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hermanogitano
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Las enseñanzas de la Biblia a la luz - El conocimiento que lleva a vida eterna
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Blog Religion
Date de création :
27.12.2007
Dernière mise à jour :
04.05.2008
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Testimonio

Yo fui un pastor evangélico

Posté le 10.04.2008 par hermanogitano
HA HABIDO cambios muy pronunciados en la escena religiosa de Colombia durante los últimos años. Claro, la vasta mayoría de mis paisanos todavía profesan la fe católica romana. Sin embargo, pocos pueden llamarse católicos ardientes. De hecho, en las últimas décadas se ha visto a cada vez más de ellos pasarse a otras religiones, incluso la clase evangélica, es decir, los grupos protestantes fundamentalistas que enfatizan la salvación personal en su predicación.

Por los primeros dieciocho años de mi vida, yo era un fervoroso católico romano. Iba a misa diariamente, me confesaba y comulgaba dos o tres veces a la semana, y participaba en las cruzadas de la Iglesia, como la Cruzada del Sagrado Corazón de Jesús. En mi ciudad natal de Armenia, Quindío, nuestra familia se hizo muy amiga de los curas.

Cerca del año 1945, una pareja evangélica anciana llegó a nuestra casa buscando dónde pasar la noche. Tenían consigo un ejemplar de la Biblia, el primero que jamás habíamos visto. Tanto se interesó mi madre en ella que se quedó hablando de ella con los visitantes hasta casi el amanecer. Pronto se dio cuenta de que lo que su iglesia enseñaba no estaba en completa armonía con la Palabra de Dios. Mi madre se hizo evangélica. En breve, mi padre y los demás de la casa estábamos investigando la Biblia junto con ella.

Poco nos dábamos cuenta de lo que le esperaba a alguien que, viviendo en una comunidad católica romana, dejara la Iglesia. Antiguos amigos se hicieron enemigos intolerantes. Cuando mi hermanito chiquito murió, el cura nos rehusó permiso para enterrarlo en el cementerio de la Iglesia. Como no había otro, no tuvimos ningún otro recurso sino enterrarlo en el patio de la casa.

Un año más tarde, cuando murió mi madre, pasamos por otra experiencia semejante. “Por estudiar la Biblia,” dijo el cura desde el púlpito, “esa mujer no merece ser enterrada en campo santo. Cualquier cafetal servirá.” Esa manera de tratar no me encariñó con la Iglesia de mi juventud. Rehusado el permiso para enterrarla en el cementerio, mi padre, en desespero, habló con el sepulturero. Él consintió en abrir el cementerio a las tres de la mañana. De modo que, a esa hora de la madrugada, a escondidas del cura, mi madre fue sepultada.

La última vez que entré en una iglesia católica fue en 1948. Mientras visitaba a algunos parientes en Santa Rosa de Cabal, asistí a una misa en la cual el cura sermoneaba contra cierto periódico que había publicado algo ofensivo a la Iglesia. En su denunciación, el cura dijo que cualquiera que comprara ese periódico se quemaría en los fuegos del infierno al igual que si fuera del partido Liberal. Bueno, ese comentario en cuanto a los Liberales no me cayó bien, puesto que en ese entonces yo era un Liberal católico.

Fue en ese mismo año que la violencia política estalló por toda Colombia, encendida por el asesinato en Bogotá de un popular líder del partido Liberal, Jorge Eliécer Gaitán. Durante años la nación estuvo al borde de la guerra civil. Todo ese derramamiento de sangre entre los Conservadores católicos apoyados por el clero y los Liberales católicos me dejó algo confuso y desilusionado con la Iglesia.

Un tío mío servía como policía cuando la violencia llegó a su apogeo. Preocupado por tanta matanza entre llamados católicos, le preguntó a un cura de la ciudad de Armenia si él no creía que eso era algo muy pecaminoso. El cura respondió asegurándole que, si a mi tío le daba miedo usar sus armas de fuego, entonces él las bendeciría para que no hubiera peligro. Le recordó lo que Pedro hizo al tratar de defender al Cristo, como desenvainó su espada y cortó la oreja del esclavo del sumo sacerdote, Malco. (Juan 18:10, 11) De la misma manera, agregó el cura, la Iglesia tenía que defender la fe católica romana aunque significara destruir a los enemigos en el mismo vientre de su madre. Eso me alejó aún más de la Iglesia Católica.

De modo que seguí investigando la Biblia con los evangélicos y en 1949 fui bautizado por ellos. El año siguiente fui ordenado en Pereira como pastor y asignado a mi ciudad natal de Armenia.

