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hermanogitano
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Las enseñanzas de la Biblia a la luz - El conocimiento que lleva a vida eterna
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Blog Religion
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27.12.2007
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Jesucristo

“Vayan [...] y hagan discípulos”

Posté le 07.04.2008 par hermanogitano
El agricutor se encara con un grave problema. Algunos meses antes aró sus tierras y sembró las semillas. Bajo su atenta mirada aparecieron los primeros brotes, y con felicidad vio llegar las plantas a su madurez. Ahora ve recompensado todo su arduo trabajo, pues es el momento de cosechar. El problema es que no da abasto para recoger la cosecha. Y como el tiempo del que dispone para recolectar el valioso fruto es limitado, toma la acertada decisión de contratar trabajadores y enviarlos a los campos.

En la primavera del año 33, el resucitado Jesús se encara con una dificultad parecida. Las semillas de la verdad que sembró durante su ministerio en la Tierra han producido una abundante cosecha, y hay que recoger a una gran cantidad de personas que desean ser sus seguidores (Juan 4:35-38). ¿Qué medidas toma? En una montaña de Galilea, poco antes de ascender a los cielos, Jesús encarga a sus discípulos que consigan más trabajadores, diciéndoles: “Vayan, por lo tanto, y hagan discípulos de gente de todas las naciones, bautizándolos [...], enseñándoles a observar todas las cosas que yo les he mandado” (Mateo 28:19, 20).

Es en esta misión donde radica precisamente la clave para ser un auténtico seguidor de Cristo. Examinemos, pues, las siguientes tres preguntas: ¿Por qué mandó Jesús conseguir más trabajadores? ¿Cómo preparó a sus discípulos para que pudieran encontrarlos? ¿Qué tiene que ver eso con nosotros?

Cuando Jesús inició su ministerio en el año 29, sabía que no completaría la obra que estaba emprendiendo. El corto tiempo que le quedaba en la Tierra limitaba la cantidad de territorio que podría abarcar, así como la cantidad de personas a las que llevaría el mensaje del Reino. Es verdad que predicó mayormente a judíos y prosélitos, “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mateo 15:24). Pero, aun así, aquellas “ovejas perdidas” se hallaban dispersas por todo Israel, país con una extensión de miles de kilómetros cuadrados. Además, con el tiempo sería necesario anunciar las buenas nuevas en el resto del mundo (Mateo 13:38; 24:14).

Consciente de que después de su muerte quedaría mucho por hacer, Jesús dijo a sus once apóstoles fieles: “Muy verdaderamente les digo: El que ejerce fe en mí, ese también hará las obras que yo hago; y hará obras mayores que estas, porque yo estoy siguiendo mi camino al Padre” (Juan 14:12). Puesto que el Hijo regresaría al cielo, sus seguidores —no solo los apóstoles, sino también sus futuros discípulos— tendrían que continuar con la obra de predicar y enseñar (Juan 17:20). Jesús reconoció humildemente que las obras de estos serían “mayores” que las suyas. ¿En qué sentido? De tres maneras. Veamos cuáles son.

En primer lugar, los seguidores de Jesús abarcarían más territorio. Su testimonio llega hoy hasta los confines del mundo, mucho más allá de las fronteras dentro de las que él predicó. En segundo lugar, llegarían a más personas. Al pequeño grupo que Jesús dejó en la Tierra se sumaron rápidamente miles y miles de discípulos (Hechos 2:41; 4:4). En la actualidad ascienden a millones, y cada año se bautizan centenares de miles. Y en tercer lugar, los discípulos cristianos predicarían durante más tiempo, hasta nuestros días, casi dos mil años después de que terminara el ministerio de Jesús, que duró tres años y medio.

Al decir que sus seguidores harían “obras mayores”, Jesús manifestó su confianza en ellos, ya que les estaba encomendando una tarea que consideraba de suma importancia, a saber, predicar y enseñar “las buenas nuevas del reino de Dios” (Lucas 4:43). Jesús estaba convencido de que cumplirían fielmente su encargo. ¿Qué significado tiene este hecho para nosotros? Cuando participamos en el ministerio con celo y devoción, demostramos que él no se equivocó al confiar en sus seguidores. ¿No es este un gran privilegio? (Lucas 13:24.)

Jesús preparó de manera extraordinaria a sus discípulos para el ministerio. Ante todo, les dio un ejemplo perfecto (Lucas 6:40). En el capítulo anterior analizamos su actitud hacia el ministerio. Pues bien, pensemos por un momento en aquellos que lo acompañaron en sus viajes de predicación. Estos lo vieron predicar dondequiera que había gente: junto a lagos y colinas, en ciudades y plazas de mercado, y en casas particulares (Mateo 5:1, 2; Lucas 5:1-3; 8:1; 19:5, 6). También observaron su laboriosidad: se levantaba temprano y se mantenía ocupado hasta bien entrada la noche. Sin duda alguna, el ministerio no era para él un simple pasatiempo (Lucas 21:37, 38; Juan 5:17). Seguramente, ellos percibieron que la motivación de Jesús era el profundo amor que sentía por la gente; tal vez pudieron ver en su rostro la compasión que sentía en el corazón (Marcos 6:34). ¿Qué efecto cree usted que produjo en ellos el ejemplo de Jesús? ¿Qué efecto habría producido en usted?

Como seguidores de Cristo, copiamos su ejemplo en nuestro ministerio. Por eso hacemos el máximo esfuerzo a fin de dar un “testimonio cabal” (Hechos 10:42). Al igual que Jesús, vamos a los hogares de las personas (Hechos 5:42). Y si es necesario, adaptamos nuestro programa de actividades diarias para visitarlas cuando haya más probabilidades de hallarlas en su casa. Además, predicamos con discreción en lugares públicos —como calles, parques y tiendas—, así como en el lugar de empleo. Seguimos “trabajando duro y esforzándonos” en nuestro ministerio porque lo tomamos muy en serio (1 Timoteo 4:10). El amor sincero y profundo por nuestros semejantes nos mueve a seguir buscando oportunidades para predicarles a cualquier hora y en cualquier lugar (1 Tesalonicenses 2:8).

Otra forma en que Jesús capacitó a los discípulos fue dándoles instrucciones detalladas. Antes de enviar a predicar primero a los doce apóstoles y después a los setenta discípulos, celebró con ellos lo que pudiéramos llamar sesiones de preparación (Mateo 10:1-15; Lucas 10:1-12). Tal adiestramiento fue muy eficaz, pues según Lucas 10:17, “los setenta volvieron con gozo”. Examinemos dos de las importantes lecciones que enseñó Jesús, teniendo presente que sus palabras han de entenderse dentro del marco de las costumbres judías en tiempos bíblicos.

En primer lugar, Jesús enseñó a sus discípulos a confiar en Jehová. Les ordenó: “No consigan oro, ni plata, ni cobre para las bolsas de sus cintos, ni alforja para el viaje, ni dos prendas de vestir interiores, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su alimento” (Mateo 10:9, 10). Los viajeros acostumbraban llevar una bolsa para el dinero en el cinto, un morral o alforja para las provisiones y un par extra de sandalias. Al mandar a sus discípulos que no se preocuparan por tales cosas, Jesús en realidad les estaba diciendo: “Tengan plena confianza en que Jehová les proveerá lo necesario”. ¿Cómo haría Jehová eso? Impulsaría a quienes aceptaran las buenas nuevas a que los recibieran con hospitalidad, una cualidad muy común en Israel (Lucas 22:35).

