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hermanogitano
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Las enseñanzas de la Biblia a la luz - El conocimiento que lleva a vida eterna
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27.12.2007
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El amor de Jehova Dios

“Él nos amó primero”

Publié le 26/03/2008 à 12:00 par hermanogitano
“Él nos amó primero”
Hace casi dos mil años, en un día de primavera, se juzgó a un inocente, se le declaró culpable de delitos que no había cometido y se le torturó hasta morir. Aunque no era la primera ejecución cruel y arbitraria de la historia, ni sería, por desgracia, la última, aquella muerte fue diferente de todas las demás.

Durante las horas de agonía de la víctima, hasta el cielo marcó la trascendencia del suceso. En pleno mediodía se abatió la oscuridad sobre la tierra, de modo que, como dice un historiador, “falló la luz del sol” (Lucas 23:44, 45). Luego, poco antes de exhalar su último aliento, aquel hombre pronunció estas inolvidables palabras: “¡Se ha realizado!”. Así es, al entregar su vida, logró algo maravilloso. Aquel sacrificio fue la mayor muestra de amor que haya dado un ser humano (Juan 15:13; 19:30).

Seguramente ya hemos deducido que el ajusticiado era Jesús. Son bien conocidos los suplicios y la muerte que soportó aquel triste 14 de Nisán del año 33 E.C. No obstante, a menudo se pasa por alto un factor trascendental: aunque Cristo padeció atrozmente, hubo quien sufrió más. De hecho, aquel día se realizó un sacrificio aún mayor, la más grandiosa demostración de amor que haya efectuado persona alguna en el entero universo. ¿De qué se trató? La respuesta a esta pregunta sirve de introducción idónea al tema más importante que podamos tratar: el amor de Jehová.

La mayor muestra de amor

El centurión que estuvo a cargo de la ejecución de Jesús se quedó atónito, tanto por la oscuridad que la antecedió como por el violento terremoto que se produjo tras esta, de modo que dijo: “Ciertamente este era Hijo de Dios” (Mateo 27:54). Resultaba obvio que Jesús no era un hombre común y corriente. ¡Aquel militar romano había colaborado en la muerte del Unigénito del Dios Altísimo! Ahora bien, ¿cuánto apreciaba el Padre a este Hijo?

La Biblia llama a Cristo “el primogénito de toda la creación” (Colosenses 1:15). Pensémoslo detenidamente: el Hijo de Dios ya existía antes que el universo físico. Entonces, ¿cuánto tiempo estuvieron juntos Padre e Hijo? Según cálculos científicos, la edad del cosmos asciende a trece mil millones de años. ¿Logramos siquiera imaginarnos lo que abarca todo ese tiempo? Para ayudar a los visitantes a comprender tal magnitud, un planetario ha trazado una línea cronológica de 110 metros de largo. Al ir caminando junto a esta, cada paso que se da equivale a setenta y cinco millones de años en la existencia del universo. Al final, la historia del hombre se representa por una raya del grosor de un cabello. Sean estos cálculos correctos o no, la recta entera siempre será más corta que la vida del Hijo de Jehová. Entonces, ¿qué hizo Jesús durante tantos millones de años?

El Hijo sirvió gustoso a su Padre en calidad de “obrero maestro” (Proverbios 8:30). Las Escrituras indican que “sin él ni siquiera una cosa vino a existir” (Juan 1:3). De modo que trabajó junto a Dios para formarlo todo, disfrutando con él de momentos llenos de dicha y emoción. Pues bien, suele aceptarse como un hecho que el cariño entre padres e hijos es profundísimo, y, como sabemos, el amor “es un vínculo perfecto de unión” (Colosenses 3:14). Entonces, ¿quién logrará hacerse una mínima idea de la fuerza de un vínculo que ha existido por un período tan inmenso? Es patente que a Jehová y a Cristo los unen los lazos afectivos más firmes que pueda haber.