El grupo evangélico con el cual primero me asocié fue fundado por un americano. Al volver él a los Estados Unidos cerca del año 1930, no solo vendió el edificio religioso sino también el movimiento religioso. Un par de miembros consideraron inmoral el haber vendido la congregación como si fuera compuesta de animales irracionales. Por eso formaron un movimiento independiente, al cual llamaron “Iglesia Fundamental Apostólica Colombiana.” Uno de los estatutos sobre el cual se fundó fue que sus ministros no recibieran salario. Tenían en mente lo que Jesús dijo sobre ‘el asalariado a quien no le importan las ovejas.’—Juan 10:11-15.

Unos treinta años más tarde, el fundador del movimiento original volvió a Colombia. Tan impresionado quedó él con el progreso del grupo desprendido, que pidió que le hicieran asociado. Ostensiblemente, concordó con los estatutos. Pero, dentro de un año, más o menos, algunos de nosotros nos dimos cuenta de que muchos de los otros pastores ya no tenían empleo seglar. Descubrimos que el americano estaba clandestinamente pagándoles. Afrontado con su violación de los estatutos, sugirió que votáramos sobre el asunto. La mayoría de los pastores estaban más que contentos de quedarse con el americano.

El hecho de que la mayoría de mis colegas predicaban por salario, me desanimó. Yo había adquirido el conocimiento de que la Palabra Divina no debería predicarse por un salario. (Mat. 10:8) Además, como experto en dactiloscopia y contabilista, yo había rehusado muy buenas ofertas de empleo para hacerme pastor. También me descorazonaba el observar la contención y la competición entre los pastores, y me inquietaba el enterarme de las diferencias que dividen a los evangélicos en tantas sectas.

Entonces, por razones económicas, me mudé a Bogotá en 1954, y no reanudé mi servicio de pastor sino hasta después de partir de la ciudad en 1960. Sin embargo, durante este tiempo continué estudiando la Biblia y comparando sus enseñanzas con las de las diferentes sectas. Al llegar a estar desencantado con una, me pasaba a otra.

Primero asistí a los cultos de un grupo pentecostal. Para sorpresa mía, oficiaba una mujer. Yo entendía que, bíblicamente, la mujer no debe ejercer autoridad sobre el hombre. (1 Tim. 2:11, 12) Cuando pregunté sobre el punto, me informaron que el pastor anterior había abandonado a la congregación porque ésta no había podido satisfacer sus demandas tocantes a salario. Me ofrecieron la oportunidad de servir de pastor. De modo que una noche me reuní con los encargados para comparar sus enseñanzas con mis creencias.

Entre otras cosas, ellos decían haber recibido el don de curación de modo que no necesitaban médicos ni medicina. Solo tenían que orar, decían, y serían sanados de cualquier dolencia. Luego, sobre el tema de la Cena del Señor, les pregunté por qué la celebraban usando copas individuales. Ellos reconocían que, cuando Jesús estuvo en la Tierra, los participantes sí compartieron una copa común. No obstante, en aquel tiempo no existía tanto peligro como hoy de contraerse una enfermedad contagiosa. Les pregunté dónde estaba su fe en su llamado poder de curación si tenían tanto miedo de infectarse del uso de una copa común en imitación del Señor. Eso puso fin abrupto a nuestra reunión a las tres de la mañana.

Unos dos días más tarde visité la iglesia, pero la señora que presidía no estaba allí. Esa mañana había enfermado y la llevaron al hospital. Para mí, eso era la confirmación de que ellos no tenían el don de curación.

Después de eso, me asocié con otra organización religiosa con tendencias pentecostales. En una campaña de despertamiento religioso celebrada en la Feria de Bogotá, se programó una exhibición del don de curación para el último día. Cediendo ante la insistencia de un amigo y a mi propia curiosidad, fui.

Un viejito ciego fue conducido a la plataforma y se puso de rodillas. Tanto hombres como mujeres empezaron a orar sobre él, pidiendo que el espíritu de ceguedad le fuera quitado y la vista le fuera restaurada. Después de un rato, le preguntaron al ciego si ya podía ver. Él movió la cabeza de lado a lado y dijo que no.

Se le había pedido al auditorio que se pusiera de pie y participara en orar. Siendo yo un poco incrédulo, me había quedado sentado. Habiendo observado esto, dijeron que yo era el culpable. Debido a mi falta de fe, ellos no habían podido ejecutar el milagro. Después de instarme a participar, de nuevo oraron sobre el ciego. Pero de nuevo rehusé colaborar. Al preguntarle al ciego si ya podía ver, otra vez la respuesta fue negativa. Otra vez atribuyeron el fracaso a ese “incrédulo” que había entrado en medio de ellos.

Luego, cuando se me acercaron los ministros encargados, les señalé que la fe de los incrédulos no fue un requisito previo a que Jesús tuviera éxito en efectuar milagros. (Mat. 8:16; Juan 9:1-7, 35-39) Al contrario, a menudo los había efectuado a fin de convencer a los incrédulos de que él verdaderamente había sido enviado de Dios. (Juan 10:37, 38, 42; 11:4245) Así pues, si ellos realmente curaban por el poder de Dios, ¡que vencieran mi incredulidad por medio de efectuar el milagro!