En segundo lugar, Jesús enseñó a sus discípulos a evitar las distracciones innecesarias. “No abracen a nadie en saludo por el camino”, les dijo (Lucas 10:4). ¿Estaba enseñándoles a ser descorteses o antipáticos? ¡Por supuesto que no! Lo que sucedía era que en aquellos tiempos el saludo no se limitaba a un simple “hola”, sino que incluía múltiples formalidades y largas conversaciones. Cierto biblista comenta: “Los saludos entre los orientales no consistían —como sucede en las culturas occidentales— en una leve inclinación de cabeza o en extender la mano, sino en muchos abrazos, reverencias y hasta el acto de postrarse en tierra, todo lo cual requería mucho tiempo”. Al decir a sus discípulos que evitaran saludar de la manera acostumbrada, Jesús en cierto modo estaba diciéndoles: “No pierdan ni un minuto porque el mensaje que llevan es urgente”.

Nosotros también tomamos a pecho las instrucciones que Jesús dio a los discípulos del siglo primero. Depositamos nuestra total confianza en Jehová al realizar nuestro ministerio (Proverbios 3:5, 6). Sabemos que, si seguimos “buscando primero el reino”, nunca careceremos de lo indispensable para la vida (Mateo 6:33). Por todo el mundo hay predicadores del Reino de tiempo completo que dan fe de que la mano de Jehová nunca se queda corta, ni siquiera en los momentos más difíciles (Salmo 37:25). Reconocemos asimismo la necesidad de evitar las distracciones, pues si nos descuidamos, este mundo puede desviarnos fácilmente de nuestro objetivo (Lucas 21:34-36). Ahora no es momento para distraernos: hay vidas en juego, y el mensaje que llevamos es urgente (Romanos 10:13-15). Mantener vivo en el corazón el sentido de urgencia impedirá que las distracciones de este mundo nos roben el tiempo y la energía que sería mejor emplear en el ministerio. No olvidemos que el tiempo es corto, y la cosecha, abundante (Mateo 9:37, 38).

Con las palabras “Vayan [...] y hagan discípulos”, el resucitado Jesucristo dejó en manos de sus seguidores una gran responsabilidad. Él no estaba pensando solamente en los discípulos que se habían congregado en la montaña de Galilea aquel día primaveral. Su encargo fue predicar a “gente de todas las naciones”, y esta obra seguiría efectuándose “hasta la conclusión del sistema de cosas”, por lo que evidentemente todos sus seguidores, incluidos nosotros, debemos participar en ella. Analicemos con más detalle el mandato que Cristo dio en Mateo 28:18-20.

Antes de encomendar la misión de hacer discípulos, Jesús dijo: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y sobre la tierra” (versículo 18). ¿Tiene Jesús realmente tanta autoridad? ¡Claro que sí! Él es el arcángel, y capitanea miríadas y miríadas de ángeles (1 Tesalonicenses 4:16; Revelación 12:7). Como “cabeza de la congregación”, tiene autoridad sobre sus discípulos en la Tierra (Efesios 5:23). Además, gobierna desde 1914 como Rey Mesiánico en el cielo (Revelación 11:15). Incluso posee autoridad sobre la sepultura, pues tiene el poder de resucitar a los muertos (Juan 5:26-28). Al referirse primero a su gran autoridad, Jesús indica que lo que va a decir a continuación no es una sugerencia, sino un mandato; y puesto que la fuente de tal autoridad no es él, sino Dios mismo, lo más sabio es obedecerle (1 Corintios 15:27).

Ahora Jesús pasa a explicar la misión en sí, la cual comienza con una sola palabra: “Vayan” (versículo 19). Como vemos, él quiere que seamos nosotros quienes vayamos y llevemos a otros el mensaje del Reino. Para cumplir con esta encomienda podemos usar diversos métodos. Por ejemplo, predicamos de casa en casa, lo cual es una de las formas más eficaces de tener contacto personal con la gente (Hechos 20:20). También creamos oportunidades para dar testimonio informalmente, pues estamos deseosos de entablar conversaciones sobre las buenas nuevas en cualquier momento oportuno del día. Y aunque los métodos en sí varían según las necesidades y circunstancias locales, hay una cosa que no cambia: todos ‘vamos’ y buscamos hasta descubrir quién es merecedor (Mateo 10:11).

Entonces, Jesús pasa a explicar cuál es el objetivo de nuestra misión: “[Hacer] discípulos de gente de todas las naciones” (versículo 19). ¿Cómo lo logramos? Pues bien, un discípulo es un aprendiz, alguien a quien se enseña. Pero hay algo más implicado en hacer discípulos. Cuando ayudamos a alguien a estudiar la Biblia, no queremos que simplemente llene su mente de conocimiento. Queremos que se convierta en un seguidor de Cristo. Por eso, siempre que podemos, resaltamos el ejemplo de Jesús, para que el estudiante aprenda a verlo como su Maestro y Modelo, imite su modo de vida y haga la misma obra que él hizo (Juan 13:15).

Un elemento fundamental de la misión se expresa con la frase: “Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del espíritu santo” (versículo 19). El bautismo es el paso más importante que da un discípulo en su vida, pues es una demostración clara de que se ha dedicado a Dios sin reservas; de ahí que sea un paso esencial para la salvación (1 Pedro 3:21). Al discípulo bautizado que sigue haciendo todo cuanto puede en el servicio a Jehová le esperan infinitas bendiciones en el venidero nuevo mundo. ¿Ha ayudado usted a alguien a hacerse discípulo bautizado de Cristo? Si así es, habrá comprobado que no hay otra cosa que cause más gozo en el ministerio cristiano (3 Juan 4).

Jesús explica la siguiente parte de la misión al decir: “Enseñándoles a observar todas las cosas que yo les he mandado” (versículo 20). Los cristianos enseñamos a los nuevos a obedecer los mandatos de Jesús, entre ellos amar a Dios y al prójimo y hacer discípulos (Mateo 22:37-39). Les enseñamos gradualmente a explicar las verdades bíblicas y a defender su fe, que va aumentando de día en día. Cuando reúnen los requisitos para participar en la predicación pública, los acompañamos y les mostramos con nuestras palabras y ejemplo cómo hacerlo de manera efectiva. Ahora bien, la instrucción que damos a los nuevos discípulos quizá continúe después de su bautismo, pues es probable que necesiten ayuda para hacer frente a las dificultades que se presentan al seguir a Cristo (Lucas 9:23, 24).

Las palabras finales de la misión encomendada por Jesús son muy alentadoras: “¡Miren!, estoy con ustedes todos los días hasta la conclusión del sistema de cosas” (Mateo 28:20). Jesús reconoce lo importante que es nuestra labor, y sabe que quienes se oponen a veces reaccionarán con hostilidad (Lucas 21:12). Pero no hay por qué temer, pues nuestro Líder no espera que hagamos nuestra tarea solos, sin auxilio de ningún tipo. ¿No nos consuela saber que contamos con el apoyo de Aquel que tiene “toda autoridad [...] en el cielo y sobre la tierra”?

Jesús prometió a sus discípulos que los acompañaría en su ministerio a lo largo de los siglos, hasta “la conclusión del sistema de cosas”. Tenemos que seguir cumpliendo con la misión que Jesús nos encargó hasta que llegue el fin. Este no es el momento de aflojar el paso. Ahora mismo se está recogiendo una abundante cosecha espiritual; son muchos los que abrazan las buenas nuevas. Como seguidores de Cristo, determinémonos a cumplir con la importante misión que se nos ha encomendado; sí, resolvámonos a emplear nuestro tiempo, energías y recursos para cumplir el mandato de Cristo: “Vayan [...] y hagan discípulos”.

[Notas]

La bolsa del cinto era probablemente un cinturón con un bolsillo incorporado que se usaba para llevar monedas. La alforja era una bolsa más grande, generalmente de cuero, que se colgaba del hombro y en la que se llevaba comida u otras provisiones.

El profeta Eliseo le dio la misma orden a su criado, Guehazí, cuando lo envió a la casa de una mujer cuyo hijo había muerto: “En caso de encontrarte con alguien, no debes saludarlo” (2 Reyes 4:29). Se trataba de una misión urgente y no había tiempo que perder.