Con todo, Dios envió a la Tierra a su Hijo amado para que naciera como niño, lo que implicó tener que privarse de la estrecha relación con él en el cielo por algunas décadas. Desde allí lo observó con gran interés durante todo su crecimiento, hasta que llegó a ser un hombre perfecto y se bautizó, cuando tenía unos 30 años. No hay que adivinar cuáles eran los sentimientos de Jehová para con él, ya que habló desde las alturas y dijo: “Este es mi Hijo, el amado, a quien he aprobado” (Mateo 3:17). En vista de que Jesús cumplió fielmente todas las profecías y todo lo que le había pedido, su Padre tuvo que sentirse sumamente complacido (Juan 5:36; 17:4).

Ahora bien, ¿cómo se sintió Jehová el día 14 de Nisán del año 33 E.C.? ¿Cuáles fueron sus emociones al ver que Jesús era traicionado; que una turba lo detenía de noche; que lo abandonaban sus amigos; que lo sometían a un juicio ilegal; que recibía burlas, esputos y puñetazos; que lo flagelaban hasta dejarle la espalda hecha jirones, y que lo clavaban de pies y manos en un poste donde sufrió terribles humillaciones públicas? Sí, ¿qué sentimientos le causó que su Hijo amado clamara a él en su agonía, exhalara su último suspiro y, por vez primera desde el principio de la creación, dejara de existir? (Mateo 26:14-16, 46, 47, 56, 59, 67; 27:38-44, 46; Juan 19:1.)

Nos faltan las palabras. En efecto, el dolor que le ocasionó la muerte del Hijo a Jehová, quien tiene profundos sentimientos, nos resulta imposible de expresar. Lo que sí podemos señalar es por qué permitió que ocurriera, por qué estuvo dispuesto a aguantar tales emociones. El Creador nos revela algo maravilloso en Juan 3:16, un versículo tan importante que se le ha llamado el Evangelio en miniatura: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que ejerce fe en él no sea destruido, sino que tenga vida eterna”. Los motivos de Jehová se resumen en una sola palabra: amor. Ciertamente, la dádiva que nos hizo al enviar a su Hijo para que sufriera y muriera por nosotros fue la mayor muestra de amor de todos los tiempos.

La definición del amor divino

¿Qué es el amor? Se ha dicho que es la mayor necesidad del ser humano. Durante toda la vida lo buscamos, prosperamos con su calor, y languidecemos y morimos si nos falta. Con todo, resulta muy difícil definirlo. Aunque es el tema de innumerables conversaciones, libros, canciones y poemas, estos no siempre aclaran su sentido. De hecho, se abusa tanto del término, que parece que cada vez cuesta más determinar su verdadero significado.

Sin embargo, las enseñanzas bíblicas sobre este particular son muy claras. El Diccionario expositivo de palabras del Antiguo y del Nuevo Testamento exhaustivo, de W. E. Vine, señala: “El amor solo puede conocerse a base de las acciones que provoca”. Pues bien, las acciones de Jehová que refiere la Biblia nos enseñan mucho sobre el benevolente afecto que siente por sus criaturas. Por poner un caso, ¿qué podría revelar más sobre esta cualidad que la demostración suprema que antes mencionamos? En los capítulos siguientes examinaremos muchos otros ejemplos de este atributo divino en acción. Además, si analizamos las expresiones bíblicas originales con que se lo nombra en la Palabra de Dios, entenderemos mejor en qué consiste. En griego antiguo existían cuatro vocablos para “amor”. El que se usa con más frecuencia en las Escrituras Cristianas es a·gá·pe, del que un diccionario bíblico dice que “no hay término más poderoso para designar el amor”. ¿Por qué razón?

A·gá·pe se refiere al amor guiado por principios. No es, por tanto, la mera reacción emotiva ante otra persona. Posee un campo de actuación más amplio y una base más racional y deliberada. Sobre todo, está exento de egoísmo. Para ilustrarlo, volvamos a Juan 3:16. ¿Qué es el “mundo” al que tanto amó Dios que dio a su Hijo unigénito? Es el conjunto de seres humanos redimibles, entre quienes figuran muchos que viven en pecado. ¿Los quiere Jehová como si fueran amigos íntimos, con el mismo cariño que sentía por el fiel Abrahán? (Santiago 2:23.) No, pero es amoroso al tratarlos a todos con bondad, aunque pague un alto precio por ello. Desea que todos se arrepientan y cambien de proceder (2 Pedro 3:9). Muchos lo hacen, y entonces él se complace en recibirlos como amigos.