Ahora tengo que decirles de otra faceta de mi vida. Tiene que ver con mis relaciones con los testigos de Jehová a través de los años.

Todo empezó en 1952. Al visitar la casa de mi novia, vi un libro que su padre había obtenido. Se intitulaba “‘Esto significa vida eterna.’” Sabiendo que yo tenía interés en cualquier cosa relacionada con la Biblia, él me lo obsequió. Un pastor compañero me informó que el libro era de los “russellistas,” un nombre que usó con referencia a los testigos de Jehová. Aunque contenía cosas buenas, era peligroso, me dijo, porque también contenía error. Yo tenía curiosidad de saber qué error contenía. Mientras más investigaba, más llegué a conocer acerca de los testigos de Jehová.

Al tiempo de mi ordenación como pastor, un amigo que se llamaba Fabio Rodas también fue ordenado. Poco después, sin embargo, Fabio se hizo testigo de Jehová. La próxima vez que me encontré con él, él gustosamente aclaró algunas dudas que yo tenía en cuanto al libro que había recibido. Desde entonces en adelante, cada vez que nos encontrábamos, él me proveía otras publicaciones de los Testigos.

Debido a la amable insistencia de Fabio, con el tiempo condescendí a que los Testigos estudiaran la Biblia conmigo. Pero tercamente rehusaba repudiar mi creencia en la Trinidad, ese “misterio” que alega que Dios no es uno, sino tres un uno. La convicción mía se basó casi enteramente en un solo versículo de la Biblia, 1 Juan 5:7. Los Testigos invariablemente me señalaban que parte de este versículo era espurio, una añadidura no inspirada hecha posteriormente a las Santas Escrituras. Pero a mi parecer, eso solo era un argumento débil empleado engañosamente por ellos.

Pero entonces, en 1956, en Bogotá, tuve uno de esos encuentros de casualidad con Fabio. Acepté su invitación de acompañarlo al Salón del Reino de los Testigos de Jehová. Allí conocí a la familia Rivera y se hicieron arreglos para que estudiaran conmigo. Les presenté la objeción de la Trinidad. Con calma, uno de ellos sacó una Biblia católica, la Nácar-Colunga, y abriéndola en 1 Juan 5:7 me pidió que leyera el comentario correspondiente al pie de la página. Leí: “Este versículo, que en la Vulgata dice: ‘Tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y los tres son uno,’ falta en los códices antiguos, así griegos como latinos, etc., y es desconocido de los Padres. Parece tener origen español y haber ido poco a poco saliendo por vía de exégesis [interpretación] del versículo precedente. Sólo en el siglo XIII adquirió la forma que hoy tiene en la Vulgata.”

Al leer eso, pude ver que los testigos de Jehová tenían razón al decir que parte de ese versículo no tenía derecho a lugar alguno en las Escrituras inspiradas. Y quedé atónito al aprender que los evangélicos participaban en el mismo engaño que los católicos romanos al usar el texto para apoyar su concepto de la Trinidad.

De allí en adelante yo tuve más confianza en los Testigos. Cuando volví a servir de pastor, sus enseñanzas influían en el contenido de mis sermones. Como fuente de material para sermones, aun pegué en mi Biblia el “Resumen bíblico, sin comentarios, de las doctrinas fundamentales,” publicado por los Testigos en la parte trasera de su libro “Equipado para toda buena obra.”

No obstante, rehusaba cortar mis vínculos con los evangélicos. ¿Por qué? Sobre todo, no quería desagradar a mi familia, pues todos eran evangélicos y varios de ellos pastores, incluso mi padre. También abrigaba ciertos prejuicios infundados contra los Testigos. Quizás, también, buscaba una salida, un escape de una responsabilidad que se hacía más evidente mientras más estudiaba con los testigos de Jehová.

Una vez que vi la importancia del nombre del Dios verdadero, Jehová, lo usaba constantemente en mi predicación. Como resultado, mis superiores deseaban saber hasta qué grado habían influido en mí los testigos de Jehová. Tuve que comparecer ante el consistorio. Para reafirmar su confianza en mí, pidieron que pronunciara un sermón exponiendo los errores de los testigos de Jehová. Puesto que eso hubiera requerido que contradijera mis propias creencias, respondí: “Jamás daré tal sermón. Si lo que he estado enseñando de la Biblia armoniza con las enseñanzas de los testigos de Jehová, entonces irremediablemente tendré que hacerme uno de ellos. ‘Escójanse a quién quieren servir, pero en cuanto a mí y a mi casa, nosotros serviremos a Jehová.’”—Jos. 24:15.