Puesto que la mayoría de sus seguidores se hallaban en Galilea, quizás fue en la ocasión narrada en Mateo 28:16-20 cuando el resucitado Jesús se apareció “a más de quinientos hermanos” (1 Corintios 15:6). Es posible, pues, que hubiera centenares presentes cuando Jesús encomendó la misión de hacer discípulos.

Considerando con sumo cuidado al que ha aguantado

Posté le 07.04.2008 par hermanogitano
La presion a la que se enfrenta es muy intensa. Jesús nunca ha sentido tanta angustia mental y emocional. Se encuentra en las últimas horas de su vida en la Tierra, y se dirige, acompañado de sus discípulos, a un lugar conocido: el jardín de Getsemaní. Ya se han reunido allí a menudo, pero esta noche necesita estar un rato a solas. Jesús se separa de ellos, se adentra en el jardín y, arrodillándose, empieza a orar. Son tan fervientes sus oraciones y es tan profunda su aflicción que su sudor se hace “como gotas de sangre que [caen] al suelo” (Lucas 22:39-44).

¿Por qué está tan afligido? Es verdad que sabe que poco después va a sufrir dolor físico extremo, pero esa no es la razón por la que se siente así. Sobre él pesan asuntos mucho más importantes. Le preocupa profundamente el nombre de su Padre; además, es consciente de que el futuro de la familia humana depende de su fidelidad. Sabe lo vital que es que aguante; si falla, el nombre de Jehová quedará deshonrado. Pero no falla. Más tarde, ese mismo día, cuando está por exhalar su último suspiro, el hombre que ha sido el mayor ejemplo de aguante en la Tierra exclama triunfante: “¡Se ha realizado!” (Juan 19:30).

La Biblia nos insta a “consider[ar] con sumo cuidado y atención al que ha aguantado”, es decir, a Jesús (Hebreos 12:3). Ante esto, surgen varias preguntas importantes: ¿Qué situaciones penosas aguantó? ¿Qué le ayudó a resistir? ¿Cómo podemos copiar su ejemplo? Pero antes de dar respuesta a estos interrogantes, examinemos lo que implica el aguante.

De vez en cuando, todos somos afligidos “por diversas pruebas” (1 Pedro 1:6). Ahora bien, el hecho de que alguien pase por una prueba, ¿significa forzosamente que está aguantando? En realidad, no. El sustantivo griego que se traduce “aguante” significa “la acción de permanecer firme [...] frente a los males que acosan”. Hablando del aguante al que se refieren los escritores de la Biblia, cierto estudioso en la materia explica: “Es el espíritu que puede sobrellevar las cargas por su esperanza inflamada, no por simple resignación [...]. Es la cualidad que mantiene a un hombre firme contra los elementos. Es la virtud que puede transmutar en gloria a la desgracia más grande, porque, más allá del dolor, ve la meta”.

Por lo tanto, aguantar no es solo cuestión de sufrir penalidades porque no hay manera de evitarlas. En sentido bíblico implica firmeza, mantener la debida actitud mental, sin perder la esperanza ante la adversidad. A modo de ilustración, pensemos en dos hombres que están presos en condiciones semejantes, pero por motivos muy distintos. Uno es un delincuente común que cumple su condena con resentimiento y amargura. El otro es un cristiano que, aunque ha sido encarcelado por su lealtad, permanece fiel y mantiene una actitud positiva porque ve en su situación una oportunidad de demostrar su fe. Difícilmente consideraríamos al malhechor un modelo de aguante, ¿verdad? Sin embargo, el cristiano leal sería para nosotros un ejemplo perfecto de esta invaluable cualidad (Santiago 1:2-4).

El aguante es indispensable para alcanzar la salvación (Mateo 24:13). Sin embargo, no nacemos con esta cualidad tan necesaria; tenemos que cultivarla. ¿Cómo? “La tribulación produce aguante”, afirma Romanos 5:3. Efectivamente, si de veras queremos desarrollar aguante, no podemos huir temerosos ante las pruebas de fe; al contrario, tenemos que hacerles frente. El aguante es el resultado de afrontar y vencer las pruebas grandes y pequeñas que se nos presentan a diario. Cada prueba que superamos nos fortalece para resistir la siguiente. Desde luego, no adquirimos aguante por nuestra propia cuenta, sino que “depend[emos] de la fuerza que Dios suministra” (1 Pedro 4:11). A fin de ayudarnos a permanecer firmes, Jehová nos ha dado la mejor ayuda disponible: el ejemplo de su Hijo. Analicemos el intachable historial de aguante de Jesús.

Al aproximarse el fin de su vida en la Tierra, Jesús aguantó una crueldad tras otra. Aparte de la gran tensión mental que experimentó la última noche, piense en las desilusiones que debió de sufrir y en las humillaciones que soportó. Traicionado por uno de los suyos y abandonado por sus amigos más allegados, fue sometido a un juicio ilegal por el tribunal religioso más importante del país, cuyos miembros se burlaron de él, le escupieron y le dieron puñetazos. Sin embargo, aguantó todo con imperturbable dignidad y fortaleza (Mateo 26:46-49, 56, 59-68).

En sus últimas horas de vida, Jesús experimentó gran dolor físico. Fue flagelado de una manera tan brutal que —según se dice— los azotes le causaron “profundos cortes en forma de tiras y una considerable pérdida de sangre”. Luego fue clavado en un poste, ejecutado de un modo que producía “una muerte lenta con el máximo dolor y sufrimiento”. Piense en el terrible martirio que debió de haber sufrido cuando le hincaron largos clavos en las manos y los pies (Juan 19:1, 16-18). Imagínese el indescriptible dolor que soportó cuando alzaron el madero y todo el peso de su cuerpo quedó suspendido de los clavos, con su espalda desgarrada rozando la áspera superficie del poste. Y Jesús soportó este despiadado tormento a la vez que llevaba sobre sí una pesada carga emocional, como se mencionó al comienzo del capítulo.

Como seguidores de Cristo, ¿qué cosas pudiera tocarnos aguantar? Jesús dijo: “Si alguien quiere venir en pos de mí, [...] tome su madero de tormento y sígame de continuo” (Mateo 16:24). La expresión “madero de tormento” simboliza aquí el sufrimiento, la vergüenza y hasta la misma muerte. Seguir a Cristo no es fácil. Las normas cristianas nos hacen diferentes, y el mundo nos odia porque no somos parte de él (Juan 15:18-20; 1 Pedro 4:4). Aun así, estamos dispuestos a tomar nuestro madero de tormento, sí, estamos listos para sufrir —y hasta morir— antes que dejar de seguir a nuestro Modelo (2 Timoteo 3:12).

Hubo otras situaciones difíciles a las que Jesús se enfrentó durante su ministerio: las causadas por las imperfecciones de quienes lo rodeaban. Recordemos que él fue el “obrero maestro” cuando Jehová creó la Tierra y todas las formas de vida que la pueblan (Proverbios 8:22-31). Por lo tanto, sabía bien que Jehová se proponía que los seres humanos reflejaran sus cualidades y gozaran de la vida en salud perfecta (Génesis 1:26-28). Sin embargo, ya en la Tierra, Jesús vio desde otra perspectiva los estragos causados por el pecado, pues él mismo era un hombre, capaz de experimentar los sentimientos y emociones humanos. ¡Qué triste debió de sentirse al comprobar por sí mismo cuánto se había alejado la humanidad de la perfección que en su día tuvieron Adán y Eva! La situación le suponía una prueba. ¿Se desanimaría y se daría por vencido? ¿Consideraría a los seres humanos un caso perdido? Veamos lo que hizo.