Algunas personas, sin embargo, tienen un concepto erróneo del a·gá·pe, ya que lo consideran un amor frío e intelectual. Pero lo cierto es que suele conllevar afectuosidad, como cuando Juan dice: “El Padre ama al Hijo”. Dado que en esta afirmación se emplea un verbo de la familia de a·gá·pe, ¿se trata de un amor desprovisto de calidez? No. Notemos que Cristo señala que “el Padre le tiene cariño al Hijo”, y en este caso se usa el verbo fi·lé·o (Juan 3:35; 5:20). Es patente que el amor de Jehová incluye en muchos casos la ternura. No obstante, no está dominado por los sentimientos, sino que se rige por los sabios y justos principios divinos.

Ya hemos visto que los atributos de Jehová son siempre excelsos, perfectos y atrayentes, pero el amor es el más atrayente de todos. Nada nos impulsa tanto a acercarnos a Dios como esta cualidad que, por fortuna, es la dominante. ¿Cómo lo sabemos?

“Dios es amor”

La Biblia dice del amor lo que de ninguna otra virtud cardinal de Jehová. Nunca afirma que Dios sea poder, justicia o incluso sabiduría. Cierto, él posee estas tres cualidades, es su fuente última y las manifiesta de forma inigualable. Pero las Escrituras dicen algo más profundo sobre el cuarto atributo: “Dios es amor” (1 Juan 4:8). ¿Qué implican con ello?

La afirmación “Dios es amor” no es una ecuación simple que equivalga a “Dios es igual al amor”. No podemos invertirla y decir: “El amor es Dios”, ya que Jehová es mucho más que una cualidad abstracta; es una persona con una amplia gama de sentimientos y cualidades, aparte del amor. No obstante, este atributo impregna todo su ser. De ahí que una obra de consulta indique lo siguiente sobre el citado versículo: “La esencia o la naturaleza divina es el amor”. En líneas generales, podemos seguir este planteamiento: las acciones de Jehová son posibles por su poder y están guiadas por la justicia y la sabiduría; sin embargo, son motivadas por el amor, cualidad siempre presente cuando él hace uso de sus demás atributos.

Oímos a menudo que Jehová es la personificación del amor. Por tanto, para aprender acerca del amor regido por principios, es preciso adquirir conocimiento referente a Dios. Claro, también observamos esta hermosa cualidad en los seres humanos. Pero ¿por qué se halla presente en ellos? Durante la creación, el Todopoderoso pronunció estas palabras, dirigidas por lo visto a su Hijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza” (Génesis 1:26). En efecto, el hombre y la mujer son los únicos habitantes de la Tierra que, en imitación de su Padre celestial, tienen la opción de amar. Recordemos que cuando el Ser supremo se valió de varias criaturas para simbolizar sus atributos cardinales, eligió al hombre, su mayor creación terrestre, como símbolo del atributo dominante: el amor (Ezequiel 1:10).

Cuando amamos altruistamente, rigiéndonos por principios, reflejamos la cualidad dominante de Jehová. Es tal y como escribió el apóstol Juan: “En cuanto a nosotros, amamos, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). Ahora bien, ¿en qué sentidos nos ha amado primero?

Jehová tomó la iniciativa

El amor no es una cualidad nueva. A fin de cuentas, ¿qué movió a Jehová a comenzar la creación? No fue que estuviese solo y necesitara compañía, ya que él es completo y autosuficiente, al grado de no carecer de nada que se le pueda brindar. Pero su amor es una cualidad activa que le infundió naturalmente el deseo de hacer partícipes del gozo de existir a criaturas inteligentes capaces de apreciar tal don. “El principio de la creación por Dios” fue su Hijo unigénito (Revelación [Apocalipsis] 3:14). Luego, el Altísimo se valió de este Obrero Maestro para formar todas las demás cosas, comenzando por los ángeles (Job 38:4, 7; Colosenses 1:16). Dotados de libertad, inteligencia y sentimientos, estos poderosos espíritus tenían la oportunidad de establecer lazos afectivos entre sí y, sobre todo, con el Ser supremo (2 Corintios 3:17). Así, amaban porque habían sido amados primero.

