculturas de alabastro que, coloreadas con magnificencia, recubrían las paredes. Debajo de cada escena había grabadas inscripciones con caracteres rellenos de cobre brillante que narraban los hechos. Sobre las esculturas había pintadas otras escenas: el rey, asistido por sus eunucos y guerreros, recibe a sus prisioneros, pacta alianzas con otros monarcas o realiza algún deber sagrado. Tales representaciones se hallaban enmarcadas por cenefas coloreadas de diseño elegante y complejo. Entre los diversos ornamentos sobresalían el árbol simbólico, los toros alados y los animales espantosos. En el extremo superior de la sala se hallaba la imagen colosal del rey, que adora al dios principal o recibe de mano de su eunuco la copa sagrada. Le asistían los guerreros que le llevaban las armas, así como los sacerdotes o los dioses principales. Su ropaje y el de sus seguidores estaba adornado con grupos de figuras, animales y flores, todo ello pintado con colores llamativos.

”El extranjero andaba sobre losas de alabastro, cada una con una inscripción que contenía los títulos, genealogía y logros del gran rey. Gran número de corredores, formados por colosales leones o toros alados, o por esculturas de dioses guardianes, conducían a otras estancias, que, a su vez, desembocaban en otros salones más distantes. En cada uno de ellos aparecían nuevas esculturas. Algunos de sus muros estaban decorados con procesiones de figuras colosales: hombres armados y eunucos que siguen al rey, guerreros que portan el despojo, conducen a los prisioneros o llevan presentes y ofrendas a los dioses. En otras paredes se representaban sacerdotes alados o divinidades principales, de pie ante los árboles sagrados.

”Los techos que quedaban sobre el espectador estaban divididos en compartimientos cuadrados, pintados con flores o con figuras de animales. Algunos tenían incrustaciones de marfil y cada uno de ellos estaba circundado por elegantes cenefas y molduras. Puede que las vigas y los laterales de las cámaras tuvieran un baño de oro y plata; y en el enmaderado se utilizaron las maderas más exquisitas, entre las que destacaba la de cedro. Las lucernas cuadradas de los techos de las cámaras permitían que entrase la luz diurna.” (Nineveh and Its Remains, 1856, parte II, págs. 207-209.)

Jonás, el profeta de Jehová, declaró en el siglo IX a. E.C. un juicio inminente contra Nínive como consecuencia de la iniquidad de sus habitantes. Sin embargo, debido al arrepentimiento del rey y del pueblo, Jehová perdonó a la ciudad. (Jon 1:1, 2; 3:2, 5-10.) En ese tiempo Nínive era una gran ciudad, “con distancia de tres días de camino” (Jon 3:3) y con una población que ascendía a más de 120.000 hombres. (Jon 4:11.) Estos datos bíblicos no contradicen los descubrimientos arqueológicos. André Parrot, conservador en jefe de los museos nacionales franceses, hace la siguiente observación:

“En la misma forma que el París actual, en lo que es interior de su antiguo recinto, difiere extraordinariamente de lo que acostumbra a denominarse ‘el gran París’ —fórmula que comprende todos los suburbios y engloba una superficie mucho más considerable—, ¿no es posible suponer también que muchos de los que vivían lejos de Asiria consideraban como ‘Nínive’ lo que llamamos hoy ‘el triángulo asirio’ [...], que comprendía, de Khorsabad, al norte, hasta Nimrud, al sur, el rosario casi ininterrumpido de sus aglomeraciones que alcanzaban la longitud de unos 40 kilómetros?

”[...] Félix Jones calculaba que la población de Nínive podía alcanzar la cifra de 174 000 habitantes, y últimamente, durante las excavaciones de Nimrud, M. E. L. Mallowan encontró una estela de Assurnazirpal en la que se daba cuenta de haber invitado en un banquete la cantidad fabulosa de 69 574 comensales. El arqueólogo inglés consideraba que, después de deducidos los forasteros, la población de Kālaḥ (Nimrud) debía estimarse en unos 65 000 habitantes. Pues bien, la superficie de Nínive es doble, y así puede constatarse que la cifra indicada en Jonás (4:[11]) obtiene con ello una confirmación indirecta aunque valiosa.” (Nínive y el Antiguo Testamento, traducción de Sebastián Bartina, 1962, págs. 68, 69)