En cierta ocasión, Jesús se afligió tanto al ver lo insensibles que eran los judíos que lloró abiertamente. Sin embargo, ¿logró la indiferencia de aquel pueblo que su celo se apagara o que dejara de predicar? Todo lo contrario: siguió “enseña[ndo] diariamente en el templo” (Lucas 19:41-44, 47). En otra ocasión, cuando vio que los fariseos lo vigilaban para ver si curaba a un hombre en sábado, se sintió “cabalmente contristado” por su duro corazón. Pero ¿se dejó intimidar por aquellos santurrones? En absoluto. De hecho, curó al hombre allí, ¡en el mismo centro de la sinagoga! (Marcos 3:1-5.)

Las debilidades de sus discípulos más cercanos también debieron de ser una prueba para Jesús. Como vimos en el capítulo 3, estos manifestaron un deseo constante de conseguir prominencia (Mateo 20:20-24; Lucas 9:46). Más de una vez, Jesús los aconsejó sobre la necesidad de ser humildes (Mateo 18:1-6; 20:25-28). Pero les costaba aplicar su consejo. De hecho, en la última noche que él estuvo con ellos se produjo “una disputa acalorada” sobre quién era el más importante (Lucas 22:24). ¿Se dio por vencido Jesús pensando que eran un caso perdido? Claro que no. Paciente como siempre, mantuvo una actitud positiva y confiada, y centró su atención en las cosas buenas que tenían. Sabía que en el fondo amaban a Jehová y que de verdad querían hacer la voluntad divina (Lucas 22:25-27).

Es posible que nosotros pasemos por pruebas similares a las de Jesús. Por ejemplo, quizás nos encontremos con personas que son indiferentes o hasta contrarias al mensaje del Reino. ¿Nos desanimará su actitud negativa, o seguiremos predicando con celo? (Tito 2:14.) Las imperfecciones de nuestros hermanos en la fe también pueden representar una prueba. Una palabra irreflexiva o un acto desconsiderado por parte de ellos puede herir nuestros sentimientos (Proverbios 12:18). ¿Dejaremos que sus defectos nos hagan pensar que son un caso perdido, o seguiremos soportando sus faltas y concentrándonos en sus buenas cualidades? (Colosenses 3:13.)

¿Qué contribuyó a que Jesús se mantuviera firme y siguiera fiel a Jehová a pesar de todos los padecimientos, humillaciones y desilusiones que sufrió? Cabe destacar dos factores importantes. En primer lugar, miró hacia arriba, por así decirlo, para apelar al “Dios que suministra aguante” (Romanos 15:5). En segundo lugar, miró hacia adelante al centrar la atención en los resultados que obtendría si aguantaba. Analicemos estos dos factores por separado.

Aunque Jesús era el Hijo perfecto de Dios, no confió en sus propias fuerzas para aguantar, sino que acudió a su Padre celestial por ayuda. El apóstol Pablo escribió: “Cristo ofreció ruegos y también peticiones a Aquel que podía salvarlo de la muerte, con fuertes clamores y lágrimas” (Hebreos 5:7). Observe que Jesús “ofreció” no solo peticiones, sino también ruegos. El término ruego se refiere a una súplica especialmente sincera e intensa; significa implorar ayuda. La palabra “ruegos”, en plural, indica que Jesús le imploró a Jehová en más de una ocasión. De hecho, en el jardín de Getsemaní, él oró con fervor una y otra vez (Mateo 26:36-44).

Jesús tenía plena confianza en que Jehová escucharía sus ruegos, pues sabía que su Padre es el “Oidor de la oración” (Salmo 65:2). Durante su existencia prehumana, el Hijo primogénito había visto al Padre contestar las oraciones de sus siervos fieles. Él estaba en los cielos cuando Jehová envió a un ángel para responder a la oración sincera del profeta Daniel, incluso antes de que terminara de orar (Daniel 9:20, 21). ¿Cómo, entonces, no iba a contestar el Padre a su Hijo unigénito cuando este le abriera su corazón “con fuertes clamores y lágrimas”? Jehová respondió a las súplicas de su Hijo y mandó a un ángel para que lo fortaleciera y así pudiera resistir la prueba (Lucas 22:43).

Para no rendirnos ante las adversidades, nosotros también tenemos que mirar hacia arriba, por así decirlo, pues es necesario que alcemos los ojos al cielo, al Dios que “imparte poder” (Filipenses 4:13). Si el Hijo perfecto de Dios sintió la necesidad de implorar ayuda a Jehová, ¡cuánto más tendremos que hacerlo nosotros! Como Jesús, tal vez tengamos que suplicarle a Jehová en repetidas ocasiones (Mateo 7:7). Aunque no esperamos recibir una visita angelical, de una cosa sí estamos seguros: nuestro amoroso Dios responderá a las plegarias del cristiano leal que “persiste en ruegos y oraciones noche y día” (1 Timoteo 5:5). Sean cuales sean las pruebas que afrontemos —la mala salud, la muerte de un ser querido o la persecución—, Jehová nos responderá cuando le pidamos con fervor que nos conceda sabiduría, valor y fuerzas para aguantar (2 Corintios 4:7-11; Santiago 1:5).

El segundo factor que hizo posible que Jesús aguantara es que él miró hacia adelante, más allá del sufrimiento, a lo que le aguardaba. “Por el gozo que fue puesto delante de él aguantó un madero de tormento”, dice la Biblia (Hebreos 12:2). El ejemplo de Jesús ilustra el vínculo que existe entre la esperanza, el gozo y el aguante. Pudiéramos resumirlo así: la esperanza conduce al gozo, y el gozo, al aguante (Romanos 15:13; Colosenses 1:11). Jesús tenía ante sí perspectivas maravillosas. Sabía que con su fidelidad contribuiría a vindicar la soberanía de su Padre y podría recomprar a la humanidad del pecado y la muerte. Además, abrigaba la esperanza de ser Rey y Sumo Sacerdote, lo que traería mayores bendiciones a los seres humanos obedientes (Mateo 20:28; Hebreos 7:23-26). Al concentrarse en las perspectivas y la esperanza que tenía por delante, Jesús sintió un gozo infinito, y ese gozo, a su vez, le ayudó a aguantar.

Al igual que Jesús, debemos dejar que la esperanza, el gozo y el aguante obren juntos en favor de nosotros. “Regocíjense en la esperanza”, instó el apóstol Pablo. Y añadió: “Aguanten bajo tribulación” (Romanos 12:12). ¿Está usted pasando ahora mismo por una prueba severa de su fe? Entonces, mire hacia adelante. No pierda de vista el hecho de que su aguante alabará el nombre de Jehová. Mantenga una visión clara de la valiosa esperanza del Reino. Transpórtese al cercano nuevo mundo de Dios e imagínese disfrutando de las bendiciones del Paraíso. Verá que siente un gran gozo mientras espera con ilusión el cumplimiento de las maravillosas promesas de Jehová, entre ellas la vindicación de su soberanía, la eliminación de la maldad en la Tierra y el fin de la enfermedad y la muerte. Y con ese gozo en su corazón podrá aguantar cualquier prueba que le sobrevenga. Así es: comparada con el cumplimiento de la esperanza del Reino, toda tribulación que padezcamos en este mundo es ciertamente “momentánea y liviana” (2 Corintios 4:17).

Jesús sabía que ser seguidor suyo conllevaría dificultades, que exigiría aguante (Juan 15:20). Estaba listo para marcar el camino, consciente de que su ejemplo animaría a otros (Juan 16:33). Por supuesto, él fue el ejemplo perfecto de aguante, mientras que nosotros estamos muy lejos de la perfección. Entonces, ¿qué espera Jehová de nosotros? Pedro explica: “Cristo sufrió por ustedes, dejándoles dechado para que sigan sus pasos con sumo cuidado y atención” (1 Pedro 2:21). La manera como él se enfrentó a las pruebas es un “dechado”, es decir, un modelo o ejemplo que imitar. El historial de aguante que se labró puede compararse a “pasos”, o pisadas. Aunque somos incapaces de seguirlos a la perfección, sí podemos seguirlos “con sumo cuidado y atención”.