Otro tanto ocurrió con la humanidad. Desde el comienzo, Adán y Eva vivieron rodeados del amor del Padre. En su hogar paradisíaco de Edén, veían pruebas de este sentimiento divino dondequiera que fijaran la vista. Observemos lo que dice la Biblia: “Jehová Dios plantó un jardín en Edén, hacia el este, y allí puso al hombre que había formado” (Génesis 2:8). ¿Hemos visitado un jardín o parque de extraordinaria hermosura? ¿Qué fue lo que más nos gustó? Tal vez, cómo se filtraba la luz entre las hojas en un rincón sombreado; o la llamativa disposición de los colores en un macizo floral; o el fondo musical del murmullo de un arroyo, el canto de las aves y el zumbido de los insectos, o, quizás, el aroma de los árboles, las frutas y las flores. Sea como fuere, ningún parque actual podría compararse al de Edén. ¿Por qué no?

Al haberlo plantado el propio Jehová, debe de haber sido de una belleza indescriptible. Albergaba todo árbol hermoso o de delicioso fruto, y era un huerto bien regado, espacioso y repleto de una fascinante variedad de animales. Adán y Eva poseían todo cuanto necesitaban para disfrutar de una vida plena, lo que incluía un trabajo gratificante y compañía ideal. Su Padre celestial los había amado primero, y ellos tenían sobradas razones para corresponderle. Sin embargo, no lo hicieron, puesto que no le obedecieron y, en demostración de egoísmo, se rebelaron contra él (Génesis, capítulo 2).

¡Cuánto tuvo que haberle dolido a Jehová esta rebelión! ¿Pero se llenó de amargura su afectuoso corazón? No, “porque su bondad amorosa [“amor leal”, nota] es hasta tiempo indefinido” (Salmo 136:1). Por consiguiente, se propuso de inmediato disponer lo necesario para redimir a los descendientes de Adán y Eva que tuvieran la debida actitud. Como hemos visto, tales medidas incluían el sacrificio redentor de su Hijo querido, sacrificio por el que el Padre pagó un precio muy elevado (1 Juan 4:10).

Desde el principio Jehová ha tomado la iniciativa en la demostración de amor a la humanidad. “Él nos amó primero” en un sinnúmero de formas. Dado que el amor fomenta la armonía y el gozo, no es de extrañar que al Creador se le llame el “Dios feliz” (1 Timoteo 1:11). Pero surge una pregunta importante: ¿de verdad nos ama Jehová a nivel individual? Este asunto se tratará en el próximo capítulo.

[Notas]

En las Escrituras Griegas Cristianas se emplea a menudo el verbo fi·lé·o, que significa “tener cariño o afecto fraternal, querer como a un amigo íntimo”. En 2 Timoteo 3:3 se emplea un término compuesto a partir de la voz stor·gué, la ternura propia de la familia, con el cual se indica que dicho sentimiento escasearía mucho en los últimos días. É·ros, el amor romántico entre hombre y mujer, no se utiliza en las Escrituras Griegas Cristianas, aunque la Biblia sí habla de él (Proverbios 5:15-20).

Otras afirmaciones bíblicas siguen una estructura similar: “Dios es luz” y “Dios es [...] un fuego consumidor” (1 Juan 1:5; Hebreos 12:29). Pero deben tomarse en sentido metafórico, ya que equiparan a Jehová a realidades físicas. Así, él es semejante a la luz en vista de que es santo y justo, y no alberga “oscuridad”, o impureza alguna. De igual modo, es comparable a un fuego por el uso que da a su poder destructivo.

El rescate, el mayor regalo de Dios

Publié le 21/03/2008 à 12:00 par hermanogitano
El rescate, el mayor regalo de Dios
¿Cual es el mejor regalo que usted ha recibido? Un regalo no tiene que ser caro para ser valioso. Al fin y al cabo, su verdadera importancia no siempre depende de cuánto haya costado. Más bien, es valioso para usted si lo hace feliz o si llena una verdadera necesidad en su vida.

De los muchos obsequios que pudieran hacerle, hay uno que supera a todos los demás. Es un regalo de Dios para la humanidad. Es cierto que Jehová nos ha dado muchas cosas, pero la más importante es el rescate: el sacrificio de su Hijo, Jesucristo (Mateo 20:28). Como veremos en este capítulo, el rescate es el regalo más valioso que hemos recibido, pues nos da la oportunidad de ser inmensamente felices y de obtener lo que de verdad necesitamos. En realidad, es la mayor prueba del amor que Jehová nos tiene a cada uno de nosotros.