Para cortar todo vínculo con la organización evangélica, trasladé a mi familia de Pereira a Cali. Eso fue a fines del año 1967. Un domingo, temprano por la tarde, me dirigí al centro de la ciudad preguntándome cómo pudiera localizar a los Testigos. Entonces, viajando en el autobús, vi un ejemplar de La Atalaya en el bolsillo trasero de un señor. Decidí seguirlo. Me condujo directamente al Salón del Reino. Después de las reuniones de esa tarde, se hicieron arreglos para que yo volviera a estudiar.

Anteriormente, yo había estudiado con los Testigos hasta el punto del bautismo. Pero ellos habían rehusado reconocer como válido mi bautismo evangélico, aunque, como razonaba yo, se me había sumergido o bautizado ‘en el nombre del Padre, Hijo y espíritu santo.’ (Mat. 28:19) Al llegar al asunto esta vez, le pregunté al que lo consideraba conmigo, José Patrocinio Hernández: “Pero, ¿por qué debo yo bautizarme de nuevo?” Me preguntó sencillamente: “¿Conocía usted el nombre del Padre cuando se bautizó?” Puesto que no lo conocía, era obvio que no había sido bautizado ‘en Su nombre.’

Luego, en conexión con ser bautizado ‘en el nombre del espíritu santo,’ me preguntó: “¿Daba evidencia de tener el espíritu de Dios por medio de conservar la paz y la unidad la organización que lo bautizó?” (Efe. 4:3) Entonces recordé que el mismo pastor evangélico que me bautizó, Ángel de Jesús Vélez, solo dos semanas después había formado una nueva secta disidente. Puesto que las “altercaciones, divisiones, sectas” no son “el fruto del espíritu” sino “obras de la carne,” era muy claro que no tenían el espíritu de Dios.—Gál. 5:19-23.

Así fue que, por fin, el 10 de mayo de 1969, en compañía de mis dos hijos mayores, me sometí al bautismo cristiano en símbolo de mi dedicación a Dios. Mi esposa y mis dos hijos menores lo hicieron más tarde.

En retrospecto, aprecio los sentimientos del apóstol Pablo cuando dijo: “En un tiempo ustedes eran oscuridad, mas ahora son luz con relación al Señor. Sigan andando como hijos de luz, porque el fruto de la luz consiste en . . . verdad.” (Efe. 5:8, 9) Al recordar mis experiencias como parte de los sistemas religiosos de la cristiandad quedo impresionado con lo grande que fue esa oscuridad. Ahora, como hijo de luz, qué agradecido estoy de servir como pastor ordenado por Dios y de producir el fruto de la luz, a saber, la verdad.

Escapé del engaño religioso

Posté le 10.04.2008 par hermanogitano
TODAVÍA recuerdo el primer “milagro” que presencié. Tenía seis años y medio. Mi madre y yo estábamos en una casa donde se celebraba una reunión pentecostal. El predicador estaba cantando, y entonces recibió el espíritu, como les sucede a los pentecostales cuando cantan. Era invierno, y había una gran estufa redonda en el interior de la habitación. Vi como, mientras continuaba cantando y profiriendo pequeños gritos, sacó de la estufa un pedazo grande de carbón al rojo vivo. Lo alzó con ambas manos y lo llevó por la habitación, a la vez que emitía pequeños gritos de triunfo mientras seguía cantando. Durante todo ese tiempo, los demás cantaban, gritaban y bailaban en derredor suyo. Después de la reunión, todo el mundo le miró las manos para ver si se habían quemado. ¡No tenía ni una sola marca!

Esta fue solo una de las señales de esta iglesia pentecostal de Kentucky a la que iba mi madre. Ellos creían en el capítulo 16 de Marcos, a partir del versículo 17, donde se hace mención de hablar en lenguas, sanar enfermos, tomar serpientes con las manos y beber veneno. (Estos versículos son espurios, es decir, no figuran en los manuscritos más antiguos de la Biblia.) No todas las iglesias pentecostales creen en estas cosas. Pero cuando uno ve que suceden, eso hace que sienta que, bueno, Dios tiene que estar en una Iglesia que puede ejecutar señales como estas.

Entonces nos mudamos a Indiana. Me bauticé en 1953, a la edad de doce años. Aprendí a tocar la guitarra y acompañaba a los grupos que cantaban en las reuniones. Creía que eso era parte de mi servicio a Dios, ya que los pentecostales reciben el espíritu al cantar estas canciones. Cuando yo recibía el espíritu y hablaba en lenguas, no sabía lo que estaba diciendo, pero me sentía bien.

Nunca tomé serpientes con las manos, pero recuerdo lo que sucedió un fin de semana que estaba visitando la iglesia de Kentucky a la que iba antes. Un predicador que nos visitaba recibió el espíritu y sacó una gran serpiente de cascabel de una caja que había llevado consigo. Se la enrolló alrededor de la mano y comenzó a gritar. Yo estaba en la plataforma que había detrás de él, con los cantantes, y recuerdo que vi que le empezaba a salir sangre de entre los dedos. Entonces, el predicador al que años atrás había visto tomar con las manos carbón al rojo vivo también recibió el espíritu, se acercó, tomó la serpiente de la mano del otro predicador y la volvió a poner en la caja. Pero el hombre que había sido mordido ni siquiera enfermó. Sin embargo, recuerdo que tres personas que conocí personalmente murieron al ser mordidas por serpientes. Mi suegro fue una de ellas.