Resolvámonos, por lo tanto, a seguir el ejemplo de Jesús lo mejor que podamos. No olvidemos nunca que cuanto más atentamente sigamos sus pisadas, mejor preparados estaremos para aguantar “hasta el fin”, ya sea el fin de este viejo mundo o el fin de nuestra vida actual. No sabemos qué llegará primero, pero sí sabemos esto: Jehová premiará nuestro aguante por toda la eternidad (Mateo 24:13).

[Nota]

El vocablo griego traducido “dechado” significa literalmente “escrito debajo”. El apóstol Pedro es el único escritor de las Escrituras Griegas Cristianas que lo utiliza. Según se dice, esta palabra alude a “la muestra de letras o trazos que se escribía en un cuaderno para que los escolares la copiaran con la mayor fidelidad posible”.

El León que es de la tribu de Judá

Posté le 07.04.2008 par hermanogitano
Una violenta muchedumbre sale en busca de Jesús. Los hombres van armados con espadas y con palos, y los acompaña una tropa de soldados. Alentados por un mismo propósito malvado, cruzan las oscuras calles de Jerusalén y se encaminan hacia el monte de los Olivos, en el valle de Cedrón. Aunque es noche de luna llena, portan lámparas y antorchas. ¿Para qué? ¿Para alumbrar el camino porque las nubes ocultan la luz de la luna? ¿O será que piensan que su presa está escondida entre las sombras? Una cosa es cierta: quien crea que Jesús se va a asustar no lo conoce.

Aunque conoce el peligro que se avecina, Jesús no se mueve de donde está. La muchedumbre se acerca, con Judas a la cabeza. Este, que había sido uno de los amigos de confianza del Maestro, lo traiciona descaradamente identificándolo con un saludo hipócrita y un beso. Jesús permanece tranquilo. Dando un paso al frente, pregunta: “¿A quién buscan?”. “A Jesús el Nazareno”, responden ellos.

Cualquiera retrocedería aterrorizado ante semejante multitud armada. Quizás eso es lo que ellos esperan que haga el hombre que tienen delante. Pero Jesús no se acobarda, no huye, no se escuda en una mentira. Simplemente dice: “Soy yo”. Su porte revela tanta serenidad y valentía que los hombres retroceden asombrados y caen al suelo (Juan 18:1-6; Mateo 26:45-50; Marcos 14:41-46).

¿Cómo podía Jesús enfrentarse a una situación tan peligrosa sin perder ni un solo momento la compostura ni el dominio de sí mismo? La respuesta se resume en una sola palabra: valor. Pocas virtudes son tan admiradas o tan esenciales en un líder, y en esto ningún hombre jamás ha igualado —y mucho menos sobrepasado— a Jesús. En el capítulo anterior aprendimos sobre su humildad y mansedumbre, cualidades por las que se le llamó apropiadamente “el Cordero” (Juan 1:29). Sin embargo, su valor lo hace merecedor de una designación muy distinta. La Biblia dice del Hijo de Dios: “¡Mira! El León que es de la tribu de Judá” (Revelación 5:5).

Se suele asociar al león con la valentía. ¿Se ha encontrado usted cara a cara con un león adulto alguna vez? En tal caso, lo más probable es que haya estado separado de él por una valla protectora en el zoológico. Con todo, la experiencia puede ser sobrecogedora. Al mirar a la cara a este corpulento y fiero animal, mientras él nos clava los ojos, difícilmente nos lo imaginemos huyendo despavorido de algo. La Biblia dice que el león “es el más poderoso entre las bestias, y que no se vuelve atrás de delante de nadie” (Proverbios 30:30). Así de valeroso es Cristo.

Examinemos tres aspectos en los que Jesús ha demostrado un valor como el del león: al defender la verdad, al promover la justicia y al afrontar oposición. Veremos también que todos —seamos valientes por naturaleza o no— podemos imitarlo y manifestar esa cualidad.

En este mundo dominado por Satanás, “el padre de la mentira”, hace falta valor para defender la verdad (Juan 8:44; 14:30). Jesús no esperó a ser adulto para hacerlo, como lo revela cierto episodio de su vida. A los 12 años estuvo separado de sus padres después de celebrar la fiesta de la Pascua en Jerusalén. Tras buscarlo desesperadamente por tres días, María y José al fin lo hallaron en el templo. ¿Qué estaba haciendo? Estaba “sentado en medio de los maestros, [...] escuchándoles e interrogándolos” (Lucas 2:41-50). Piense en el ambiente en que se desarrolló aquella conversación.

Según los historiadores, algunos de los guías religiosos más ilustres se quedaban en el templo después de las fiestas para enseñar a la gente en alguno de sus amplios atrios. Las personas se sentaban a sus pies, escuchando y haciendo preguntas. Estos maestros eran hombres muy instruidos. Tenían profundos conocimientos de la Ley mosaica, así como del sinfín de complejas leyes y tradiciones humanas que se habían multiplicado con los años. ¿Cómo se hubiera sentido usted allí en medio de ellos? ¿Intimidado? No es para menos. ¿Y si tuviera apenas 12 años? Muchos niños son tímidos (Jeremías 1:6). Algunos tratan por todos los medios de pasar inadvertidos en la escuela, pues tienen miedo de que sus maestros les hagan una pregunta o que los elijan para hacer algo, miedo de pasar vergüenza o de hacer el ridículo.

Sin embargo, ahí estaba Jesús, sentado en medio de aquellos expertos, interrogándolos valerosamente sobre cuestiones profundas. Y no solo eso, pues el relato añade: “Todos los que le escuchaban quedaban asombrados de su entendimiento y de sus respuestas” (Lucas 2:47). Aunque la Biblia no especifica de qué habló en esa ocasión, es seguro que no repitió las falsedades que eran tan populares entre aquellos maestros religiosos (1 Pedro 2:22). Por el contrario, Jesús defendió la verdad de la Palabra de Dios, y todos los que lo oyeron sin duda se maravillaron de ver a un niño de 12 años expresarse con tanta inteligencia y valor.

En la actualidad, una cantidad innumerable de jóvenes cristianos sigue las pisadas del Maestro. Es verdad que no son perfectos, como lo fue Jesús, pero sí copian su ejemplo porque no esperan a ser adultos para defender la verdad. Ya sea en la escuela o en su comunidad, enseñan con respeto la verdad a los demás, haciéndoles preguntas con tacto y escuchando su respuesta (1 Pedro 3:15). Como grupo, han ayudado a compañeros de clase, maestros y vecinos a hacerse seguidores de Cristo. ¡Cuánto debe complacerle a Jehová el valor de estos jóvenes! Su Palabra los asemeja a gotas de rocío: refrescantes, agradables y numerosos (Salmo 110:3).

En su vida adulta, Jesús siguió defendiendo la verdad con valor. De hecho, su ministerio empezó con una confrontación que muchos calificarían de aterradora. Tuvo que enfrentarse a Satanás —el más fuerte y peligroso de todos los enemigos de Jehová—, pero no en calidad de poderoso arcángel, sino como un simple hombre de carne y hueso. Jesús rechazó al Diablo y refutó su aplicación tergiversada de unas palabras inspiradas por Dios. El encuentro terminó con la enérgica orden de Jesús: “¡Vete, Satanás!” (Mateo 4:2-11).