¿QUÉ ES EL RESCATE?

En pocas palabras, el rescate es el medio que Jehová emplea para liberar, o salvar, del pecado y la muerte a la humanidad (Efesios 1:7). La clave para entender esta enseñanza bíblica está en lo que sucedió en el jardín de Edén. Solo si comprendemos qué fue lo que Adán perdió al pecar, nos haremos una idea del gran valor que tiene para nosotros el rescate.

Cuando Jehová creó a Adán, le dio algo valiosísimo: la vida humana perfecta. Piense en lo que eso significaba para él. Con un cuerpo y una mente perfectos, nunca se enfermaría, envejecería ni moriría. Además, disfrutaba de una relación especial con Jehová. La Biblia dice que Adán era “hijo de Dios” (Lucas 3:38). Por lo tanto, entre Dios y Adán existía una relación muy estrecha, como la que existe entre un padre cariñoso y su hijo. En efecto, el Creador se comunicaba con su hijo terrestre, le encargaba tareas que lo harían feliz y le explicaba qué esperaba de él (Génesis 1:28-30; 2:16, 17).

Adán fue hecho “a la imagen de Dios” (Génesis 1:27). Esto no quiere decir que tuviera la misma apariencia que Dios. Como aprendimos en el capítulo 1 de este libro, Jehová es un espíritu invisible (Juan 4:24). De modo que él no tiene un cuerpo de carne y hueso. Por lo tanto, Adán estaba hecho a la imagen de Dios en otro sentido, en el sentido de que había sido creado con cualidades como las que tiene Dios: amor, sabiduría, justicia y poder, entre otras. Además, era como su Padre en otro importante aspecto: tenía libre albedrío, es decir, podía tomar sus propias decisiones. Así que no era ninguna máquina, que solo puede hacer aquello para lo que ha sido fabricada o programada. Al contrario, podía decidir por sí mismo y escoger entre el bien y el mal. Si hubiera elegido obedecer a Dios, habría vivido para siempre en el Paraíso terrestre.

Está claro que Adán pagó muy cara la desobediencia a Dios, pues fue condenado a muerte. Aquel pecado le costó la vida humana perfecta con todos sus beneficios (Génesis 3:17-19). Por desgracia, Adán no solo la perdió para él, sino también para sus futuros descendientes. La Palabra de Dios dice: “Por medio de un solo hombre [es decir, Adán] el pecado entró en el mundo, y la muerte mediante el pecado, y así la muerte se extendió a todos los hombres porque todos habían pecado” (Romanos 5:12). En efecto, todos nosotros hemos heredado de Adán el pecado. Por eso, la Biblia explica que Adán nos ha “vendido” junto con él, haciéndonos esclavos del pecado y la muerte (Romanos 7:14). Para Adán y Eva no existía ninguna esperanza, pues ellos habían desobedecido a Dios por voluntad propia. Sin embargo, ¿qué sucedería con sus descendientes, entre ellos nosotros?

Jehová decidió salvar a la humanidad mediante el rescate. ¿En qué consiste un rescate? Básicamente, en dos cosas. En primer lugar, es el precio que se paga para recuperar una cosa o liberar a una persona, como un rehén, por ejemplo. En segundo lugar, en la Biblia, un rescate es el precio que cubre, o paga, el costo de algo, como los daños sufridos por una persona. Por ejemplo, si alguien provocaba un accidente, tenía que pagar la cantidad justa que correspondía al valor de los daños producidos.

Tal como hemos visto, Adán nos causó a todos nosotros una enorme pérdida. ¿Cómo sería posible cubrir el costo de tal pérdida y liberarnos de la esclavitud del pecado y la muerte? Veamos el rescate que proporcionó Jehová y de qué manera puede beneficiarle a usted.

¿CÓMO PROPORCIONÓ JEHOVÁ EL RESCATE?