A los diecinueve años me casé con un joven que se suponía que “era” salvo. Pero no era un pentecostal muy devoto. Le vi tomar serpientes con las manos una vez, aunque su espíritu no correspondía con el mío. Era buen pentecostal por un tiempo, pero luego lo dejaba y empezaba a fumar y a hacer otras cosas con las que no estábamos de acuerdo. Sin embargo, este asunto de los espíritus era algo que me preocupaba. Cuando los pentecostales recibían el espíritu, los espíritus no eran siempre iguales. Algunos eran más fuertes, otros no eran compatibles, incluso los había que se enfrentaban entre sí.

Nunca pude entender eso. Me preguntaba por qué había tantos diferentes espíritus. Recuerdo que durante todo el tiempo que fui pentecostal, oraba: “Dios, esta es la única religión que conozco que puede ser verdadera. Pero si no te estoy sirviendo de la manera que a ti te agrada, quiero saberlo. Si esta no es la religión verdadera, por favor, muéstrame cuál lo es”. Así oré muchas veces.

Fue durante este primer matrimonio cuando vi por primera vez las revistas La Atalaya y ¡Despertad! Nos habíamos mudado a Cincinnati en 1962, y los testigos de Jehová vinieron a nuestra puerta. A mi marido le gustaba hablar con ellos, pero yo nunca lo hacía. Me quedaba en la cocina cuando venían. Mi esposo se suscribió a las revistas, pero nunca las leía. Sin embargo, yo sí. Pensaba que no las debía leer, y me sentía culpable cuando lo hacía. Pero no podía tener nada en casa sin leerlo. ¡Incluso llegué a tirarlas a la basura e ir más tarde a recogerlas para leerlas!

En La Atalaya y ¡Despertad! aprendí que la Tierra existirá siempre y será convertida en un paraíso terrestre habitado por personas justas. Era la cosa más maravillosa que había oído jamás. Me causó una fuerte impresión, porque los pentecostales no creíamos eso acerca de la Tierra. Recuerdo que cuando leía con respecto a este paraíso en la Tierra que iba a durar para siempre, pensaba: “Esto no es verdad”. Pero me encantaba leerlo. En mi interior se estaba produciendo una guerra. Oré sobre ello. Finalmente, pedí a mi esposo que dejara de aceptar las revistas, y así lo hizo.

Mi esposo comenzó a salir con otras mujeres, y después de siete años de matrimonio, nos divorciamos. Mis dos hijos y yo fuimos a vivir con Olene, una vieja amiga que se había casado con mi tío. Era una excelente cantante, así que íbamos juntas a las reuniones pentecostales y cantábamos en varias iglesias. Ella era también la hija del predicador que había tomado con las manos el carbón al rojo vivo.

Fui “sanada” dos veces. La primera aconteció cuando tuve un aborto que me produjo una fuerte hemorragia. A pesar de ello, fui a la reunión pentecostal. Me encontraba tan débil que temía que tendría que marcharme. Entonces oí a Olene y a su padre comenzar a cantar. Recibieron el espíritu y cada uno tomó al otro por el hombro. Luego vinieron y pusieron sus manos sobre mí. Al instante quedé inconsciente. Cuando me recuperé, ¡me encontraba perfectamente! ¡La hemorragia había cesado!

La segunda vez fue cuando tuve una enfermedad en las encías. Había llevado dientes postizos desde los quince años. Ahora, años más tarde, se me empezó a hinchar la boca por encima de los dientes postizos superiores. Estuve tres meses sin dientes, y solo me alimentaba de líquidos. Comencé a desesperarme y fui al médico. Me miró la boca y dijo: “Usted no me necesita a mí; necesita un cirujano maxilofacial”. Me comunicó el nombre de la enfermedad: papiloma, y me recomendó un dentista.

Pero no llegué a ir. Olene y yo íbamos de camino a la iglesia de Kentucky. Más tarde aquella noche, estaba cantando, y entré profundamente en el espíritu. Olene puso sus manos sobre mí, me desvanecí y caí al suelo. Cuando desperté, escupí unos trozos de lo que parecía ser carne seca y masticada. Cuando volví a casa, ya pude ponerme los dientes postizos. Y desde entonces nunca volví a tener problemas.