Así, Jesús marcó el objetivo que seguiría su ministerio, a saber, defender con valentía la Palabra de su Padre contra los intentos de torcerla o manipularla. En ese entonces —al igual que ahora— reinaba la deshonestidad religiosa, como se hace evidente por lo que Jesucristo les dijo a los líderes espirituales de su día: “Invalidan la palabra de Dios por la tradición suya que ustedes transmitieron” (Marcos 7:13). Aunque el pueblo reverenciaba a aquellos hombres, Jesús no tuvo reparos en denunciarlos como guías ciegos e hipócritas (Mateo 23:13, 16). ¿Cómo podemos copiar su valeroso ejemplo?

Desde luego, debemos recordar que, a diferencia de Jesús, nosotros no podemos leer los corazones ni tenemos autoridad para juzgar; pero sí podemos defender la verdad con el mismo valor que él. Por ejemplo, cuando ponemos al descubierto las falsedades religiosas —las mentiras que con tanta frecuencia se han enseñado acerca de Dios, sus propósitos y su Palabra—, iluminamos a un mundo sumido en las tinieblas por la propaganda de Satanás (Mateo 5:14; Revelación 12:9, 10). Ayudamos a la gente a librarse de la esclavitud a las doctrinas falsas que le llenan el corazón de un temor enfermizo y envenenan su relación con Dios. ¡Qué privilegiados somos al observar el cumplimiento de la promesa de Jesús: “Conocerán la verdad, y la verdad los libertará”! (Juan 8:32.)

La Biblia predijo que el Mesías aclararía a las naciones “lo que es la justicia” (Mateo 12:18; Isaías 42:1). No cabe duda de que Jesús comenzó esa labor cuando estuvo en la Tierra. Siempre trató a los demás de manera justa y equitativa, lo que exigió gran valor de su parte. Por ejemplo, se negó a adoptar actitudes contrarias a las Escrituras, como los prejuicios y el fanatismo que predominaban a su alrededor.

Cuando los discípulos lo encontraron hablando con una mujer de Samaria en el pozo de Sicar, se asombraron. ¿Por qué? Porque en aquel entonces los judíos en general detestaban a los samaritanos, un sentimiento que venía de muchos años atrás (Esdras 4:4). Y a eso se sumaba el desprecio que los rabinos sentían hacia las mujeres. Sus leyes, puestas por escrito tiempo después, disuadían a los hombres de hablar con ellas y hasta insinuaban que las mujeres no merecían que se les enseñara la Ley de Dios. Las samaritanas en particular eran consideradas inmundas. Pasando por alto tales prejuicios, Jesús le enseñó abiertamente a esta mujer —que llevaba una vida inmoral—, e incluso le reveló que era el Mesías (Juan 4:5-27).

¿Ha estado usted alguna vez en compañía de gente cargada de prejuicios? Es muy probable que hagan bromas despectivas sobre personas de otra raza o nación, o que hablen con desdén de los miembros del sexo opuesto, o que menosprecien a los que tienen una posición social o económica inferior. Quienes somos seguidores de Cristo, por nuestra parte, evitamos esas detestables actitudes y nos esforzamos por erradicar del corazón todo rastro de prejuicio (Hechos 10:34). Así que todos nosotros debemos cultivar el valor necesario para obrar con justicia a este respecto.

El valor también llevó a Jesús a luchar por la pureza del pueblo de Dios y por todo lo relacionado con la adoración pura. En los comienzos de su ministerio entró en el templo de Jerusalén y se horrorizó al ver a los mercaderes y cambistas comerciando allí. Lleno de justa indignación, echó fuera a estos hombres codiciosos junto con sus mercancías (Juan 2:13-17). Un episodio similar se produjo al final de su ministerio (Marcos 11:15-18). Aunque con estas acciones Jesús debió de ganarse la enemistad de hombres poderosos, no por ello vaciló. ¿Por qué? Porque desde niño llamaba al templo la casa de su Padre, y lo hacía de todo corazón (Lucas 2:49). Que se profanara el lugar donde se adoraba a Jehová era una injusticia que no podía tolerar. El celo por la adoración verdadera le dio el valor necesario para hacer lo que debía.

A los cristianos también nos interesa mucho la pureza del pueblo de Dios y todo lo que tiene que ver con la adoración pura. Por eso, si vemos que un hermano en la fe comete un pecado grave, no hacemos la vista gorda, sino que le hablamos con valor o nos aseguramos de que los ancianos de la congregación lo sepan (1 Corintios 1:11). Los ancianos pueden ayudar a quienes están enfermos espiritualmente y tomar medidas para preservar la pureza de las ovejas de Jehová (Santiago 5:14, 15).

Ahora bien, ¿debemos llegar a la conclusión de que Jesús combatió la injusticia social del mundo en general? Es verdad que vivió rodeado de injusticias. Su país se hallaba ocupado por una potencia extranjera, Roma, la cual oprimía a los judíos con una fuerte presencia militar, les imponía altos impuestos e interfería en la religión. No es de extrañar, por lo tanto, que muchos hayan querido que Jesús interviniera en la política (Juan 6:14, 15). Una vez más, su valor entró en acción.

Jesús explicó que su Reino no era parte del mundo. Con su ejemplo, instruyó a los discípulos para que se mantuvieran al margen de los conflictos políticos de su día y se dedicaran, más bien, a predicar las buenas nuevas del Reino de Dios (Juan 17:16; 18:36). Cuando una muchedumbre fue a arrestarlo, enseñó una impactante lección de neutralidad. Sucedió que, impulsivamente, el apóstol Pedro sacó la espada e hirió a un hombre. Su reacción es muy comprensible, pues si acaso alguna vez pareció justificada la violencia, fue aquella noche, cuando se atacó al inocente Hijo de Dios. No obstante, Jesús fijó la pauta que sus discípulos habrían de seguir hasta el día de hoy, diciendo: “Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman la espada perecerán por la espada” (Mateo 26:51-54). Los seguidores de Cristo necesitaron valor para mantener una actitud pacífica, y lo mismo necesitamos hoy. Gracias a su neutralidad cristiana, el pueblo de Dios tiene un historial intachable en lo referente a las guerras, matanzas, revueltas y otros incontables actos violentos que se han producido en nuestra época. Tal testimonio histórico constituye un verdadero homenaje a su valor.

El Hijo de Jehová sabía de antemano que enfrentaría fuerte oposición en la Tierra (Isaías 50:4-7). Las repetidas amenazas de muerte de que fue objeto culminaron en el episodio relatado al principio de este capítulo. ¿Cómo pudo mostrarse tan valeroso ante semejantes peligros? Pues bien, ¿qué estaba haciendo poco antes de que la muchedumbre lo apresara? Estaba orando con fervor a Jehová. ¿Y qué hizo Jehová? La Biblia dice que Jesús “fue oído favorablemente” (Hebreos 5:7). De hecho, Jehová envió a un ángel del cielo para confortar a su valeroso Hijo (Lucas 22:42, 43).

Poco después de haber sido fortalecido, Jesús les dijo a los apóstoles: “Levántense, vámonos” (Mateo 26:46). Deténgase a pensar por un instante en el valor encerrado en esas palabras. “Vámonos”, dijo, sabiendo que le pediría a la multitud que dejara ir a sus amigos, sabiendo que ellos lo abandonarían y huirían, sabiendo que se encararía solo a la mayor prueba de su vida. Nadie estuvo con él cuando se enfrentó a un juicio ilegal e injusto, a las burlas, a la tortura y a una muerte atroz. Sin embargo, no perdió el valor ni por un momento durante esta terrible experiencia.

¿Actuó Jesús de forma temeraria e imprudente? De ningún modo, pues la temeridad y la imprudencia poco tienen que ver con el auténtico valor. Es más, él enseñó a sus seguidores a ser cautelosos y evitar con prudencia el peligro para seguir haciendo la voluntad de Dios (Mateo 4:12; 10:16). Sin embargo, en esta ocasión Jesús entendía que no había manera de retroceder. Sabía cuál era la voluntad de su Padre y estaba resuelto a serle fiel. El único camino era seguir adelante y afrontar las pruebas que vinieran.