Lo que se perdió fue una vida humana perfecta. Por eso, para recuperarla no bastaba con ofrecer la vida de ningún ser humano imperfecto (Salmo 49:7, 8). Se necesitaba un rescate que tuviera un valor equivalente a lo que se había perdido. Así lo señalaba el principio de justicia perfecta que se expone en la Palabra de Dios. De acuerdo con ese principio, había que entregar “alma [...] por alma” (Deuteronomio 19:21). Por lo tanto, ¿qué podría cubrir o pagar el valor del alma, o vida, humana perfecta que Adán perdió? El “rescate correspondiente” que se necesitaba era otra vida humana perfecta (1 Timoteo 2:6).

¿Cómo proporcionó Jehová el rescate? Envió a la Tierra a un ser perfecto, uno de sus hijos espirituales. Pero no envió a cualquiera de ellos, sino al que más amaba: su Hijo unigénito (1 Juan 4:9, 10). Este dejó de buena gana su hogar celestial (Filipenses 2:7). Como vimos en el capítulo anterior, Jehová realizó un milagro al hacer que la vida de su Hijo pasara a la matriz de María. Gracias al espíritu santo de Dios, Jesús nació como ser humano perfecto, libre de la condena del pecado (Lucas 1:35).

¿Cómo es posible que un solo hombre fuera el rescate de muchos, sí, de millones de seres humanos? Pues bien, ¿cómo llegaron todos ellos a ser pecadores? Recuerde que Adán pecó y de este modo perdió una posesión muy valiosa: la vida humana perfecta, una posesión que ya no pudo pasar a sus descendientes. Lo único que pudo transmitirles fue el pecado y la muerte. Jesús, a quien la Biblia llama “el último Adán”, tenía una vida humana perfecta y nunca pecó (1 Corintios 15:45). En cierto modo, Jesús tomó el lugar de Adán para salvarnos. Obedeció a la perfección a su Padre y sacrificó, o entregó, su vida perfecta. Así pagó el precio necesario para cubrir el pecado de Adán y nos dio una esperanza a sus descendientes (Romanos 5:19; 1 Corintios 15:21, 22).

La Biblia relata en detalle los sufrimientos que soportó Jesús antes de morir. Con gran crueldad, lo azotaron y lo clavaron en un madero de tormento, condenándolo a una muerte horrible (Juan 19:1, 16-18, 30; consulte el apéndice, páginas 204 a 206). ¿Por qué tuvo que sufrir tanto? Como veremos en otro capítulo, Satanás ha puesto en duda que haya un solo ser humano que permanezca fiel a Jehová si se le somete a prueba. Al aguantar fielmente a pesar de aquel terrible sufrimiento, Jesús dio la mejor respuesta posible al desafío de Satanás. Demostró que un hombre perfecto, que tenga libre albedrío, puede ser totalmente fiel a Jehová, sin importar las dificultades que le cause el Diablo. ¡Cuánto tuvo que alegrarse Dios al ver la lealtad de su amado Hijo! (Proverbios 27:11.)

¿Cómo se pagó el rescate? El día 14 del mes judío de nisán del año 33 de nuestra era, Dios permitió que ejecutaran a su Hijo, que era perfecto y, por lo tanto, no tenía pecado. De esta forma, Jesús sacrificó “una vez para siempre” su vida humana perfecta (Hebreos 10:10). Al tercer día de su muerte, Jehová lo resucitó como criatura espiritual. En los cielos, Jesús presentó a su Padre el valor de su vida humana perfecta, la cual había ofrecido en sacrificio para rescatar a los descendientes de Adán (Hebreos 9:24). Jehová aceptó el valor del sacrificio de Jesús, y así aquel sacrificio sirvió como el rescate necesario para liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado y la muerte (Romanos 3:23, 24).

¿CÓMO PUEDE BENEFICIARLE A USTED EL RESCATE?

Gracias al rescate podemos disfrutar de maravillosas bendiciones a pesar de ser pecadores. Veamos algunos beneficios presentes y futuros del mayor regalo que Dios nos ha hecho.

El perdón de los pecados. Como hemos heredado la imperfección, para nosotros es una verdadera lucha hacer el bien. Todos pecamos, sea con nuestras palabras o con nuestras obras. Pues bien, gracias al sacrificio de Jesús podemos obtener “el perdón de nuestros pecados” (Colosenses 1:13, 14). Sin embargo, para ello debemos arrepentirnos de corazón. También tenemos que pedirle humildemente a Jehová que nos perdone tomando como base nuestra fe en el sacrificio de su Hijo (1 Juan 1:8, 9).