Aunque los ninivitas se arrepintieron debido a la predicación de Jonás (Mt 12:41; Lu 11:30, 32), reincidieron, de modo que reemprendieron sus caminos inicuos. Algunos años después del asesinato del rey asirio Senaquerib en Nínive, en la casa de su dios Nisroc (2Re 19:36, 37; Isa 37:37, 38), Nahúm (1:1; 2:8–3:19) y Sofonías (2:13-15) predijeron la destrucción de esa malvada ciudad. Sus profecías se cumplieron cuando las fuerzas conjuntas del rey Nabopolasar de Babilonia y de Ciaxares el medo sitiaron y capturaron Nínive. Parece ser que la ciudad fue incendiada, puesto que muchos relieves asirios están estropeados o manchados por el fuego y el humo. Una crónica de Babilonia informa con referencia a Nínive: “Se llevaron el gran despojo de la ciudad y el templo y [convirtieron] la ciudad en un montículo de ruinas”. (Assyrian and Babylonian Chronicles, de A. Grayson, 1975, pág. 94; GRABADO, vol. 1, pág. 958.) Hasta este día Nínive es una extensión desolada, y en la primavera los rebaños pastan cerca o encima del montículo de Quyunjiq.

La fecha de la caída de Nínive —el año decimocuarto de Nabopolasar— está borrada de la tablilla cuneiforme existente que relata este acontecimiento, pero a pesar de eso, puede deducirse del contexto. También es posible situar la destrucción de Nínive en el marco de la cronología bíblica: según una crónica de Babilonia, los egipcios fueron derrotados en Carquemis en el año vigésimo primero del reinado de Nabopolasar, y la Biblia muestra que este acontecimiento tuvo lugar en el año cuarto del reinado de Jehoiaquim, en 625 a. E.C. (Jer 46:2.) Por lo tanto, la destrucción de Nínive (unos siete años antes), en el año decimocuarto del reinado de Nabopolasar, ocurrió en 632 a. E.C.

Un libro de profecias

Posté le 09.04.2008 par hermanogitano
La Biblia contiene numerosas profecías, muchas de las cuales ya se han cumplido. Veamos un ejemplo. Por medio del profeta Isaías —quien vivió más de setecientos años antes de nuestra era—, Jehová predijo lo que le ocurriría a la ciudad de Babilonia: sería destruida (Isaías 13:19; 14:22, 23). Pero además explicó cómo sucedería. Los ejércitos invasores secarían el río que pasaba por la ciudad y entrarían en ella sin tener que pelear. Y eso no es todo. La profecía reveló incluso el nombre del rey que conquistaría Babilonia: Ciro (Isaías 44:27–45:2).

Unos doscientos años después, en la noche del 5 al 6 de octubre del año 539 antes de nuestra era, un ejército se hallaba acampado cerca de Babilonia. ¿Quién lo comandaba? Un rey persa llamado Ciro. En efecto, todo estaba dispuesto para que se cumpliera la asombrosa profecía. Pero ¿conseguiría el ejército de Ciro conquistar la ciudad sin siquiera pelear, como se había predicho?

Los babilonios estaban celebrando una fiesta aquella noche y se sentían seguros tras las enormes murallas de la ciudad. Mientras tanto, Ciro ingeniosamente desvió las aguas del río que cruzaba Babilonia, de modo que el nivel del agua bajó lo suficiente como para que sus hombres se acercaran a las murallas avanzando por el cauce. Sin embargo, ¿cómo lograron atravesar las murallas? ¡Las puertas de la ciudad se habían dejado abiertas por descuido!

Jehová había dicho lo siguiente acerca de Babilonia: “Nunca será habitada, ni residirá por generación tras generación. Y allí el árabe no asentará su tienda, y no habrá pastores que dejen que sus rebaños se echen allí” (Isaías 13:20). La profecía no solo indicó que la ciudad caería, sino también que quedaría deshabitada para siempre. Usted puede comprobar que estas palabras se han cumplido. A unos 80 kilómetros al sur de Bagdad, la capital de Irak, se encuentran los restos de la antigua Babilonia. El lugar está deshabitado, lo que da prueba de que se realizó la predicción que Jehová había hecho mediante Isaías: “La barreré con la escoba de la aniquilación” (Isaías 14:22, 23).

¿Verdad que fortalece la fe comprobar que la Biblia es un libro de profecías confiables? Ciertamente, el que Jehová Dios haya cumplido sus promesas en el pasado nos da la seguridad de que también cumplirá su promesa de convertir la Tierra en un paraíso (Números 23:19). En efecto, tenemos la “esperanza de la vida eterna que Dios, que no puede mentir, prometió antes de tiempos de larga duración” (Tito 1:2).