¡Cuántas veces los cristianos han seguido valientemente los pasos de su Maestro! Muchos se han mantenido firmes pese a las burlas, la persecución, los arrestos, los encarcelamientos, la tortura y hasta la muerte. ¿De dónde obtienen el valor estos seres humanos imperfectos? No proviene de ellos. Tal como Jesús recibió ayuda del cielo, así también la reciben sus seguidores (Filipenses 4:13). Por eso, nunca tema lo que el futuro pueda depararle. Resuélvase a ser fiel a Jehová, y él le dará el valor que necesita. Siga sacando fuerzas del ejemplo que nos puso nuestro Caudillo, Jesús, quien dijo: “¡Cobren ánimo!, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

[Nota]

Los historiadores han señalado que las tumbas de los rabinos eran tan veneradas como las tumbas de los patriarcas y los profetas.

“El camino y la verdad y la vida”

Posté le 07.04.2008 par hermanogitano
¿Ha estado usted perdido alguna vez? Puede que recuerde ocasiones en las que, yendo a visitar a amigos o familiares, no lograba dar con la dirección. Al ir avanzando por caminos desconocidos, ¿se detuvo en algún momento a pedir ayuda? Imagínese que, en una situación como esa, se encuentra con una persona bondadosa que no se limita a explicarle cómo llegar, sino que le dice: “Mejor sígame, que lo acompaño”. ¡Qué gran alivio!

Pues bien, en cierto sentido, eso es lo que ha hecho Jesús por los seres humanos. Por cuenta propia, ninguno de nosotros podría hallar el camino que nos acerca a Dios. Como hemos heredado la imperfección y el pecado, todos nos encontramos perdidos, “alejad[o]s de la vida que pertenece a Dios” (Efesios 4:17, 18). Y justamente por eso necesitamos orientación y guía. Pero Jesús, nuestro bondadoso Modelo, no solo nos aconseja y dirige. Como vimos en el capítulo 1, nos hace esta invitación: “Ven, sé mi seguidor” (Marcos 10:21). Además, nos da una razón muy convincente para aceptar su ofrecimiento. En una ocasión dijo: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Veamos algunas razones por las que solo podemos acercarnos al Padre a través del Hijo. Luego, con estas razones presentes, examinemos de qué maneras demuestra él que es “el camino y la verdad y la vida”.

La razón principal por la que nos acercamos a Dios a través de Jesús es que Jehová otorgó a su Hijo un papel de suma importancia.* El Padre lo convirtió en la figura central, el elemento clave en el desarrollo de todos Sus propósitos (2 Corintios 1:20; Colosenses 1:18-20). Para comprender la función tan importante que realiza, hemos de reflexionar sobre lo que ocurrió en el jardín de Edén, donde nuestros primeros padres se unieron a la rebelión de Satanás contra Jehová (Génesis 2:16, 17; 3:1-6).

La rebelión de Edén planteó una cuestión de trascendencia universal: ¿gobierna Dios a sus criaturas de una manera justa y buena? Para zanjar esta cuestión, Jehová decidió enviar a la Tierra a un hijo espiritual perfecto. Este hijo realizaría una misión de máxima importancia: entregaría su vida para vindicar la soberanía de Jehová y servir de rescate para salvar a la humanidad. Al mantenerse fiel hasta la muerte, haría posible que se resolvieran todos los problemas creados por la rebelión de Satanás (Hebreos 2:14, 15; 1 Juan 3:8). Ahora bien, Jehová contaba con millones y millones de ángeles, todos ellos perfectos (Daniel 7:9, 10). ¿A cuál elegiría para realizar esta misión de tanta trascendencia? A su “Hijo unigénito”, quien llegó a ser conocido como Jesucristo (Juan 3:16).

¿Debería sorprendernos la elección de Jehová? ¡En lo más mínimo! El Padre tenía confianza absoluta en su Hijo unigénito. Siglos antes de enviarlo a la Tierra, Jehová anunció que su Hijo se mantendría fiel en medio de sufrimientos de toda clase (Isaías 53:3-7, 10-12; Hechos 8:32-35). Pensemos en las implicaciones de esta predicción. Como todas las criaturas inteligentes, el Hijo estaba dotado de libre albedrío, es decir, de la capacidad de elegir lo que haría con su vida. Aun así, Jehová confiaba tanto en él que profetizó que le sería leal. ¿En qué se basaba tal confianza? En el conocimiento. Jehová lo conoce a la perfección y sabe cuánto desea agradarle (Juan 8:29; 14:31). Además, el Hijo ama al Padre, y Jehová siente lo mismo por él (Juan 3:35). Ese amor mutuo forja entre ellos un vínculo inquebrantable de unión y confianza (Colosenses 3:14).

En vista del papel tan importante que tiene el Hijo, así como de la confianza que su Padre ha depositado en él y del amor que los une a ambos, ¿debería extrañarnos que solo sea posible acercarse al Padre mediante Jesús? Sin embargo, hay otra razón por la que el Hijo es el único que puede conducirnos al Padre.

Para acercarnos a Jehová, tenemos que cumplir algunas condiciones (Salmo 15:1-5). Y nadie conoce mejor que el Hijo las normas divinas que hay que cumplir para tener la aprobación de Dios. Jesús dijo: “Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre, y nadie conoce plenamente al Hijo sino el Padre, ni conoce nadie plenamente al Padre sino el Hijo, y cualquiera a quien el Hijo quiera revelarlo” (Mateo 11:27). Veamos por qué razón Jesús podía afirmar, con todo derecho y sin ninguna exageración, que ‘nadie conoce plenamente al Padre sino el Hijo’.

Dado que el Hijo es “el primogénito de toda la creación”, conoce a Jehová más íntimamente que nadie (Colosenses 1:15). Imagínese la relación tan estrecha que se desarrolló entre ambos durante todo el tiempo que estuvieron solos: desde que Jesús —la primera creación— fue formado, hasta que se crearon otros espíritus (Juan 1:3; Colosenses 1:16, 17). Pensemos en la maravillosa oportunidad que tuvo el Hijo al estar junto a su Padre, aprendiendo lo que pensaba sobre las cosas, su voluntad, sus normas y su manera de actuar. Sin duda, no es una exageración afirmar que Jesús lo conoce mejor que nadie. Gracias a esta relación tan estrecha, Jesús pudo revelar de una manera única cómo era la personalidad de su Padre. Ninguna otra persona podría haberlo hecho así.

Las enseñanzas de Jesús mostraron que conocía muy bien lo que Jehová piensa, lo que siente y lo que espera de quienes lo adoran.** Además, reveló al Padre de otra manera muy profunda. Jesús dijo: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre también” (Juan 14:9). En efecto, él lo imitó a la perfección en todo lo que dijo e hizo. Así que cuando leemos en la Biblia detalles sobre Jesús, como la fuerza y encanto que tenían sus palabras, la compasión que lo movía a curar a la gente y la empatía que lo llevaba a derramar lágrimas al ver el sufrimiento ajeno, podemos imaginarnos muy bien a Jehová haciendo lo mismo (Mateo 7:28, 29; Marcos 1:40-42; Juan 11:32-36). Las palabras y acciones del Hijo revelaron a la perfección la forma de actuar y la voluntad del Padre (Juan 5:19; 8:28; 12:49, 50). Por lo tanto, si queremos la aprobación de Jehová, tenemos que obedecer las enseñanzas de Jesús y seguir su ejemplo (Juan 14:23).

En vista de que Jesús conoce tan profundamente a Jehová y lo imita a la perfección, no es de extrañar que Jehová decidiera utilizarlo como un medio para llegar a él. Puesto que ya hemos analizado las bases para entender por qué solo es posible llegar a Jehová mediante Jesús, examinemos ahora el significado de estas palabras de Cristo: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).