Una conciencia limpia ante Dios. La conciencia culpable nos deja sin esperanza y con el sentimiento de que no valemos nada. Pero gracias al rescate, Jehová nos perdona y tiene la bondad de permitir que, aun siendo imperfectos, lo adoremos con la conciencia limpia (Hebreos 9:13, 14). De este modo, tenemos confianza para hablar con él, o sea, para orarle con toda libertad (Hebreos 4:14-16). Además, al mantener la conciencia limpia, disfrutamos de tranquilidad mental, nos sentimos bien con nosotros mismos y somos más felices.

La esperanza de vivir eternamente en un paraíso terrestre. “El salario que el pecado paga es muerte”, dice Romanos 6:23. Ahora bien, ese mismo versículo añade: “Pero el don que Dios da es vida eterna por Cristo Jesús nuestro Señor”. En el capítulo 3 de este libro vimos las bendiciones del Paraíso terrestre que se aproxima (Revelación [Apocalipsis] 21:3, 4). Todas esas bendiciones, incluida la de vivir para siempre con salud perfecta, serán posibles porque Jesús murió por nosotros. Para recibirlas, debemos demostrar que agradecemos el regalo del rescate.

¿CÓMO PUEDE USTED MOSTRAR SU AGRADECIMIENTO?

¿Por qué debemos estar profundamente agradecidos a Jehová por el rescate? Pues bien, un regalo es más valioso cuando la persona que lo hace ha tenido que sacrificar tiempo, energías o dinero para dárnoslo. Además, nos conmueve porque es una prueba del amor sincero que nos tiene. Por lo tanto, el rescate es el regalo más valioso de todos, ya que Dios hizo el mayor de los sacrificios. “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito”, dice Juan 3:16. El rescate es la prueba más sobresaliente del amor que Jehová nos tiene. También es prueba de cuánto nos ama Jesús, quien estuvo muy dispuesto a entregar la vida por nosotros (Juan 15:13). En efecto, el regalo del rescate debe convencernos de que Jehová y su Hijo nos quieren a cada uno de nosotros (Gálatas 2:20).

Entonces, ¿de qué maneras demostrará usted que agradece el regalo divino del rescate? Para empezar, conozca mejor a Aquel que lo dio, Jehová (Juan 17:3). Puede lograrlo si estudia la Biblia con la ayuda de esta publicación. Cuanto más conozca a Jehová, más lo amará. Y cuanto más lo ame, más deseará complacerlo (1 Juan 5:3).

Tenga fe en el rescate. Jesús mismo dijo: “El que ejerce fe en el Hijo tiene vida eterna” (Juan 3:36). ¿Cómo podemos ejercer, o demostrar, fe en Jesús? No solo con palabras. Como indica Santiago 2:26, “la fe sin obras está muerta”. En efecto, la fe verdadera se demuestra con obras. Una manera de probar que tenemos fe en Jesús es haciendo lo posible por imitarlo, tanto en lo que decimos como en lo que hacemos (Juan 13:15).

Asista a la celebración anual de la Cena del Señor. La noche del 14 de nisán del año 33, Jesús estableció una celebración especial que la Biblia llama “la cena del Señor” (1 Corintios 11:20; Mateo 26:26-28). También se la conoce como la Conmemoración de la muerte de Cristo. La estableció Jesús para ayudar a sus apóstoles y a todos los cristianos verdaderos a recordar algo importante: al morir, él entregó como rescate su alma, es decir, su vida humana perfecta. Jesús mismo se refirió a esta celebración cuando dio este mandato: “Sigan haciendo esto en memoria de mí” (Lucas 22:19). La Conmemoración nos recuerda el gran amor que Jehová y Jesús nos han mostrado haciendo posible el rescate. Al asistir a esta celebración anual, también demostramos nuestro agradecimiento por el rescate.

22 El rescate es un regalo de incalculable valor que nos hace Jehová (2 Corintios 9:14, 15). De hecho, puede beneficiar incluso a las personas que han muerto pues Jesus dijo en Juan 11:25 “. . .El que ejerce fe en mí, aunque muera, llegará a vivir. . .”