Olene leía mucho la Biblia. Poco después de mudarme a su casa, me llamó a la habitación donde ella estaba leyendo. Tenía una pregunta. Me leyó Eclesiastés 1:4: “Una generación se va, y otra generación viene; mas la tierra siempre permanece”. (Versión Valera.) Entonces me dijo: “Quiero que me expliques este texto. Nosotros no creemos esto. Así que, ¿de qué está hablando aquí?”. La pregunta me perturbó.

“Quiero saber —exigió— por qué te perturba tanto este texto. Está en la Biblia, y tenemos que saber qué significa.” Así que le expliqué: “Leí acerca de eso en La Atalaya y ¡Despertad!, y no quería que supieses que había estado leyendo esas revistas de los testigos de Jehová”. Inmediatamente quiso ir a buscar a los Testigos.

“No te molestes —le dije—, si nos quedamos en esta casa suficiente tiempo, vendrán a nuestra puerta. Ellos siempre te encuentran.” Dos semanas más tarde, cuando llegué a casa de trabajar, estaba esperándome en la puerta, con una sonrisa en los labios. “Adivina quién estuvo aquí hoy.” No tenía ni idea. “¡Los testigos de Jehová! He concretado un estudio bíblico para las dos.” Me quedé pasmada. Yo no quería estudiar con ellos. Les tenía miedo.

Pero estudiamos. Nos invitaron a las reuniones. A Olene no le gustaba ir, pero a mí sí. Mi hijo más pequeño tenía tres años para ese tiempo, y fuimos al Salón del Reino. Cuando terminamos de estudiar el libro La verdad, tanto Olene como yo nos dimos cuenta de que la iglesia pentecostal estaba equivocada. Sin embargo, Olene dejó el estudio, así que yo también lo dejé.

Eso ocurrió en 1972. En 1974 recibí una llamada de Olene —ya no vivíamos juntas entonces—. Me preguntó si quería casarme con su padre, el hombre a quien, cuando tenía seis años y medio, había visto tomar con las manos carbón al rojo vivo. Mi matrimonio con mi primer marido había terminado hacía más de siete años, así que me casé con el padre de Olene en enero de 1975.

Él vivía en Kentucky, cerca de la misma iglesia pentecostal a la que iba cuando era niña. Al casarme con él, le dije que nunca volvería con los pentecostales, que si alguna vez me asociaba de nuevo con una religión, sería con los testigos de Jehová. Lo aceptó. Sin embargo, cuando solo llevábamos casados unos pocos meses, quiso que fuera a su reunión pentecostal. Fui una vez, pero tuve que marcharme antes de que terminara. ¡La presencia de los demonios era abrumadora!

Para ese tiempo había aprendido que Satanás, sus demonios y sus ministros humanos podían ejecutar señales y portentos, y que el guerrear cristiano era contra tales fuerzas demoniacas que están en los lugares celestiales. (Éxodo 7:11, 22; 8:7, 18, 19; 2 Corintios 11:13-15; Efesios 6:11, 12.) También había aprendido que los dones milagrosos de la congregación cristiana primitiva tuvieron el propósito de establecerla en sus comienzos, y que más tarde, con la muerte de los apóstoles, tales dones desaparecieron. Con relación al don de hablar en lenguas, por ejemplo, está escrito: “Sea que haya lenguas, cesarán”. El amor, la fe y la esperanza son ahora los principales soportes de la iglesia cristiana madura. (1 Corintios 13:8-13.)

Lo que mi marido estaba tratando de conseguir era que volviese de nuevo con los pentecostales y cantase con él y tocase la guitarra. En vez de eso, volví a asistir al Salón del Reino. Cuando él regresaba de un fin de semana de predicación en iglesias pentecostales, me mostraba su billetera repleta del dinero que había recibido de las colectas. Se reía porque la gente le daba todo ese dinero, y no había hecho nada para merecerlo.

Finalmente, mi hijo más joven empezó a asistir a las reuniones conmigo y llegó a ser testigo de Jehová. Mi esposo se enfadaba mucho si yo llegaba a casa tarde de las reuniones. Una noche llegué hacia las diez y me cerró la puerta de casa, dejándome fuera. Mi hijo y yo tuvimos que pasar la noche en el automóvil. Esto ocurrió varias veces. Él llevaba un revólver en su automóvil, y cuando me encontraba leyendo o estudiando, lo iba a buscar y disparaba cuatro o cinco veces debajo de la silla donde estaba sentada. Si llevaba botellas de refrescos al patio, disparaba contra ellas. No trataba de matarme, sino de enfadarme. Pero yo oraba a Jehová y permanecía en calma, y eso lo enfadaba a él.

Un día me estaba preparando para ir a la reunión, y me preguntó: “¿De verdad vas a hacerte testigo de Jehová? ¿De verdad vas a ir por ahí predicando de puerta en puerta?”. Y yo contesté: “Sí, eso es lo que voy a hacer”. “Bueno —dijo—, te doy dos semanas para que salgas de esta casa.” Así que mi hijo y yo tuvimos que mudarnos a una pequeña casa que no había sido habitada por años. Carecíamos de agua corriente, teníamos muy pocos muebles y nada de dinero.