Ya hemos aprendido que únicamente podemos acercarnos a Dios a través de Jesús. Analicemos ahora, con más detenimiento, qué significa este hecho para nosotros. Jesús es “el camino” en el sentido de que tan solo mediante él es posible llegar a disfrutar de la aprobación de Dios. ¿Por qué razón? Jesús se mantuvo fiel hasta la muerte, entregando así su vida como sacrificio (Mateo 20:28). De no ser por el rescate, nunca podríamos acercarnos a Dios. El pecado crea una barrera entre Jehová y los seres humanos, ya que él es santo y no puede aprobar el pecado (Isaías 6:3; 59:2). Pero el sacrificio de Jesús eliminó esa barrera: proporcionó la expiación del pecado que se necesitaba (Hebreos 10:12; 1 Juan 1:7). Cuando aceptamos el medio que Dios ha dispuesto mediante Cristo y ciframos fe en él, obtenemos el favor de Jehová. No hay ninguna otra manera de llegar a estar “reconciliados con Dios” (Romanos 5:6-11).***

Además, Jesús es “el camino” en otro sentido: en lo que tiene que ver con las oraciones. En efecto, solo mediante él podemos dirigir nuestras peticiones sinceras a Jehová con la seguridad de que las oirá favorablemente (1 Juan 5:13, 14). El propio Jesús así lo indicó: “Si le piden alguna cosa al Padre, él se la dará en mi nombre. [...] Pidan y recibirán, para que su gozo se haga pleno” (Juan 16:23, 24). Es apropiado que, en el nombre de Jesús, oremos a Jehová y le llamemos “Padre nuestro” (Mateo 6:9). Ahora bien, Jesús también es “el camino” en el sentido de que es nuestro ejemplo a seguir. Como ya hemos visto, él imitó a la perfección a su Padre. Por eso, su ejemplo nos muestra cómo tenemos que vivir a fin de agradar a Jehová. Así que para poder acercarnos a Jehová, tenemos que seguir las pisadas de Cristo (1 Pedro 2:21).

Cuando declaraba la palabra profética de su Padre, Jesús fue siempre fiel a la verdad (Juan 8:40, 45, 46). En su boca nunca hubo engaño (1 Pedro 2:22). Hasta sus enemigos reconocían que enseñaba “el camino de Dios de acuerdo con la verdad” (Marcos 12:13, 14). No obstante, la afirmación “Yo soy [...] la verdad” no se refería tan solo al hecho de que Cristo daba a conocer la verdad al hablar, predicar y enseñar. Había mucho más implicado.

Recordemos que, siglos antes, Jehová había inspirado a los escritores de la Biblia para que incluyeran en ella multitud de profecías sobre el Mesías, o Cristo, en las que se aportaban muchos detalles sobre su vida, ministerio y muerte. Además, la Ley de Moisés contenía ‘sombras’, es decir, modelos proféticos en los que aparecía prefigurado el Mesías (Hebreos 10:1). ¿Cumpliría Jesús todas las profecías sobre él? Para ello tendría que ser fiel hasta la muerte. ¿Lo lograría? Solo de ese modo quedaría probado que Jehová es el Dios que pronuncia profecías auténticas. ¡Qué peso tan grande llevaba Jesús sobre sus hombros! Por su manera de vivir —sí, por cada una de sus palabras y acciones—, Jesús probó que eran totalmente ciertos aquellos modelos proféticos (2 Corintios 1:20). Por lo tanto, Jesús era “la verdad” en persona. Era como si mediante él se hubiera hecho realidad la palabra profética de Jehová (Juan 1:17; Colosenses 2:16, 17).

Jesús también es “la vida”, pues solo mediante él podemos recibir “la vida de verdad” (1 Timoteo 6:19, Nuevo Testamento, de José María Valverde). Las Escrituras señalan: “El que ejerce fe en el Hijo tiene vida eterna; el que desobedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él” (Juan 3:36). ¿Qué implica ejercer fe en el Hijo de Dios? En primer lugar, estar convencidos de que sin él no podemos obtener la vida. Y luego, demostrar la fe con obras, continuar aprendiendo de él y hacer todo lo posible por seguir su enseñanza y ejemplo (Santiago 2:26). Por consiguiente, ejercer fe en el Hijo de Dios nos lleva a la vida eterna, sea como espíritus inmortales en el cielo —en el caso de los cristianos ungidos del “rebaño pequeño”—, o en un paraíso terrestre, en el caso de la “gran muchedumbre” de “otras ovejas” (Lucas 12:32; 23:43; Revelación 7:9-17; Juan 10:16).

¿Y las personas que ya han muerto? ¿Podrán volver a vivir? Claro que sí, pues Jesús también es “la vida” para ellas. Poco antes de levantar a su amigo Lázaro de la tumba, Jesús le dijo lo siguiente a Marta, la hermana del difunto: “Yo soy la resurrección y la vida. El que ejerce fe en mí, aunque muera, llegará a vivir” (Juan 11:25). Jehová le ha confiado al Hijo “las llaves de la muerte y del Hades”, lo que le concede la facultad de resucitar a los muertos (Revelación 1:17, 18). Utilizando estas llaves, Jesús glorificado abrirá las puertas del Hades (la sepultura colectiva de la humanidad) y liberará a todos los que se encuentren en su interior (Juan 5:28, 29).

“Yo soy el camino y la verdad y la vida.” Con esta declaración tan sencilla, Jesús resumió el propósito de su vida y ministerio en la Tierra. Estas palabras tienen un gran significado para nosotros. Recordemos que a continuación él agregó: “Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). En realidad, sus palabras son tan válidas hoy como cuando las pronunció. Por ello, podemos tener la certeza absoluta de que si seguimos a Jesús, nunca estaremos perdidos. Él, y solo él, nos mostrará el camino para llegar “al Padre”.

Hacemos bien en seguir a Jesús, pues —como hemos visto— él desempeña un papel de vital importancia y es la persona que conoce más profundamente al Padre. Pero, como analizamos en el capítulo anterior, para ser un verdadero seguidor de Jesús, no basta con las palabras y los sentimientos: hacen falta obras. Seguir las pisadas de Cristo exige amoldar nuestra vida a su enseñanza y ejemplo (Juan 13:15). Y este libro nos ayudará a hacerlo.

En los próximos capítulos haremos un estudio detallado de la vida y ministerio de Jesús. Este libro está dividido en tres secciones. En la primera haremos un repaso de la forma de ser y de actuar de Jesús. En la segunda examinaremos su ejemplo de celo al predicar y enseñar. Y en la tercera repasaremos las diversas maneras en que manifestaba amor. Además, a partir del capítulo 3 veremos un recuadro titulado “¿Cómo podemos seguir a Jesús?”. Contiene citas bíblicas y preguntas para que reflexionemos sobre las formas de imitar a Jesús de palabra y obra.

Gracias a Jehová, no tenemos por qué estar perdidos ni alejados de él por culpa del pecado heredado. Jehová ha pagado un precio muy grande: amorosamente nos ha enviado a su Hijo para que nos enseñe cómo tener una buena relación con Él (1 Juan 4:9, 10). ¡Cuánto nos beneficiaremos si respondemos a su inmenso amor aceptando de todo corazón la invitación que nos hace Jesús: “Sé mi seguidor”! (Juan 1:43.)

[Notas]

* En armonía con el importantísimo papel que él desempeña, la Biblia asigna al Hijo un buen número de nombres y títulos proféticos (véase el recuadro de la pág. 23).

** Nótense, por ejemplo, las palabras de Jesús que aparecen en Mateo 10:29-31; 18:12-14, 21-35; 22:36-40.

*** En Juan 14:6 se usa el pronombre personal “yo” y el artículo definido “el”, lo que destaca que la posición de Jesús es única, ya que él —y nadie más— es el camino exclusivo para acercarnos al Padre.
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