[La destrucción de Babilonia es solo un ejemplo de cómo se han cumplido muchas profecías bíblicas. Otros ejemplos son la destrucción de las ciudades de Tiro y Nínive (Ezequiel 26:1-5; Sofonías 2:13-15). Además, el profeta Daniel predijo cuáles serían los imperios mundiales que surgirían después de Babilonia, entre ellos Medopersia y Grecia (Daniel 8:5-7, 20-22). Para mas informacion vean aqui : http://hermanogitano.centerblog.net/3531995-Las-potencias-mundiales-en-la-Biblia ; http://hermanogitano.centerblog.net/4450822-Que-dicen-ellos-acerca-de-Tiro- ]

Nefilim

Posté le 08.04.2008 par hermanogitano
(Derribadores; Los que Hacen Caer [a Otros])

Transliteración de la palabra hebrea nefi·lím, que está en plural las tres veces que aparece en la Biblia. (Gé 6:4; Nú 13:33 [dos ocasiones].) Seguramente proviene de la forma causativa del verbo hebreo na·fál (caer), que se emplea, por ejemplo, en 2 Reyes 3:19; 19:7.

El relato de la Biblia que explica que Dios desaprobó a la sociedad humana en los días de Noé antes del Diluvio, dice que “los hijos del Dios verdadero” tomaron para sí esposas de entre las atractivas hijas de los hombres. Luego menciona la presencia de los “nefilim”: “Los nefilim se hallaban en la tierra en aquellos días, y también después, cuando los hijos del Dios verdadero continuaron teniendo relaciones con las hijas de los hombres y ellas les dieron a luz hijos, estos fueron los poderosos [heb. hag·guib·bo·rím] que eran de la antigüedad, los hombres de fama”. (Gé 6:1-4.)

Los comentaristas bíblicos han ofrecido varias explicaciones sobre la identidad de los nefilim mencionados en el versículo 4. Algunos creen que la etimología del nombre indica que los nefilim habían caído del cielo, es decir, que eran ‘ángeles caídos’ que mantuvieron relaciones con las mujeres, relaciones de las que nacerían “los poderosos [...] los hombres de fama”. Otros doctos han reparado particularmente en la expresión “y también después” (vs. 4), y han afirmado que los nefilim no eran los ‘ángeles caídos’ o “los poderosos”, puesto que los nefilim “se hallaban en la tierra en aquellos días”, antes de que los hijos de Dios tuviesen relaciones con mujeres. Sostienen la opinión de que los nefilim eran simplemente hombres malvados como Caín —ladrones, intimidadores y tiranos—, que vagaron por la tierra hasta que se les aniquiló en el Diluvio. Por último, también hay quienes han tomado en consideración el contexto del versículo 4 y han llegado a la conclusión de que los nefilim no eran ellos mismos ángeles, sino la prole híbrida que resultó de las relaciones que mantuvieron los ángeles materializados con las hijas de los hombres.

Ciertas traducciones bíblicas ajustan el lugar donde aparece la frase “y también después”, y la colocan cerca del principio del versículo 4, de manera que identifican a los nefilim con “los poderosos”, los guib·bo·rím, mencionados en la última parte del versículo. Por ejemplo: “En aquel entonces había gigantes [heb. han·nefi·lím] en la tierra (y también después), cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres, y ellas les daban hijos. Estos son los héroes [heb. hag·guib·bo·rím] de antaño, hombres famosos”. (Gé 6:4, EMN, 1988; véanse también BJ, LT, PIB.)

La Septuaginta griega también indica que los “nefilim” y los “poderosos” son los mismos, pues utiliza la palabra guí·gan·tes (gigantes) para traducir ambas expresiones.

Un repaso del relato permite ver que en los versículos del 1 al 3 se habla de que “los hijos del Dios verdadero” tomaron esposas y se registra la declaración de Jehová de que iba a poner fin a su paciencia con los hombres al cabo de ciento veinte años. Luego, el versículo 4 menciona que los nefilim se hallaban en la tierra “en aquellos días”, los días en que Jehová hizo la declaración. A continuación pasa a mostrar que esta situación continuó “después, cuando los hijos del Dios verdadero continuaron teniendo relaciones con las hijas de los hombres”, y explica con más detalle los resultados de la unión de “los hijos del Dios verdadero” con las mujeres.