Pero era maravilloso disfrutar de la libertad de ir a las reuniones sin tener que preocuparme por quedarme fuera de casa o porque se me disparara, y poder servir a Jehová mediante predicar de casa en casa. (Hechos 20:20.) Cuando me encontraba con pentecostales en las puertas, a menudo sentía la presencia de los demonios. Entonces oraba: “Jehová, sé que tú eres más fuerte que los demonios, sé que tienes el poder de ayudarme y necesito tu ayuda. Necesito tu espíritu santo para enfrentarme a esta situación”. Y Él siempre me ayudaba.

Me bauticé en septiembre de 1976. Mi hijo, en julio de 1977. Mi hermana también es testigo de Jehová. Mi madre estudió y comenzó a predicar de casa en casa. Así que he tenido mucho estímulo de parte de mi familia, y mucha ayuda procedente de Jehová y de su pueblo. Jehová ha sido muy paciente conmigo. Que Él también tenga gran paciencia con los millones de otras personas a quienes ‘la cualidad bondadosa de Dios está tratando de conducir al arrepentimiento’. (Romanos 2:4.)

Yo fui un pastor pentecostal

Posté le 10.04.2008 par hermanogitano
JE SUIS né en Sicile en 1932. Peu après la Seconde Guerre mondiale j’ai assisté à un service religieux pentecôtiste dans une maison privée. Le pasteur, un homme d’âge moyen, commença son sermon en priant d’une voix très forte. Cela m’a surpris, mais je suis resté.

Pendant le sermon, je l’ai interrompu à plusieurs reprises pour lui demander des preuves de l’existence de Dieu. Il me montra la Bible comme preuve et m’en donna un exemplaire. J’ai commencé à la lire à raison de sept chapitres par jour environ. Cependant, je me suis vite rendu compte que je ne comprenais pas grand-chose à ce que je lisais. J’ai donc décidé de me tourner vers l’Église pentecôtiste.

Desde mi niñez yo había estado interesado en la religión, igual que mis padres. Como la mayoría de los sicilianos, ellos eran católicos romanos, y muy celosos.

Sin embargo, a medida que crecí comprendí que la Iglesia Católica no satisfacía mis necesidades espirituales. Por ejemplo, no podía comprender por qué el clero usaba indumentaria diferente, por qué se interesaban en los asuntos personales de otros en el confesionario, o por qué había tantos ídolos en las iglesias como los que había en los templos paganos. Debido a que no pude obtener respuestas satisfactorias a esas preguntas, menguó mi interés en la Iglesia Católica.

En esos días previos a la guerra, a menudo nos visitaba un sacerdote para quien se reservaban las frutas de nuestro viñedo. Él sostenía que el fascismo era la mejor forma de gobierno para Italia porque defendía los intereses de la Iglesia Católica. Sin embargo, cuando terminó la guerra hubo un gran éxodo de la Iglesia, puesto que la gente pudo ver que la Iglesia se había aliado con el fascismo. Y estaban disgustados con el modo en que apoyaba a los ricos a expensas de los pobres.

Como resultado, después de la guerra muchos se hicieron ateos, y yo, también, me incliné hacia este modo de pensar. Por lo tanto, consideré a los servicios religiosos solo como un medio para hacer amistades. Pero todavía sentía una necesidad espiritual.

Fue debido a sentir esta necesidad que me interesé en la Biblia. Así es que comencé a concurrir a la iglesia pentecostal.

Los servicios religiosos me sorprendieron mucho. Para comenzarlos el pastor decía una oración, con los ojos cerrados y con las manos y brazos extendidos hacia el cielo. Entonces invitaba a los presentes a cantar un himno con él. Después de esto, a varias personas se les daba la oportunidad de “testificar,” es decir, relatar las dificultades que hallaron en la vida antes de entrar en relación con la religión pentecostal, y cómo era su conducta actual.

Por lo general esto era seguido de un sermón basado en un texto de la Biblia. Yo no podía comprender lo que decía el pastor, pero pensaba que esto probablemente se debía a mi limitado conocimiento de la Biblia. Después de su sermón el pastor se movía entre los presentes y ponía sus manos sobre ellos, gritando: “¡Griten, griten más fuerte! ¡El Señor está cerca!” Entonces la gente gritaba: “¡Aleluya! ¡Señor, escúchanos!” u otras expresiones similares.

En 1950 me bauticé como miembro de la Iglesia Pentecostal. Pensé que me había llamado Dios, y por esta razón hice muchos cambios. Dejé de fumar, y dejé de ir a los cines o a los bailes. No escuché más a la radio, puesto que la iglesia a la que pertenecía sostenía que esto no era apropiado para el cristiano.

La gente donde yo vivía en la pequeña aldea de San Cataldo en la provincia siciliana de Caltanisetta estaba asombrada de los cambios que hice. Les hablé a todos acerca de mi nueva fe, diciéndoles que vinieran y se salvaran, de otro modo serían atormentados en el fuego del infierno. Muchos escucharon, y se hicieron pentecostales.

En la ocasión de la visita de un eminente pastor estadounidense, fui asignado como superintendente de la escuela dominical. Esta asignación consistía en presidir las reuniones de la congregación pentecostal en la que se estudiaba un boletín que se llamaba “La escuela dominical.” Debido a mi celo excepcional en dirigir la escuela dominical, se me asignó como pastor en junio de 1952, aunque yo no había tenido entrenamiento en escuelas teológicas. Por los cuatro años siguientes serví en las iglesias pentecostales de la provincia de Caltanisetta, incluso en el pueblo de Caltanisetta.

Estaba determinado a hallar una explicación para estas cosas. Investigué en otras organizaciones religiosas tales como los apostólicos, y los bautistas, pero sin éxito. Cuando oí acerca de una pareja de predicadores de tiempo cabal de los testigos de Jehová en la aldea cercana de Caltanisetta, fui allá.

Hice muchas preguntas. Todas éstas me las contestaron los Testigos con la Biblia. Su conocimiento de las Escrituras me asombró. Acepté la oferta que me hicieron de conducir un estudio bíblico gratuito conmigo. Con el tiempo finalmente aprendí la verdad acerca del don de lenguas.

La Biblia aclara que el Dios Todopoderoso otorgó a los cristianos primitivos el don de hablar en lenguas extranjeras que nunca antes habían aprendido. En la infancia de la congregación cristiana este don ayudó a los pocos discípulos que había a instruir a los extranjeros acerca de “las cosas magníficas de Dios.” (Hech. 2:5-11) Además el don de lenguas sirvió como una evidencia visible del favor de Dios sobre esta nueva organización cristiana. (1 Cor. 14:22) Pero, ¿es el hablar en lenguas un don que habría de continuar con la organización cristiana plenamente desarrollada?

No, aprendí que este don fue temporario, como también lo fueron los dones de profetizar y de conocimiento especial. La Biblia dice: “El amor nunca falla. Mas sea que haya dones de profetizar, serán eliminados; sea que haya lenguas, cesarán; sea que haya conocimiento, será eliminado.” Estos dones especiales de Dios fueron un rasgo identificador del cristianismo en su infancia, pero, tal como un adulto termina con los rasgos de un bebé, así la Biblia muestra que estos dones especiales, también, pasarían.—1 Cor. 13:8-11.

Por lo tanto pude comprender que el don aparentemente concedido por Dios que yo había recibido mientras era pentecostal de hecho era una operación de Satanás y de sus inicuas fuerzas espirituales. La Biblia advierte que ‘Satanás se transformaría en un ángel de luz’ y que engañaría a muchos con “señales y portentos mentirosos y con todo engaño injusto.”—2 Cor. 11:14; 2 Tes. 2:9, 10.

¡Qué feliz me siento de haber llegado a un entendimiento de estos asuntos! Especialmente me ha traído paz y satisfacción el entender el propósito de Dios de establecer su justo gobierno del Reino sobre la Tierra para la bendición de todos los que le sirven con espíritu y verdad. La promesa de la Biblia es que ya muy pronto, bajo el régimen del Reino, “Dios mismo estará con [la humanidad]. Y él limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor.”—Rev. 21:3, 4.

Ya han pasado quince años desde que dediqué mi vida a servir al Dios verdadero, Jehová, y lo simbolicé por bautismo en agua. Desde entonces la principal meta de mi vida ha sido la de participar en cumplir la profecía del Hijo de Dios, Jesucristo, a saber: “Estas buenas nuevas del reino se predicarán en toda la tierra habitada para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin [de este sistema de cosas].”—Mat. 24:14.

Lo que me produjo gozo particular fue el poder ayudar a muchos en mi pueblo natal de San Cataldo, donde había servido previamente como pastor pentecostal, a aprender la verdad acerca del reino de Dios y a participar en la proclamación del Reino. Ahora vivo con mi familia en la ciudad de Torino al norte de Italia. Y he tenido el gozo adicional de ver a mis tres hijos mayores, entre siete, participar conmigo en predicar a otros de esta comunidad el mensaje de que la única esperanza verdadera de paz y felicidad es el reino de Dios.

Por lo tanto, es con profunda expectativa que nosotros, junto con los siervos de Dios en todas partes, esperamos el cumplimiento cabal de la profecía bíblica: “En los días de aquellos reyes el Dios del cielo establecerá un reino que nunca será reducido a ruinas. Y el reino mismo no será pasado a ningún otro pueblo. Triturará y pondrá fin a todos estos reinos, y él mismo subsistirá hasta tiempos indefinidos.” (Dan. 2:44)
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