¿Quiénes fueron esos “hijos del Dios verdadero”? ¿Eran hombres que adoraban a Jehová (para distinguirlos de la humanidad inicua en general), como algunos afirman? Es obvio que no. De lo que dice la Biblia se deduce que su matrimonio con las hijas de los hombres resultó en un avivamiento de la maldad en la tierra. Noé y sus tres hijos, junto con sus esposas, fueron los únicos que tuvieron el favor de Dios, por lo que se les conservó con vida durante el Diluvio. (Gé 6:9; 8:15, 16; 1Pe 3:20.)

Por lo tanto, si esos “hijos del Dios verdadero” fueron tan solo hombres, surge la pregunta: ¿por qué sus descendientes llegaron a ser “hombres de fama”, aún más que la prole de los inicuos o del fiel Noé? También podría hacerse la pregunta: ¿por qué mencionar su matrimonio con las hijas de los hombres como algo especial? El matrimonio y el nacimiento de niños había tenido lugar por más de mil quinientos años.

Por lo tanto, los hijos de Dios mencionados en Génesis 6:2 deben haber sido ángeles, “hijos de Dios” celestiales. Esta misma expresión se aplica a los ángeles en Job 1:6 y 38:7. Pedro apoya este punto de vista cuando habla de “los espíritus en prisión, que en un tiempo habían sido desobedientes cuando la paciencia de Dios estaba esperando en los días de Noé”. (1Pe 3:19, 20.) También Judas escribe acerca de “los ángeles que no guardaron su posición original, sino que abandonaron su propio y debido lugar de habitación”. (Jud 6.) Los ángeles tenían el poder de materializarse en forma humana, y algunos lo hicieron para llevar mensajes procedentes de Dios. (Gé 18:1, 2, 8, 20-22; 19:1-11; Jos 5:13-15.) Pero la morada propia de los espíritus es el cielo, y los ángeles tienen allí posiciones de servicio bajo Jehová. (Da 7:9, 10.) El abandonar esta morada para habitar en la tierra y dejar su servicio asignado a fin de tener relaciones carnales, era una rebelión contra las leyes de Dios y una perversión.

La Biblia dice que los ángeles desobedientes son en la actualidad “espíritus en prisión”, que han sido arrojados “en el Tártaro” y se les ha “reservado con cadenas sempiternas bajo densa oscuridad para el juicio del gran día”. Estas palabras parecen indicar que están muy restringidos, sin poder materializarse de nuevo como lo hicieron antes del Diluvio. (1Pe 3:19; 2Pe 2:4; Jud 6.)

Los “poderosos que eran de la antigüedad, los hombres de fama” producto de esos matrimonios, no eran hombres de fama para Dios, puesto que no sobrevivieron al Diluvio, como Noé y su familia. Eran “nefilim”, intimidadores, tiranos que sin duda propiciaron que empeoraran las condiciones. Sus padres angélicos, que conocían la formación del cuerpo humano y podían materializarse, no estaban creando vida, sino que vivían en esos cuerpos humanos y engendraron hijos al cohabitar con las mujeres. Sus hijos, “poderosos”, eran por lo tanto híbridos, una forma de vida desaprobada por Dios. Al parecer los nefilim no tuvieron hijos.

La fama de los nefilim y el temor que inspiraron parece ser que constituyeron la base de muchas mitologías de los pueblos paganos que se esparcieron por toda la tierra después de la confusión de lenguas en Babel. Y aunque el contexto histórico del relato del Génesis quedó notablemente distorsionado y adornado, guarda una considerable semejanza con dichas mitologías antiguas (la de los griegos es solo un ejemplo), según las cuales los dioses y las diosas se emparejaron con los humanos para producir héroes sobrehumanos y temibles semidioses que tenían características humanas y divinas.

Los diez espías que regresaron a los israelitas en el desierto con un informe falso acerca de la tierra de Canaán declararon: “Toda la gente que vimos en medio de ella son hombres de tamaño extraordinario. Y allí vimos a los nefilim, los hijos de Anaq, que son de los nefilim; de modo que llegamos a ser a nuestros propios ojos como saltamontes, y así mismo llegamos a ser a los ojos de ellos”. Sin duda había algunos hombres altos en Canaán, como lo muestran otros textos, pero nunca —excepto en este “informe malo”, que fue cuidadosamente expresado en términos aterradores con el fin de causar pánico entre los israelitas— se les llama nefilim. (Nú 13:31-33; 14:36, 37.)
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